Cuando llega un hijo inesperado

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Duración lectura: 14m. 6s.

Historia de dos mujeres
Faith Abbott comenta en The Human Life Review (Nueva York, primavera de 1993) los relatos de dos mujeres que, en momentos distintos, se encontraron en circunstancias similares (1). Ambas tenían tres hijos cuando se encontraron con un embarazo inesperado. Las dos se daban cuenta de que un hijo más supondría incomodidades y problemas, y les obligaría a renunciar a los planes que se habían hecho respecto a su trabajo y a su vida familiar. Una quiso tener el niño; la otra abortó. Faith Abbott compara en su artículo -que traducimos en parte- las diferentes actitudes de esas dos mujeres ante la aparición imprevista de un hijo.

Expurgando mi archivo he encontrado estos dos artículos que había guardado. Los he releído y me he quedado fascinada al comprobar lo mucho que tenían en común estas dos madres de tres hijos y lo distintas que fueron sus “decisiones” con respecto al cuarto hijo.

La escritora Elizabeth Klein empieza su artículo diciendo: “Me catalogaron como ‘madre mayor'”. Se refiere a los médicos de una clínica prenatal de Inglaterra, donde estaba pasando un año con su marido. Estaba en el hospital porque se le había declarado una infección de vejiga en el octavo mes de embarazo, y los médicos decidieron mantenerla en observación hasta que desapareciera la infección. Su tercer hijo tenía 9 años y ella se había hecho la ilusión de tener más libertad para concluir una novela que estaba escribiendo. El cuarto hijo -“un fallo del control de natalidad”- llegaría, si lo tenía, en torno a su 40 cumpleaños.

Sus amigos le preguntaban: “¿Y tu libro? Tienes tres hijos adorables. Tú ya has cumplido”. Es más, escribe Klein, “influidos por el movimiento antinatalista, algunos conocidos nos insinuaban que nos habíamos pasado de la raya”. Ella misma había firmado manifiestos y luchado a favor del derecho de toda mujer a abortar, pero -escribe- “al menos esta vez, no pensaba que eso fuese para mí. En el mejor de los casos, el aborto es una decisión difícil y dolorosa, algo que no se hace sin una grave necesidad”.

¡Quiero ese niño!

Estaba casada con un hombre al que quería, un buen padre. No se morían de hambre y sus hijos -bien entrados ya en la adolescencia- estaban encantados con la idea de tener otro hermano. Aunque un niño más perturbaría su trabajo, y ella y su marido habían esperado con ilusión el momento de no tener ya que cuidar niños, eso no parecía motivo suficiente. “Un aborto -así pensábamos los dos- pondría en cuestión nuestra forma de ver la familia que ya teníamos y tanto apreciábamos”.

(…) Una vez en Inglaterra, decidió someterse a una amniocentesis, aunque temía -pese a sus reservas- la carga emocional que podría suponerle un aborto si algo iba mal. Cuando le dijeron que tenía la misma probabilidad de tener un aborto espontáneo a consecuencia de la amniocentesis que de tener, dada su edad, un hijo con el síndrome de Down, deseó el aborto: “Hasta que, tumbada sobre camilla donde tendría lugar la amniocentesis, vi en la pantalla del scanner la cabeza perfectamente formada del niño que llevaba dentro. ¡Yo quería ese niño!”.

Después, escribe, “he estado enormemente agradecida porque la posibilidad de abortar transformase mi último embarazo de mero accidente en algo positivamente querido. Desde que nació nuestra hija pequeña ya no podemos imaginarnos la vida sin ella: una alegría que no mengua pese a lo fastidioso que resulta saber que cuando empiece la universidad, mi marido y yo habremos sido padres durante 31 años”.

