Buenos y malos biocombustibles

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Duración lectura: 6m. 39s.

Curioso destino el de los biocombustibles. Hasta el año pasado eran la panacea para reducir el consumo de combustibles fósiles y las emisiones de CO2. Ahora son los supuestos culpables de casi todo lo que va mal: el alza de precios de los alimentos, la deforestación del Amazonas, la disminución de la biodiversidad, y, quién sabe, quizá hasta el ciclón que asoló Myanmar. La Unión Europea, que se ha propuesto como objetivo que los biocombustibles cubran el 10% del consumo del transporte para 2020, no logra ponerse de acuerdo sobre los criterios que hay que imponer a los productores del “petróleo verde”.

En la reunión celebrada en Bruselas el 7 de mayo, se han opuesto dos bloques. En el primero están los países (capitaneados por Francia y Alemania) que quieren favorecer la producción nacional de biocombustibles, e imponer criterios rigurosos para limitar la repercusión sobre los precios alimentarios y la deforestación. El otro bloque -es el caso de Reino Unido, Holanda y los países escandinavos- piensa que es más rentable importar los biocombustibles de países que los producen a mejor precio y no poner trabas al libre comercio.

Los partidarios de criterios más estrictos quieren obligar a los productores, incluidos los países exportadores, a cumplir una serie de requisitos en materia de derechos laborales, protección del medio ambiente y lucha contra el cambio climático. Los otros creen que un endurecimiento de los criterios haría imposible alcanzar el objetivo del 10% para 2020.

Los detractores de los biocombustibles les echan la culpa del aumento del precio de los alimentos, por la sustitución de cultivos dedicados a la alimentación por los destinados a la energía. En cambio, sus defensores piensan que el alza de los precios alimentarios se debe sobre todo a la mejora de la alimentación de millones de indios y chinos, a las malas condiciones climáticas en algunas zonas, a la subida del precio del petróleo y a la especulación. Y subrayan que el aún pequeño sector de los biocombustibles (que apenas mueve 40.000 millones de dólares) no puede ser responsable por sí solo del encarecimiento de los alimentos. Como pruebas, aducen también la subida del precio del arroz, que es independiente de los biocombustibles, o la estabilidad del precio del azúcar cuando la demanda de etanol hubiera debido impulsarla al alza.

Razones del interés

El debate sobre los biocombustibles estará presente también en el Foro sobre el cambio climático que celebrará la OCDE en París el próximo 3 de junio. En uno de los documentos que se aportan para el debate, elaborado conjuntamente en noviembre de 2007 por la OCDE y la Agencia Internacional de Energía (AIE), se examinan las posibilidades y las repercusiones del mayor uso de los biocombustibles.

En primer lugar explica las razones del creciente interés por los biocombustibles. Desde el punto de vista del coste de la energía, ante el alza considerable del precio del petróleo, el recurso a las biocombustibles es una solución complementaria. En cuanto a la reducción de las emisiones de CO2, las bioenergías parecen más “limpias”, ya que la cantidad de CO2 liberada durante su combustión es equivalente a la captada durante el crecimiento de los vegetales que sirven para producirlas. Por otra parte, la mayor demanda de los productos agrícolas que se utilizan en su producción (caña de azúcar, cereales, oleaginosas) se consideraba que tendría efectos positivos sobre las rentas agrícolas totales y sería un motor del crecimiento en países en desarrollo.

Todo esto se escribía el año pasado, antes de que los precios de los alimentos se dispararan. De todos modos, ya entonces se advertía que habría un alza de precios de los alimentos, asumible en el caso de países de la OCDE, pero que podía poner en graves dificultades a los consumidores más pobres de los países en desarrollo.

Escasa sustitución de energías fósiles

En cualquier caso, la OCDE advertía que no había que esperar que en el momento actual los biocombustibles respondieran a las expectativas creadas. Y daba varias razones.

Su potencial de sustitución de las energías fósiles es relativamente pequeño. “Harían falta grandes superficies agrícolas para reemplazar una pequeña cantidad de energía fósil”. Por eso, la AIEestima que los biocombustibles no representarán más que de un 4% a un 7% de los carburantes utilizados en el transporte por carretera en 2030”. En esta perspectiva, el objetivo del 10% para 2020 fijado por la UE parece irreal.

Desde el punto de vista medioambiental, como también en la producción de biocombustibles hay que consumir energías fósiles, el balance depende del tipo de producto agrícola utilizado como materia prima. Según la OCDE, en el caso del etanol sacado de cereales y de remolacha, la energía fósil necesaria para producirlo representa del 60% al 80% de la energía contenida en el carburante final. En cambio, la energía fósil consumida para producir etanol a partir de caña de azúcar representa solo un 10% o menos de la energía contenida en el producto final.

Así que, en lo que se refiere a la reducción de emisiones de CO2, las emisiones evitadas son menores en el caso del etanol derivado de cereales o de remolacha que en el caso del etanol producido a partir de caña y del biodiésel.

Por otra parte, la mayor demanda de tierras cultivables para la producción de biocombustibles puede llevar a la explotación de tierras frágiles y a la deforestación de terrenos que hoy son bosques, como está ocurriendo ya en países del sudeste asiático con la extensión de plantaciones de palmeras.

En cuanto a su repercusión en las rentas agrícolas, los agricultores que producen cereales se beneficiarán del aumento de precio por la mayor demanda de biocarburantes. Pero los que utilicen estos mismos cereales como alimento para el ganado no sacarán ningún beneficio, pues sus costes aumentarán.

Limitaciones a la importación

¿Deben promover los poderes público los biocombustibles y de qué modo? La OCDE constata que actualmente Brasil es el único país que produce biocombustible en condiciones económicas viables. En los demás países es una producción subvencionada y protegida con ventajas fiscales, limitación de la importación de biocombustibles con cuotas y derechos de aduana.

En casi todos los países de la OCDE se necesitaban ayudas públicas del orden de 0,15 a 0,55 dólares por litro (de equivalente a gasolina) cuando el precio del barril de petróleo bruto estaba en 60 dólares. Después han subido tanto los precios del petróleo como los agrícolas, con lo que el balance económico de la producción de biocombustibles no ha cambiado sustancialmente.

La OCDE estima que las limitaciones a la importación de biocombustibles son perjudiciales porque hacen aumentar los precios de la energía en los países industrializados y reducen las posibilidades de desarrollo de los productores del hemisferio sur. Por eso, “estas medidas son incompatibles con el objetivo de reducir el consumo de energías fósiles y las emisiones de efecto invernadero”.

Del debate se desprende que más que promover o rechazar los biocombustibles en bloque, habría que favorecer aquellos que no entran en competencia con la alimentación y que no disminuyen la biodiversidad. No es lo mismo el etanol producido a base de maíz subsidiado en EE.UU. y en Europa, que el etanol de Brasil a partir de caña de azúcar, económicamente competitivo y sin repercusión en los precios alimentarios.