La aportación católica a los debates bioéticos

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Duración lectura: 3m. 48s.
Michael Wee (Foto Twitter)

El investigador de Oxford Michael Wee acaba de ser nombrado “miembro joven” (menor de 35 años) de la Academia Pontificia para la Vida. Nacido en Singapur, se formó en Reino Unido, y actualmente trabaja en dos instituciones vinculadas a la universidad de Oxford, el Anscombe Bioethics Centre y el Aquinas Institute of Blackfriars Hall.

Según comenta Wee en una reciente entrevista para Crux, esta categoría de miembros jóvenes, creada por el Papa Francisco con la reforma de la institución en 2016, es un signo muy positivo. Muchos, dice, para que los jóvenes se impliquen más en la Iglesia, evitan lo que parece “serio”. “Pero también los jóvenes se sienten atraídos por los tesoros intelectuales de la Iglesia”.

Uno de esos tesoros del magisterio católico es su “fe en la razón”; es decir, la convicción de que ambas instancias son complementarias, y no mutuamente excluyentes. “En un lugar como Gran Bretaña –anota–, donde la mayoría no se considera cristiana, los instrumentos de la filosofía –o sea, la razón natural– son especialmente valiosos para ayudar a la gente a entender la enseñanza moral católica. Antes de hablar de la teología del cuerpo, hay que hablar de la teleología del cuerpo”.

Wee, que se ha formado desde pequeño con los dominicos, pone como ejemplo la filosofía de Tomás de Aquino, que conoce bien. Para él, el pensamiento de santo Tomás resulta particularmente valioso porque muestra que “la razón natural puede llevarnos a los preámbulos de la fe”. Su trabajo en el Anscombe Bioethics Centre, al que acuden en busca de asesoramiento profesionales sanitarios y otras personas que atienden a enfermos, le ha permitido comprobar que “la doctrina de la Iglesia puede ser hondamente liberadora, precisamente porque es razón en armonía con la fe”. Este atractivo se percibe incluso desde fuera de la Iglesia. Prueba de ello es la invitación que recibió recientemente de una institución no católica para participar en un proyecto de investigación en torno al papel de las virtudes en las enfermedades mentales.

“La bioética católica –dice Wee– ha sido especialmente buena en señalar absolutos morales. Pero no hemos sido tan buenos al tratar cuestiones en las que no hay una línea roja clara y en las que para decidir qué proceder es correcto hace falta un ejercicio riguroso de la virtud de la prudencia”. Así, la bioética católica no se reduce a condenas morales. Hay que tener en cuenta, por ejemplo, las posibles consecuencias sociales de una práctica como los úteros artificiales.

Eso no significa, advierte Wee, que el juicio moral deba convertirse en un puro contrapesar efectos de las acciones: “¡No somos utilitaristas o proporcionalistas!”. La bioética verdaderamente prudente también es capaz, por ejemplo, de discernir “la lógica interna de una determinada tecnología” para saber si su uso es moral e inmoral. Pues es un “mito moderno” creer que “la tecnología es ‘moralmente neutra’, que no hace más que proporcionar una alternativa a los medios naturales, pero rara vez es así”. En realidad, “la tecnología siempre tiene una predisposición a unos valores más que a otros en virtud del modo en que opera o de las cosas que mide”.

Wee pone énfasis en la tecnología porque considera que esta es inseparable de los principales dilemas éticos presentes y futuros. El que considera más acuciante es la manipulación genética. De momento, dice, no hay indicios de que la manipulación genética sea intrínsecamente inmoral, y aún falta una profundización magisterial en este tema. Pero alaba el enfoque de la instrucción Dignitas personae (2008), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como modelo de ese análisis típicamente católico: atento a lo concreto –unas determinadas tecnologías– y a la vez sabiendo encontrar su lógica interna, y siempre basándose en el fundamento de la dignidad de la persona como imagen de Dios.

Por otra parte, señala Wee, la Iglesia debe seguir recordando la doctrina católica tradicional sobre temas como el aborto, la eutanasia o los anticonceptivos. “Si los fieles no entendemos por qué la dignidad de la vida o del matrimonio es tal que excluye siempre determinadas acciones, ¿cómo vamos a desarrollar una perspectiva auténticamente católica en temas más complicados como la inteligencia artificial?”.

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