Una vida ajetreada

El título del artículo de Klein es “Un hijo de propina”. El segundo artículo se titula “Infertilidad, trillizos… y un aborto”. Cuando Elinor Nelson supo que estaba embarazada, se llevó una fuerte impresión; se quedó muda “durante un tiempo que pareció una eternidad” y luego preguntó: “¿Ahora qué hago?”. El médico le respondió: “Depende de si lo quiere o no”. En su caso, quedar embarazada por los medios naturales era un milagro, pero mediante la fecundación in vitro había tenido trillizos, que a la sazón contaban dos años y armaban gran revuelo en casa. La perspectiva de tener otro hijo en el plazo de ocho meses era, “por decirlo de manera suave, desalentadora”.

Telefoneó a su marido (…) para darle “la tremenda noticia”. Estaban de acuerdo en que no deseaban otro hijo, lo que les producía “un remordimiento enorme”. Pero no estaban en condiciones de tomar una decisión (…). Así comenzó lo que Nelson llama las dos semanas más largas y más difíciles de su vida. Lo único positivo que sacó de ese “infierno abreviado” fue que aquel embarazo no deseado la hizo sentirse casi como una mujer corriente. Después de todo, era la más normal de las experiencias reproductivas que había tenido: “Concebir tres niños en un tubo de ensayo, tras varias semanas de inyecciones de hormonas, análisis de sangre, ecografías y un médico jugando a los dardos con mis ovarios, no se podía llamar normal. Pero, ¿un embarazo no deseado? Eso era completamente vulgar”.

Cuando se despertaron a la mañana siguiente, su marido y ella se encontraron con una escena de destrucción casi total en el cuarto de los niños. Uno de ellos se había subido al escritorio y había arrojado al suelo la lámpara, el magnetófono y todos los libros de una estantería. La madre y el padre se miraron y tuvieron el mismo pensamiento: “Imagínate encontrar esta catástrofe con la emoción suplementaria de un niño chillando en el cuarto de al lado. Tendríamos que estar locos para plantearnos tener otro hijo”. (…) Marido y mujer hicieron un rápido recuento de las razones para “interrumpir el embarazo”; el “argumento fundamental” era que, por lo general, cuidaban bien a sus hijos, pero “simplemente, no veíamos cómo encajar otro niño en nuestra ajetreada vida”.

La imagen en el “scanner”

Ella temía que el nuevo niño, incluso si era sano, podría ser “lo que nos faltaba para convertirnos en una familia problemática”. ¿Y si el niño tuviese un problema médico grave? Darlo en adopción quedaba descartado: “Si decidía gestar a un niño, me lo quedaría. Sabía lo que era llevar a término un embarazo, sentir dentro el niño. Si yo pasaba por ahí, el niño sería mío… Pero me repugnaba la idea de tumbarme en una mesa de operaciones y que me sacaran esa vida de mi interior con un aspirador”.

(…) Una vieja amiga que había trabajado como consejera de mujeres que se planteaban abortar, le sugirió que intentara hacerse una idea clara de cómo “se sentía” ante la perspectiva de tener otro hijo. Nelson se percató de que, aunque tenía algunos sentimientos de cariño, prevalecían el estrés y la ansiedad, y le producía pánico pensar en los malabarismos que tendría que hacer para meter un niño más en casa. (…) “Decidí abortar”.

(…) Unos días después, su marido y ella descubrieron por qué a los activistas anti-aborto “les gusta mostrar imágenes de fetos”. Se hizo una ecografía para asegurarse de que no tenía un embarazo extrauterino, lo que entraba dentro de lo posible, dados los problemas anatómicos que habían causado su infertilidad. El radiólogo, que no sabía que ella tenía intención de abortar, mostró a los dos no sólo la localización del feto, sino también los latidos de su corazón y sus dimensiones. “Salimos de la consulta arrastrándonos y con una sensación horrible”. Esa noche su marido le confesó que ya no pensaba como antes, pero seguía creyendo que ella tenía la última palabra. “La ecografía -escribe- me hizo sentir más agudamente la pérdida del niño, pero aun así seguía sin querer tenerlo”.

