Clonación “dura” y clonación “blanda”

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Análisis

La prensa ha vuelto a ponernos los pelos de punta: un grupo de científicos coreanos afirma que ha realizado la clonación humana con fines reproductivos. Noticias posteriores han serenado los ánimos: los investigadores, una vez conseguida la fusión inicial de células, han destruido los embriones resultantes en los primeros estadios de desarrollo. La investigación para ver si se produciría un desarrollo normal del embrión clonado sigue sin realizarse.

Puede afirmarse que el rechazo al intento de reproducción humana por medio de la clonación sigue siendo generalizado. Pero simultáneamente se observa el movimiento, muy ruidoso, de quienes, en Estados Unidos especialmente, manifiestan que la prohibición de financiar con fondos federales la investigación sobre embriones humanos -incluida la investigación sobre la clonación humana- está siendo una rémora para el desarrollo científico. Entre los que así claman habría que citar voces tan autorizadas como la revista Science, de conocido talante liberal, que ha expresado recientemente su derecho a publicar investigaciones éticamente controvertidas, como la investigación sobre embriones, como medio de catalizar un debate público sobre estas materias.

Sin embargo, no trasciende tanto a la opinión pública el desarrollo real de la investigación sobre embriones que está siendo realizada por grupos no financiados con fondos federales. Es una investigación que no pretende la reproducción y que no choca, por tanto, con la opinión generalizada de que la clonación con fines reproductivos (la clonación “dura”) es éticamente condenable.

Los primeros resultados se han publicado en la revista Science (6-XI-98), y han merecido un comentario editorial y dos artículos de fondo sobre las posibilidades de la nueva técnica. En dichos artículos se defienden las expectativas que aportan los nuevos datos experimentales para el tratamiento de diversas enfermedades.

Básicamente, el experimento ha consistido en tomar de unos embriones humanos, procedentes de fecundación in vitro y donados por sus padres, unas células denominadas stem cells o células progenitoras, y cultivarlas in vitro hasta obtener un cultivo de células que parecen ser normales y se reproducen indefinidamente. Este experimento se había realizado previamente en ratones, y se había conseguido que, de esas células cultivadas, se derivaran algunos tipos celulares concretos, que fueron empleados para trasplante en órganos de animales adultos. El objetivo, por ahora a largo plazo, es conseguir lo mismo con células humanas, disponiendo así de reservas de tejidos para revitalizar órganos enfermos (células pancreáticas para los diabéticos, células cardíacas en caso de insuficiencia cardíaca, neuronas en caso de Parkinson o lesiones neurológicas irreversibles, etc.).

Hasta conseguir ese objetivo, queda mucho camino por recorrer: conseguir la diferenciación de esas células que formarán los diversos tejidos, comprobar que no exista rechazo ni comportamiento anormal de esos tejidos trasplantados, etc. Como se puede ver, las esperanzas de tratamientos para procesos actualmente imposibles de solucionar parecen muy prometedoras.

A costa de embriones humanos

Sin embargo, esta dinámica parece camino de conseguir lo que la clonación “dura”, ensayada fugazmente por los científicos coreanos, no ha logrado todavía: la aceptación social del empleo de los embriones como material para su aprovechamiento por parte de los enfermos. Aun cuando se admita que la clonación humana es reprobable, muchas veces más por una especie de repugnancia que por un razonamiento ético sobre el respeto debido a la vida humana embrionaria, la investigación actual no despierta tantos recelos: no da como resultado un individuo que sea copia biológica de otro, no se observa la destrucción de una figura humana que provoque las conciencias.

Está así servido el progreso técnico a costa de los más débiles: de acuerdo, prohibamos la clonación con fines reproductivos, pero no podemos actuar con la misma severidad contra algo que ofrece tantas esperanzas a tantos enfermos. Y Science apoya su derecho a publicar ese experimento para mostrar tal diferencia, reclamando explícitamente la libertad de investigación. En el altar de la técnica quedan sacrificados los embriones empleados para desarrollarla, extendiendo con suavidad pero claramente el desprecio por las vidas embrionarias ya presente en las clínicas de fecundación in vitro.

La negativa a seguir por este camino no es integrismo: en vez de emplear células tomadas de embriones humanos, cabe usar células animales modificadas genéticamente de modo que surtan el mismo efecto. De hecho, para emplear las células humanas cultivadas también será necesario realizar diversas manipulaciones sobre ellas para que se diferencien y adquieran la funcionalidad de los diversos tejidos. Sin embargo, es demasiado fácil obtener embriones humanos de clínicas de fecundación in vitro, y la tentación de experimentar con ellos ha estado demasiado tiempo a la puerta. Ya hemos traspasado el umbral. Con la manipulación embrionaria hemos seguido la pendiente deslizante que se inició con las primeras técnicas de fecundación in vitro. De los médicos e investigadores depende apartarse de ese camino que, aunque aparentemente pretende ayudar a unos enfermos, lo hace a costa de la vida de inocentes, que debe ser siempre protegida y respetada.

Antonio Pardo

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