El encarnizamiento procreativo

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En un artículo publicado en Le Monde (19-I-94), el profesor de ginecología Jacques Lansac reflexiona sobre el peligro que supone utilizar las técnicas de procreación artificial para responder a los deseos de los pacientes.

Cada vez que la medicina se ha salido de su papel, que es el de cuidar a los enfermos, esto ha llevado a desviaciones graves y condenables: el dopaje de deportistas, la utilización de la psiquiatría con fines políticos, de la bacteriología con fines bélicos, etc. ¿Se van a utilizar así las hormonas de crecimiento para construir futuros campeones de baloncesto a petición de sus padres? ¿Habrá que animar a las mujeres a que no tengan hijos a la edad habitual, para que puedan dedicarse a los estudios, ser plenamente rentables en lo económico entre los 25 y los 55 años, y pedirles que aseguren su descendencia a la edad de la jubilación anticipada? ¡Sería mucho más lógico desde el punto de vista económico!

Otra cuestión que plantea la procreación después de la menopausia es la de las donantes de ovocitos. ¿Quién va a donar ovocitos, siendo así que las parejas en edad de procrear que necesitan una donación de ese tipo por razones médicas actualmente tienen que esperar durante años? (…) Algunos, como Robert Edwards (el descubridor de la fecundación in vitro), proponen pagar a las donantes para que no falten. Es lo que ocurre en los países anglosajones y en Italia.¿Es ético proponer a una mujer modesta que venda sus ovocitos a una rica inglesa menopáusica? ¿Es ético que los médicos acepten participar en eso y sometan a un tratamiento gravoso, no desprovisto de riesgo, a una mujer que está bien de salud para satisfacer una demanda que no tiene nada que ver con la solidaridad entre sanos y enfermos? ¿No se corre el riesgo de crear un mercado de gametos con una explotación de los más pobres?

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