Religión en la escuela: La ignorancia no es una opción

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La nueva ley educativa en España (LOMCE), que este año se aplicará en primaria y en los cursos impares de secundaria y bachillerato, establece que todos los alumnos tendrán que cursar religión y/o la asignatura alternativa. La norma deja un amplio margen a las comunidades para diseñar el contenido de esta, aunque el elemento central deben ser los “valores”. En Cataluña, la Consejería de Educación ha anunciado que el currículum de la materia incluirá también nociones de cultura religiosa, junto con temas de historia clásica y de filosofía y ética. Por tanto, todos los estudiantes catalanes abordarán, de una manera u otra, el “hecho religioso”.

El enfoque de la religión en esta asignatura será más bien histórico y cultural: la influencia del cristianismo en el derecho, el arte, los usos sociales, etc. Elena Rigau, consejera de educación de la Generalitat, ha señalado en varias ocasiones que para entender el mundo actual son necesarias ciertas nociones sobre la religión.

El temor a “adoctrinar” termina por privar a los estudiantes de unos conocimientos indispensables para su formación

Enseñanza bajo sospecha

Lo mismo piensan Charles Clarke y Melinda Woodhead, fundadores de un ciclo de debates en torno al papel de la religión en el espacio público (Westminster Faith Debates). Recientemente han publicado un informe criticando la baja calidad de la Religious Education (RE) en Inglaterra. Esta asignatura, de oferta obligatoria para todos los centros mantenidos por el Estado, pero voluntaria para los alumnos, asume un punto de vista neutral y se acerca al “hecho religioso” en general, aunque con especial interés en el cristianismo.

Para los autores, sin embargo, no está cumpliendo su cometido. Las razones son varias: la escasa formación de los profesores –muchos dan otras asignaturas, y no tienen estudios específicos sobre el tema–, las pocas horas de clase, o el hecho de que no forme parte del Currículum Nacional.

Además de los obstáculos prácticos, o en la raíz de ellos, está un planteamiento teórico sobre la necesidad de “aislar” el espacio público de la influencia de la religión. Para Clarke y Woodhead, esta idea, que nace con una intención justificable, provoca una cierta sospecha que se ha extendido también a la propia enseñanza de la religión. En muchas escuelas ha quedado reducida a una asignatura donde el contenido propiamente religioso queda muy difuminado entre lecciones de ética o ciudadanía, como ocurre en la RE británica. Algunas pruebas realizadas porla OFSTED (el organismo británico encargado de evaluar el sistema educativo) muestran que precisamente el conocimiento del cristianismo es la parte en la que los alumnos que cursan RE obtienen peores calificaciones.

Así, el temor a “adoctrinar” termina por privar a los estudiantes de unos conocimientos indispensables para su formación, más en un mundo globalizado. Por ello, los autores recomiendan que la educación sobre la religión sea obligatoria para todos los alumnos, y que se explique con profundidad y rigor.

Para que la asignatura ayude a los estudiantes a comprender su propia religión o las de otras personas, es necesario que los contenidos vayan más allá de un mero acercamiento cultural o sociológico al “hecho religioso”, algo compatible con mantener el enfoque “neutral” o al menos no confesional.

El estudio del “hecho religioso” con un enfoque neutral es compatible con la existencia de una asignatura religiosa confesional.

Enseñar sin catequizar

Clarke y Woodhead consideran que en la escuela pública no debe existir una asignatura de “instrucción religiosa” en un determinado credo (aunque entienden que la acción de adoctrinar, en el sentido de enseñar una doctrina, es absolutamente legítima para los padres); no al menos mientras la asignatura en cuestión no permita que los alumnos “cuestionen o incluso critiquen” lo que se les enseña, y mientras “ignore, distorsione o caricaturice otras religiones o formas de pensamiento”.

Las objeciones de los autores son razonables, pero se pueden aplicar a cualquier forma de enseñanza religiosa: tampoco los padres deberían transmitir su fe a los hijos impidiendo que estos razonen o presentando una visión negativa o falseada del resto de credos. Por supuesto, la escuela debe evitar estos procedimientos, pero esto no significa que en las aulas –también en las públicas– no tenga cabida una asignatura de religión con un enfoque confesional, si los padres lo piden. De hecho, el diseño de estas materias confesionales suele cumplir con las condiciones exigidas por Clarke y Woodhead (por ejemplo, el currículum de la asignatura de religión católica en España exige que el alumno valore “las respuestas de las distintas religiones a las preguntas de sentido”, que adquiera “el hábito de reflexionar buscando el bien ante las elecciones que se le ofrecen” o que “respete la autonomía existente entre las explicaciones, teológica y científica, de la creación”).

Otras objeciones a la presencia de una asignatura confesional en la escuela pública proceden de no entender la distinción entre enseñar una doctrina y catequizar.

La catequesis supone por parte de los oyentes una disposición de fe; por eso no debe desarrollarse en las escuelas públicas, donde a los alumnos no se les pregunta sobre sus creencias religiosas. El objetivo del catequista no es solo enseñar unos conceptos, sino que sus alumnos hagan propios e incorporen a sus vidas unas creencias y valores. Si no lo hacen, la catequesis como tal ha fracasado. En cambio, en la asignatura impartida en el colegio, el objetivo del profesor es hacer entender a los estudiantes (tengan las convicciones personales que tengan) qué cree quien profesa una determinada religión, y por qué lo cree.

Pero para ello es imprescindible adoptar el punto de vista de la fe, aunque sea sin un asentimiento personal a sus enseñanzas: en el caso de la religión católica, por ejemplo, asumir metodológicamente el carácter revelado de las escrituras, o la divinidad de Jesucristo. La nota del alumno no dependerá de que esté de acuerdo con la doctrina, y menos aún de que la viva, sino de si es capaz de explicar la religión “desde dentro”.

Algunas objeciones a la presencia de una asignatura confesional en la escuela pública proceden de no entender la distinción entre enseñar una doctrina y catequizar

Enfoques complementarios, no excluyentes

Como recuerdan Clarke y Woodhead, la educación religiosa es un elemento imprescindible en la formación de los escolares, y se puede abordar desde diferentes enfoques y según distintos grados. Una asignatura no confesional comola RE británica puede ser muy valiosa cuando no renuncia a su genuino factor religioso en virtud de una pretendida “laicidad”.

Además, es completamente lícito que también exista una materia de carácter confesional. Ambas pueden convivir sin problemas en la escuela pública. El alumno que escoge cursar religión católica puede hacerlo por convicciones personales o por entender “desde dentro” esta fe, aunque no sea la suya; si por otro lado quiere estudiar el hecho religioso “desde fuera”, adquirirá una perspectiva complementaria. Por eso es un acierto que el gobierno español haya rectificado para hacer posible estudiar ambas asignaturas a la vez. Queda por ver si, además de Cataluña, las demás comunidades también optan por incluir algún contenido religioso en la asignatura de “valores”.


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