Biodiversidad: hechos y conjeturas

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Duración lectura: 10m. 39s.

Por iniciativa del presidente francés Jacques Chirac, del 24 al 28 de enero se celebró en la sede de la UNESCO, en París, una Conferencia Internacional sobre Biodiversidad. El objetivo era impulsar los acuerdos tomados en la Cumbre de la Tierra (Río de Janiero, 1992), que en este capítulo han resultado inoperantes. Pero es preciso actuar con urgencia, se dijo, pues la Tierra sufre hoy una masiva extinción de especies (40.000 al año), la mayor después de la que acabó con los dinosaurios, por culpa de la degradación ambiental causada por el hombre.
“Biodiversidad” es un término acuñado por el biólogo de Harvard Edward O. Wilson, el más famoso defensor de esta causa. Antes de él se hablaba simplemente de la conservación de la naturaleza y del peligro de extinción de determinadas especies. Wilson, en cambio, resalta que la misma variedad de especies es una riqueza genética que depende de la preservación de los ecosistemas. Si estos se degradan, por la mutua dependencia de las especies que los habitan, se producen extinciones en cadena que reducen la biodiversidad.

Aunque, en términos generales, la argumentación es clara, resulta difícil evaluar la situación de hecho y las consecuencias previsibles. Ofrecemos aquí un resumen de los datos más relevantes sobre el problema de la biodiversidad.

¿Qué grado de biodiversidad tiene la Tierra?

Las especies vivas catalogadas son en torno a 1,5 millones. Naturalmente, no se conocen todas. El total se calcula entre 3,6 y 100 millones, según el método que se use para estimar, a partir de muestreos, las especies de los organismos más difíciles de descubrir (insectos, hongos, bacterias…).

¿Ha disminuido la biodiversidad?

Hoy existe mayor biodiversidad que en épocas prehistóricas, cosa normal, pues a eso tiende la evolución. Por ejemplo, en la era Cuaternaria (desde hace 160 millones de años) se han multiplicado por 2,5 las especies de vegetales terrestres, por 3 las familias de insectos y por 300 las de cuadrúpedos, según las estimaciones habituales.

¿No es normal que las especies se extingan?

Siempre se han extinguido especies y han aparecido otras nuevas, como muestra el registro fósil. La duración de una especie varía entre 1 y 10 millones de años, según el grupo taxonómico; de ahí los paleontólogos concluyen que se han extinguido el 95% de las especies aparecidas desde que empezó la vida en la Tierra (hace 3.500 millones de años, según se cree). En ocasiones, ha habido extinciones masivas por causas naturales. La mayor ocurrió hace unos 245 millones de años, cuando desaparecieron la mitad de los animales marinos y de cuadrúpedos, y dos tercios de los insectos, por no hablar de la consabida desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años.

El problema es que ahora las extinciones parecen haberse multiplicado debido a la intervención humana. La principal causa es la degradación o destrucción de hábitats naturales, fuera de los cuales las especies afectadas no pueden sobrevivir. A esto se añade el temor a que el calentamiento de la Tierra, también obra del hombre, acelere las extinciones.

¿Cuánto se han multiplicado las extinciones en los tiempos recientes?

A partir de la vida media de las especies y el número de especies descritas, se calcula una tasa natural de extinciones cada cien años de 5,4 para las plantas y de 1 para los vertebrados (para los invertebrados, los números son muy inciertos). En el siglo XX se han contado 270 extinciones de plantas y 260 de vertebrados, de las que los mayores números son el de peces (150) y el de mamíferos (50). Por tanto, se puede suponer que en el siglo pasado las extinciones han sido muy superiores a la tasa natural: 50 veces más para las plantas y 260 veces más para los vertebrados. El caso peor es el de los mamíferos, cuya tasa de extinciones en el siglo XX ha sido 560 veces mayor que la natural (0,09 cada cien años).

