El encarnizamiento procreativo

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Duración lectura: 3m. 21s.

La proliferación de técnicas de procreación artificial para responder al deseo de tener un hijo a toda costa, despierta cada vez más la preocupación de los científicos. Axel Kahn, genetista y miembro del Comité consultivo nacional de ética en Francia, expresa su inquietud en Le Monde (16-III-99), comentando algunos casos recientes.

De nuevo nos encontramos aquí con un tipo de “experimentos sobre el hombre” sin experiencia previa suficiente que permita asegurar la inocuidad de la técnica. Inocuidad significa en este caso no sólo el éxito o el fracaso de la fecundación -en último término, esto no es grave-, sino también y sobre todo calidad del niño que va a nacer: ausencia de malformaciones, ausencia de susceptibilidad a enfermedades, desarrollo psicomotor normal tras el nacimiento. Ahora bien, hay al menos razones teóricas para estar preocupados y, por lo tanto, necesidad de esforzarse en despejar estas inquietudes antes de seguir adelante, si es el caso”. (…)

El vértigo del éxito que experimentan los biólogos, que en los últimos años han realizado tentativas tan inciertas y sin embargo fructuosas, les impulsa a seguir implacablemente adelante; cada obstáculo franqueado les conduce a afrontar un nuevo desafío: ¿cada vez más fuerte… cada vez más insensato?

Hay que hacer notar que, si ese desafío se pierde, sus consecuencias no serán soportadas sólo por ellos, sino también por ese niño improbable e incierto cuyo nacimiento habrán provocado a pesar de todo, y por sus padres, por mucho que les haya cegado el irresistible deseo de descendencia biológica. En la historia de las empresas humanas todo indica que esta fuga hacia adelante provocará un día catástrofes, experimentos “fracasados” en el hombre.

En 1947, tras los horrores a los que se habían dedicado médicos alemanes desviados, el código de Nuremberg fijó las condiciones en las que podrían realizarse experimentos con seres humanos. Se trata de un texto fundador de la ética médica moderna. Allí se recuerda especialmente que estas investigaciones deben basarse en conocimientos adquiridos en experimentos con animales, y que los riesgos corridos deben estar justificados por la importancia humanitaria del problema. Nada de eso se respeta en las tentativas inciertas a las que antes me refería. ¿Cuándo se aplicará el código de Nuremberg a la procreación médicamente asistida, a los experimentos con seres humanos?

Por su parte, el profesor Charles Thibault, uno de los nombres más prestigiosos de la fisiología de la reproducción, ofrece las “Reflexiones de un biólogo” en la revista Gyn-Obs (nº 401, 1-III-99).

Thibault advierte que, tras los éxitos logrados en la manipulación de gametos y embriones, “desde hace poco la idea de que todo es posible en biología trae consigo una impaciencia por parte de la pareja y del médico, que conduce de hecho a experimentar en el hombre sin la red de seguridad de la experimentación animal. Los riesgos asociados a la extensión de la procreación asistida se saben, pero carecemos de los conocimientos necesarios para reducirlos (…); la incertidumbre lleva a propagar genes defectuosos”.

“El papel de la ética es poner en guardia contra una utilización de los conocimientos actuales o de descubrimientos futuros que conducirían a robotizar la reproducción humana y a desresponsabilizar a la pareja respecto a su descendencia y, a más largo plazo, respecto a la fertilidad humana”.

Para el profesor Thibault, la investigación debería centrarse en las causas de lo que llama “subfertilidad humana”. “A largo plazo, es una grave responsabilidad frenar por la contracepción la difusión de individuos fértiles y favorecer simultáneamente la difusión de anomalías genéticas responsables de la subfertilidad”.

El objetivo debería ser no sólo descubrir los genes “defectuosos”, sino corregirlos gracias a la terapia génica. “Entonces, el médico cumplirá su misión por completo”.

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