Depresión post-aborto

Tres días después fueron a la clínica de abortos (…). La sala de espera estaba “llena de una muestra auténticamente representativa de la sociedad. Nadie parecía feliz. Nadie hablaba más que con su acompañante. No era un día para hacer amigos”. El aborto mismo fue desagradable, aunque ella había pasado molestias mucho peores en sus numerosos tratamientos contra la infertilidad. “Intenté concentrarme en mis impresiones físicas, no en lo que estaba sucediendo. Todo terminó en cuestión de minutos. Salí abrumada de tristeza. ‘Siento mucho no haberte querido -le dije al feto-. Lo siento mucho'”.

Durante varios días sufrió una depresión más fuerte que las que había tenido en la época en que tomaba hormonas contra la infertilidad. Dice que no se arrepentía del aborto, pero que se sentía terriblemente mal por no querer aquel niño. Por fin, desaparecieron los nubarrones: “La tristeza me ha vuelto alguna vez, pero no esa profunda depresión”. “Ahora, nos conmueve ver a nuestros tres hijos, inteligentes, hermosos y llenos de vitalidad. Ver los hijos de otras personas no nos ha hecho cambiar de opinión. Estamos seguros de nuestra decisión”. Abortar, dice, fue una experiencia terrible; lo mejor que puede decir al respecto es que aquello terminó. Y que ella abortó.

Un niño es un regalo

Así pues, éstas son las dos historias. Elizabeth Klein tuvo un hijo a los 40 años -suficientemente mayor como para ser la madre de sus compañeras de planta en el hospital-; sabía que un niño más perturbaría su trabajo, pero quería tenerlo, y comprendió que un aborto pondría en cuestión la forma que su marido y ella tenían de ver a su familia. Elinor Nelson, más joven, no veía cómo ella y su marido podrían encajar un niño más en su “ajetreada vida” y, de todas formas, no quiso tener el hijo. Temía que, si lo tenía, podrían convertirse en una familia problemática.

Elizabeth Klein no puede imaginarse vivir sin su “hija de propina”, que tenía 10 años cuando se publicó el artículo. Klein recuerda que (…) cuando la última de las hijas mayores iba a la escuela, su marido y ella ya no podían salir con los amigos a cenar o al cine cuando les apetecía: volvían a tener que cuidar de una niña pequeña, como antes. Así que había incomodidades, y algunas veces situaciones enojosas, como cuando las amigas de la pequeña tomaban a su padre por su abuelo. Pero Klein escribe que (…) “nos resulta especialmente grato tener nuestra ‘hija de propina’ ahora que sus hermanos se han ido de casa. Ahora tenemos con ella esas conversaciones íntimas de sobremesa que rara vez eran posibles cuando nuestro ruidoso trío se sentaba a comer”. (Uno se pregunta cómo se sentiría Elinor Nelson si leyera eso).

La “niña de propina” y su madre gozan de “una fácil intimidad. Sus preguntas acerca del mundo de los adultos me recuerdan las que yo, hija única, hacía a su edad. Le encanta hablar por teléfono con sus hermanos y su hermana, y disfruta, como yo, con las abundantes muestras de cariño que recibe de todos ellos, incluso a distancia”.

Elizabeth Klein viaja mucho, preside reuniones de trabajo y da conferencias. Se siente un poco culpable de dejar en casa a su hija con tanta frecuencia. Pero le sirve de amable excusa encontrar, al volver a casa, unos carteles llenos de colorido donde se lee: “¡Bienvenida a casa, mamá!”. “La convivencia entre nosotras -madre mayor e hija joven- es enriquecedora: proporciona inquietudes y satisfacciones, como toda relación fundada en el amor”.

También Elinor Nelson podría haber llegado a disfrutar con su “niño de propina”, pero rehusó el regalo.

Contento de estar aquí

En el mismo número de The Human Review se reproduce un artículo publicado en The Baltimore Sun (18-II-93), donde el autor , Stan Sinberg, confiesa estar perplejo, como partidario del aborto, desde el día en que supo que él estuvo a punto de ser abortado.