Como el catálogo de especies no es completo, la tasa natural puede estar subestimada. Y parte del aumento reciente de la tasa puede no ser real, sino debido a la mejora de las observaciones. Pero es indudable que en el último siglo se han comprobado extinciones por destrucción de hábitats a causa de la acción humana; extinciones que no se habrían producido espontáneamente. Claro que esto no es inédito. Se cree que nuestros antepasados de la Edad de Piedra causaron la extinción, por la caza excesiva, de 33 familias de mamíferos y aves desaparecidas en ese tiempo (en los 1,5 millones de años precedentes solo se extinguieron 13 familias por causas naturales).

¿De dónde sale la afirmación de que se extinguen 40.000 especies al año?

Es uno de esos números que alguien aventura y luego todos repiten sin pararse a comprobarlo. Lo lanzó Norman Myers en su libro The Sinking Ark (1979) y se convirtió en canónico cuando lo recogió el informe oficial norteamericano Global 2000, que también erró mucho en sus predicciones sobre población. El caso es que Myers no justifica el cálculo, que presenta como una “suposición”.

Edward O. Wilson, en The Diversity of Life (1992), propone una estimación de 27.000-100.000 extinciones al año, basada en sus estudios sobre ecosistemas insulares. Como esos números son mucho mayores que el de extinciones documentadas, las especies que supuestamente se pierden tendrían que ser de las no descritas.

¿Y en cuanto a los efectos del calentamiento terrestre?

El estudio más citado es el dirigido por Chris Thomas (Universidad de Leeds) y publicado hace un año en Nature (8-01-2004). Concluye que, a consecuencia del cambio climático, se podrían extinguir del 15% al 37% de las especies animales y vegetales en la primera mitad de este siglo.

¿Cómo se hacen esos cálculos?

Hay dos métodos. El más sencillo consiste en el análisis de datos estadísticos sobre las especies. Este es el empleado por Thomas, cuyo trabajo ha sido muy criticado por la debilidad de las simulaciones que maneja. En general, el problema del método estadístico es que los datos de partida son escasos.

Otro método se basa en modelos teóricos del comportamiento de los organismos ante los cambios del hábitat. En este caso, el primer problema es que no existen inventarios bastante completos de vegetales e invertebrados. En segundo lugar, se sabe poco sobre la respuesta de los ecosistemas y de las especies, por lo que los modelos son muy hipotéticos. Es lo que se objeta a Wilson, quien estudió los ecosistemas insulares (los más frágiles) y extrapoló los resultados a otros medios, alegando que la acción humana ha creado “islas” biológicas en el interior de los continentes.

Sin embargo, se conocen especies en peligro de extinción. ¿Cuántas son?

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) elabora una “Lista Roja” de especies en peligro. La edición de 2004 evalúa la situación de 38.046 especies, de las que 15.503 (el 1% de las especies conocidas) califica como amenazadas (en distintos grados: en peligro crítico, en peligro y vulnerables). Este recuento registra un aumento continuo desde la primera lista (1996), cuando era de 10.533. La región con más especies amenazadas es la de Asia-Pacífico, seguida de Sudamérica y África.

¿Por qué es importante preservar la biodiversidad?

Se suele alegar que la reducción de la biodiversidad tendría consecuencias perjudiciales para el hombre. Wilson y otros señalan el caso de la agricultura. Primero, las plantas silvestres son la base para obtener vegetales de cultivo. Segundo, la concentración de los cultivos en unas pocas especies hace que las cosechas sean muy vulnerables a las plagas. Además, muchos medicamentos se han descubierto en organismos naturales (como la aspirina en la corteza del sauce blanco): si se extinguen muchas especies, perdemos oportunidades de encontrar más sustancias benéficas.

No puede decirse que no se haya hecho nada al respecto. Para asegurar la biodiversidad en los cultivos hay grandes bancos de semillas y de material genético, que ya se emplean. Gracias a ellos, a finales de los sesenta se preservó la cosecha de trigo, amenazada por la roya en gran parte del mundo, y en la década siguiente se salvó el maíz estadounidense, que había sido atacado por un hongo. También se preservan organismos conocidos como posibles fuentes de medicamentos (la medicina tradicional de distintos pueblos suele ser lo que pone a los científicos sobre la pista).

