Los niños necesitan tiempo para crear, no para aburrirse

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El aburrimiento como trampolín para la creatividad es una más de las ideas en boga en la educación de niños y adolescentes. “Cuando no tenga nada que hacer, se aburrirá, y de ahí saldrán buenas ideas”, suelen decir más o menos quienes se apuntan a esta teoría. Pero un experimento en el que se dejó a varias personas solas, sin hacer nada y con electrodos a su alcance, mostró que, al entrarles el tedio, les dio por aplicarse choques eléctricos a sí mismas…

La relación aburrimiento-creatividad no es quizás tan directa, ni es tan positivo aburrirse por aburrirse. En un artículo en el blog del Institute for Family Studies, el psicólogo australiano Justin Coulson explica que mientras varios expertos apuestan por el aburrimiento para que los menores empiecen a entretenerse ellos mismos, “no hay ninguna prueba real que apoye” esa idea.

“Las pruebas de que el aburrimiento te vuelve más creativo no son muy sólidas”

Según Coulson, que del aburrimiento se deriven resultados creativos positivos o negativos depende mucho de la personalidad del que lo experimenta. “Hay claras diferencias individuales”, dice, que marcan la respuesta a ese estado, y asimismo factores ambientales. “Cuando yo era adolescente, hacía más travesuras cuando estaba aburrido que cuando estaba ocupado. El aburrimiento estimuló acciones que no eran precisamente enriquecedoras, seguras o sabias”.

Sucede con los menores, pero también con los adultos. En un artículo en Nature, una periodista especializada en ciencias, Maggie Koerth-Baker, alude a un estudio de la Universidad de Parkway sobre distracción, realizado con un simulador de coches. Las personas más proclives a aburrirse tendían a conducir a mayor velocidad que otros participantes, reaccionaban más tardíamente a situaciones inesperadas, y pisaban la línea de separación de carriles con más frecuencia que los demás.

La creatividad es más una elección

El tedio es motivo de debate contemporáneo. La Universidad de Varsovia ha organizado varias conferencias sobre el tema, en las que han participado profesionales de la psicología y la sociología, y también un renombrado neuropsicólogo canadiense, James Danckert, reunió en noviembre de 2015 a varios especialistas de EE.UU. y Canadá en un taller sobre este asunto.

El Dr. Danckert ha definido el aburrimiento como una emoción distinta de la depresión y la apatía; como un estado “agresivamente insatisfactorio” en el que falta la motivación, pero al que, al contrario de lo que sucede con la apatía, el afectado estaría de alguna manera interesado en ponerle fin.

Preguntado por Aceprensa, el investigador no concuerda con la idea del aburrimiento como un acicate a la creatividad. “Primeramente, las pruebas de que el aburrimiento te vuelve más creativo no son muy sólidas. En segundo lugar, cuando estamos en la agonía del tedio, es difícil imaginarnos siendo creativos al mismo tiempo. Y en tercero, nosotros vemos el aburrimiento como una llamada a la acción, como una señal autorregulatoria que nos dice que lo que estamos haciendo en ese momento no nos satisface y necesitamos hacer algo más. Ahora bien, lo que no hace el aburrimiento es decirnos qué debemos hacer. Así, algunas personas adoptan comportamientos destructivos (las drogas, el alcohol) y otros pueden recurrir a salidas creativas”.

“Hay una historia interesante: la del guitarrista Jimmy Hendrix, quien fue ‘descubierto’ por otro músico que le preguntó dónde había estado escondido, a lo que él respondió: ‘Estaba tocando en circuitos de mala muerte y me aburría como una ostra. No oía a nadie hacer nada nuevo’. El aburrimiento no volvió a Hendrix creativo, sino que él escogió la creatividad para escapar de aquel”.

En la antesala de los malos hábitos

A nadie suele gustarle que el aburrimiento se prolongue, pues tiene consecuencias que se dejan ver en el comportamiento de quien lo “sufre” y, por derivación, en el entorno. En Psychology Today, el Dr. Carl E Pickhardt cita un caso extremo: el de un adolescente que en 2013, junto a otros dos amigos, disparó y causó la muerte a una persona. Más tarde dijo a la policía que lo había hecho para divertirse, porque los tres estaban “aburridos”.

“Por supuesto –señala Pickhardt–, no todo aburrimiento de adolescente desemboca en violencia. Sin embargo, uno de sus riesgos es que crea una peligrosa desconexión entre el acto para aliviarlo, que puede ser elegido desesperadamente, y la conciencia de los dañinos efectos que esa elección puede tener para otros y para sí mismo. Cuando se enfrenta al aburrimiento, el joven puede tener una perspectiva muy corta. Puede enfocarse en el impulso inmediato e ignorar sus peligros colaterales”.

No se trata de que el niño se aburra, sino de que tenga ratos sin actividades programadas, para que piense por sí mismo qué hacer

Según algunos estudios que cita Coulson, el balance del aburrimiento sería para los jóvenes más negativo que positivo. En el ámbito escolar –precisan los autores de una investigación publicada en Frontiers in Psychology– los estudiantes que se aburren muestran un desempeño académico por debajo del de quienes se encuentran motivados. Además, tienen mayor probabilidad de abandonar las aulas en los últimos años de la secundaria.

De igual modo, puede dar pie a que los jóvenes incorporen hábitos dañinos a sus estilos de vida. Un estudio efectuado en Hungría por un equipo húngaro-estadounidense, con una muestra de 500 alumnos de entre 14 y 20 años, constató que “combatir el aburrimiento” era en buena parte de los casos el motivo para iniciarse en el tabaco y el alcohol: fue lo más mencionado para justificar el consumo de la primera sustancia, y lo tercero para explicar el consumo de la segunda.

Facilitarles los medios, dejarles elegir

¿Cómo evitar que el aburrimiento empuje a los menores a conductas antisociales o a “devaneos” con sustancias? En todo caso, la respuesta no sería atiborrarlos de actividades ni procurar llenarles los momentos vacíos. La solución, según Coulson, pasaría por dejar de identificar tiempo de inactividad con tiempo para aburrirse.

De lo que se trata es de dejar ratos sin actividades programadas –y sin pantallas, valga añadir–, en los que el menor piense por sí mismo qué hacer para entretenerse, para lo que tendría varios medios a su alcance que el adulto sí que podría facilitarle (nunca los electrodos mencionados al principio, se entiende).

En el caso de los niños, por ejemplo, el psicólogo australiano recomienda poner a su disposición útiles para dibujar y pintar, libros varios, un juego de Lego, cubos y palas de juguete, cajas… Se les puede invitar incluso a que incursionen en la cocina.

“En resumen, podemos ofrecerles un tiempo desestructurado en el que puedan recrearse a sí mismos. Ello no significa que tengan una actividad cada tarde, sino que tengan el tiempo, el espacio y la oportunidad para desarrollar los recursos emocionales y cognitivos que los capacitarán para perseguir sus propios intereses creativos de un modo beneficioso y seguro”.


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