En el vigésimo aniversario de la sentencia Roe versus Wade, que dio a las mujeres el derecho constitucional a abortar, el presidente Clinton revocó algunas disposiciones de Bush, facilitando así el aborto.

Estupendo. Súper. Ya era hora.

Sólo que hace poco me sucedió algo que ha cambiado un tanto mi modo de ver este asunto.

Estaba en un banquete de boda, sentado junto a mi madre, que es una mujer que puede pasar años sin hablar de su pasado. Le manifesté mi sorpresa porque un primo mío, que se casó hace justo un año, ya tiene un hijo. Un comentario inocente, hecho sin segundas intenciones, sólo por decir algo. Pero no fue así para mi madre. Por alguna razón, este comentario le llevó a contarme la historia oculta de mi nacimiento.

– No debería contártelo -dijo mi madre-, pero tú también fuiste un poco temprano.

“Temprano” quería decir ilegítimo.

Bien, eso ya lo sabía. Pero sólo porque cuando tenía 23 años hice los preparativos para dar a mis padres una sorpresa con una fiesta para celebrar sus bodas de plata. Ya había llegado a la mitad de mi lista de invitados, cuando llamé a mi tía, que me dijo que en realidad ese año era el 24º aniversario. Lo que significaba que mis padres tuvieron que casarse. Ahora, 17 años después de cancelar a toda prisa aquella fiesta, mi madre decidió contármelo ella misma.

Podría haber parado ahí, por supuesto, y me habría pasado tranquilamente otros 17 años. Pero no.

Tomó otra cucharada de crema de zanahorias y añadió: “Intenté abortar”.

Todos los invitados pudieron oír el ruido que hizo mi cuchara al caérseme de la mano.

– ¿¡Qué!?

– Tu padre dijo que buscaría a alguien que lo hiciera.

Mi madre decía esto tan de pasada como si acabara de comprarse unos zapatos. Yo estaba ansioso.

– Bueno, y… eh… ¿qué… qué pasó? -balbucí.

Mi madre movió la cabeza.

– No aborté.

– Mamá, ya sé que no abortaste. Pero ¿por qué?

– Tu padre dijo que no pudo encontrar a nadie para hacer el aborto. Pero yo creo que en realidad no lo buscó.

Mi madre dijo después que había querido abortar porque no deseaba ponerse un vestido de novia estando embarazada.

Bien, era una buena razón.

– Así que puedes dar las gracias a tu padre por estar aquí hoy. Ahora, no hagas más preguntas.

Me quedé aturdido. Yo era… ¡un hijo no deseado! Me pareció un poco duro intentar seguir la conversación hablando del vestido de la novia.

Así que yo debía mi existencia a una legislación social represiva: nada menos.

¡Qué ironía! Yo, un partidario del derecho al aborto, estoy vivo gracias a que mi madre no tuvo ese derecho.

Y hay más. Hace unos años, cuando tenía más o menos la edad en que mi padre se casó, mi novia también decidió abortar, mientras que yo era partidario de tener al niño. Y si lo hubiéramos tenido, también nosotros habríamos tenido que casarnos.

La diferencia entre entonces y ahora es que mi novia no dependía de que yo me dedicara a buscar a alguien que pudiera practicar un aborto.

En cualquier caso, las implicaciones metafísicas son inquietantes: ¿Tengo derecho a seguir sosteniendo una opinión sobre este tema? Porque si mi postura en favor del aborto hubiera sido ley en tiempos de mi madre, hoy yo no estaría aquí para defenderla.

No me entiendan mal: me parece bien que el presidente Clinton haya abandonado la política de Bush sobre el aborto, la investigación con tejidos fetales, etc.

Sólo que resulta bastante difícil no parecer un hipócrita cuando lo máximo que honradamente puedes decir es: “Desde luego, soy partidario del aborto. Ahora”.

_________________________(1) Elizabeth Klein, “A Bonus Baby”, New York Times Magazine (27-VIII-1989); Elinor Nelson, “Infertility, Triplets -And an Abortion”, San Francisco Chronicle (9-VI-1992).

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