Aún se puede hacer más, pero esos motivos prácticos no justifican todos los esfuerzos o todos los gastos, ni parar en seco la “colonización humana”, como propone Wilson.

¿Qué otros motivos hay?

Uno principal es mantener el equilibrio ecológico y las riquezas naturales. Pero así como las extinciones provocadas por el hombre pueden degradar los ecosistemas, la manera de evitar aquellas es conservar estos. En este sentido, la preservación de la biodiversidad se identifica con la protección de la naturaleza, pese a que se la tome como un asunto específico.

En la alarma por la biodiversidad en general influye la idea de que la extinción de una especie es una pérdida irreparable. Claro que de pérdidas tales está llena la historia de la vida, que se renueva continuamente, y la biodiversidad solo es una imagen “congelada” de la evolución en un momento determinado, como anota Bertrand Alliot, ex administrador nacional de la Liga para la Protección de las Aves (Francia), en Le Monde (25-01-2005). La paradoja -dice Alliot- es que los naturalistas, “los mismos que ayer demostraron que la naturaleza se transforma sin cesar, hoy quieran conservar el estado de un momento”, como si hubieran olvidado la evolución para volver al fijismo. Según Alliot, nuestra preocupación por la biodiversidad se debe a que “hoy somos más sensibles que quizá en otras épocas a la estética de la naturaleza”, porque estamos más liberados de las necesidades elementales y nuestro modo de vida implica una explotación generalizada de la naturaleza que degrada su belleza en estado silvestre. Así, el problema no es tanto la biodiversidad como una cuestión antropológica: la “manera de abordar la existencia y las relaciones que mantenemos con nuestro entorno”, buscar “una cooperación suave entre el hombre y la naturaleza”, concluye Alliot.

¿Qué medidas se toman para proteger la biodiversidad?

Aparte de lo que hagan los distintos países, existen algunos tratados internacionales con ese fin. El principal es el Convenio sobre Biodiversidad, firmado en la Cumbre de la Tierra (1992). Insta a los Estados a identificar las amenazas a la biodiversidad en sus territorios y hacer un seguimiento de ellas; a determinar las actividades humanas perjudiciales para la biodiversidad; a fomentar los estudios científicos y compartir los resultados; a tomar las medidas que sean económica y socialmente idóneas para estimular la conservación y el uso sostenible del patrimonio natural; etc. Pero estas propuestas genéricas necesitan instrumentos eficaces para realizarlas. La UE y varios países desarrollados ya han puesto en marcha organismos para aplicar el Convenio; los países en desarrollo necesitan ayuda exterior para hacerlo.

En la práctica, el tratado más operativo es la CITES (1973), una convención internacional que regula el tráfico internacional de especies amenazadas, para evitar la sobreexplotación. Otro acuerdo importante es la Convención sobre Conservación de Especies Migratorias de Animales Silvestres (CMS, 1979), para proteger a las aves migratorias en todo su ámbito de movimientos. Para la aplicación de la CMS se han creado organismos regionales como el Acuerdo Africano-Euroasiático sobre Aves Acuáticas.

La Conferencia Internacional sobre Biodiversidad celebrada en París ha hecho un llamamiento a la acción urgente. Propone fomentar la cooperación internacional mediante un organismo que incluya tanto expertos como dirigentes políticos, para evaluar los datos científicos y las opciones disponibles para actuar en materia de biodiversidad. Pero como la reunión se tuvo al margen del sistema de la ONU, sus conclusiones no son vinculantes.

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Fuentes principales: Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Global Environmental Outlook 3 (2002); Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, The IUCN Red List of Threatened Species (2004); Anne Teyssèdre, “Vers une sixième grande crise d’extinctions?”, en: Anne Teyssèdre (coord.), Biodiversité et changements globaux (ADPF, París, 2004); Bjørn Lomborg, The Skeptical Environmentalist, cap. 23: “Biodiversity” (Cambridge University Press, 2001).