Combatir el SIDA en África

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Contrapunto

La novena conferencia internacional sobre el SIDA en África, que se clausuró el día 14 en Kampala, ha constatado la progresión de esta enfermedad en el África subsahariana: 11 millones de personas seropositivas -60% de los casos mundiales-, 7 millones con SIDA declarado y 2 millones de nuevos casos de contagio en 1994, la mayoría por transmisión heterosexual.

El análisis epidemiológico pone de relieve el contagio cada vez más frecuente de la población joven, sobre todo de mujeres jóvenes. De modo que el índice de seropositivos en varios países es mayor entre las mujeres que entre los hombres. “Para muchas mujeres africanas, el mayor riesgo de contaminación por el virus del SIDA tiene que ver con el comportamiento sexual de su marido o de su pareja habitual”, han dicho los epidemiólogos reunidos en Kampala. “Las mujeres que tienen una relación de tipo monógamo no pueden generalmente protegerse de la infección cuando su marido no tiene un comportamiento sexual similar”.

Combatir el SIDA en África significa, pues, cambiar la conducta sexual de muchos hombres, que con frecuencia tienen relaciones sexuales con distintas mujeres. Pero las políticas impulsadas hasta ahora sólo se han preocupado de distribuir anticonceptivos para frenar el aumento de la población y de predicar ahora el “sexo seguro”. Nada de eso ha contribuido a promover entre los hombres el “sexo responsable”. Y si antes eso podía ser una aspiración conveniente, con el SIDA se ha convertido en una cuestión de vida o muerte.

Para que muchas africanas puedan protegerse del SIDA, es preciso reforzar su posición en la familia. En este sentido, una alternativa verdaderamente avanzada es la que promueve la Iglesia católica. Y no sólo porque con su doctrina y su acción defienda la igual dignidad de marido y mujer, o porque con su trabajo educativo y sanitario esté en primera línea en la capacitación femenina en el continente. También por su doctrina sobre la regulación natural de la natalidad y su llamada al autodominio sexual y a la fidelidad matrimonial.

Si hay que cambiar en muchos hombres la tendencia a la promiscuidad, no parece que la condomanía sea el mejor instrumento. Lo decisivo es el aprendizaje del autodominio en el ejercicio de la sexualidad. Y ahí juegan un papel importante los métodos naturales de regulación de la natalidad, que corresponsabilizan al varón y respetan más a la mujer. Para muchas africanas, unos métodos que son eficaces y gratuitos, sin efectos secundarios y que involucran a su marido, podrían ser el ideal. Pero esos métodos requieren que sus maridos no sólo respeten sus cuerpos, sino que las acepten como iguales en las relaciones conyugales. El problema es que este es un cambio demasiado radical para algunos maridos. Pero parece que sólo este empowerment de la mujer africana puede reordenar las relaciones dentro del matrimonio.

Ignacio Aréchaga

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