El grito silenciado

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Duración lectura: 4m. 21s.

Contrapunto

La educación sexual de hoy ha optado por ser claramente explícita, cuando no cruda: nada de tapujos ni de eufemismos. Ha de ser también temprana, para adelantarse a la curiosidad del alumno: de nada sirve silenciar los problemas cuando la escuela paralela de la televisión y de la calle presenta hoy el sexo y sus desviaciones con toda franqueza. De vez en cuando algún padre se queja de que la educación sexual que reciben sus hijos en la escuela no es apropiada para su edad o no responde a sus criterios éticos. Pero en tales casos los padres quejosos son presentados como gente oscurantista que pretende ocultar a sus hijos los problemas sexuales. Y, si el asunto va a más, se invocará la libertad de cátedra del profesor frente a este intento de censura.

Pero todavía quedan tabúes sexuales, asuntos que, por corrientes que sean, no pueden mostrarse en su escueta realidad. Y cuando se abordan así, salta la censura. Así ha tenido ocasión de comprobarlo el profesor de un colegio público de Mocejón (Toledo), que en la clase de religión para alumnos de 13 y 14 años proyectó el vídeo El grito silencioso. Este vídeo, realizado por el Dr. Bernard Nathanson, muestra con los medios técnicos de la ecografía lo que sucede en el útero materno durante la realización de un aborto real.

La reacción ha sido inmediata. Algunos padres se escandalizan de este vídeo y llevan el asunto al consejo escolar. El consejo realiza un informe para que la dirección provincial de Educación proceda a una inspección. Un portavoz del Partido Socialista asegura que “los hechos son gravísimos” y exige una investigación. El presidente de la CEAPA, Confederación de Padres de Alumnos siempre contraria a la enseñanza de la religión en la escuela, invoca la censura: “El Ministerio tiene que controlar más los libros de texto y materiales de las clases de religión”.

El diario El País se ocupa del caso a lo largo de una semana, asegurando en la información que el “vídeo antiabortista ofrece imágenes distorsionadas y exageradas sobre la interrupción del embarazo”. Es la misma acusación de las Juventudes Socialistas, que declaran que la Iglesia “intenta influir en los jóvenes con imágenes sádicas que no se ajustan a la realidad”.

Sin duda, son imágenes “distorsionadas”, como no puede ser menos en una ecografía. Las imágenes directas de un aborto serían mucho más crudas y sangrientas. En el vídeo de Nathanson las imágenes son en blanco y negro, y de perfiles un tanto imprecisos. No hay sangre, no hay restos. Pero se observa que el feto es un ser con vida, un ser indefenso que se mueve, que reacciona ante el contacto del instrumento quirúrgico que le agrede y que acabará troceándole. Quien lo ha visto, tiene que engañarse a sí mismo si quiere seguir pensando que el feto no es una vida humana.

¿Imágenes exageradas? ¿Cómo puede ser exagerado algo que no es una reconstrucción sino la observación de un hecho que está ocurriendo? ¿Imágenes sádicas? Si hay sadismo, es el que se da en todo aborto. Pero el sadismo está en recrearse en la representación de la crueldad, no en mostrar las consecuencias del mal. Si no, habría que tachar de sádicas las imágenes de esos esqueléticos sudaneses víctimas de la hambruna o la fotografía del inmigrante ilegal ahogado al hundirse la patera.

Si se quisiera tener unas imágenes más “objetivas” de lo que supone un aborto, con las técnicas actuales podría filmarse un video más realista que El grito silencioso. Pero los defensores del aborto no tienen ningún interés en eso. Su defensa es no mirar, y disfrazar el aborto de aséptica interrupción voluntaria del embarazo.

Para no mirar, se aduce que esas imágenes pueden ser traumáticas para alumnos de 13 y 14 años. Es curiosa la preocupación por la “inocencia” de estas criaturas, en un país donde la edad del consentimiento para relaciones sexuales son los 12 años y donde hay varios miles de abortos de adolescentes cada año. Una adolescente embarazada puede recurrir al aborto, pero sería demasiado crudo mostrarle un vídeo que muestra qué es un aborto. ¿No habría que respetar este derecho a saber en nombre de los “derechos reproductivos” que hoy se invocan para enseñar la tecnología anticonceptiva a los adolescentes?

Pero es fácil advertir que lo que se intenta evitar no es el trauma de los adolescentes sino el de sus padres. Sería demasiado traumático explicar en virtud de qué derecho se puede suprimir ese ser indefenso que aparece en El grito silencioso. Es mejor silenciar ese grito y hacer como si en la IVE (con siglas, por favor) el niño es devuelto por la cigüeña a París.

Ignacio Aréchaga

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