El Observatorio

Las mujeres quieren igualdad salarial, pero no vender su alma al trabajo

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Con ocasión del Día Internacional de la Mujer, Cecilia García-Peñalosa, directora de investigación en el CNRS (Centro Nacional de Investigaciones Científicas, de Francia), anota que las leyes contra la discriminación no bastan para implantar la igualdad efectiva de la mujer en el ámbito laboral. Casi toda la desventaja femenina obedece a que las condiciones de trabajo no se adecúan a las necesidades de las mujeres.

García-Peñalosa comienza recordando, en una colaboración para Le Monde, las diferencias de salario en contra de las mujeres: del 24% en Francia, del 23% en Estados Unidos. También hay una clara desigualdad en el reparto de puestos directivos: solo hay un 34% de mujeres entre los consejeros de las principales empresas que cotizan en la Bolsa francesa (CAC 40).

En primer lugar: ¿a qué se debe la disparidad de retribución? La mitad de la diferencia se explica por el tiempo de trabajo, y la otra mitad por características personales o del empleo. En concreto, las mujeres, por término medio, dedican menos horas al trabajo remunerado, tienen menos experiencia y están sobrerrepresentadas en sectores o puestos donde se cobra menos.

Para ilustrarlo, García-Peñalosa remite a un estudio de Claudia Goldin, economista de Harvard, que compara hombres y mujeres en dos profesiones de alta cualificación y bien remuneradas: farmacia y abogacía. Las farmacéuticas son numerosas y no presentan desventaja salarial con los hombres del mismo sector. En cambio, en los despachos de abogados predominan los hombres, y las mujeres cobran menos. Más precisamente: ellas cobran igual en los primeros años, pero en cuanto tienen un hijo, se quedan atrás.

“Los empleos ‘cronófagos’ empujan a las mujeres a otras profesiones o a puestos más compatibles con las exigencias domésticas y, de hecho, peor remunerados”

La explicación parece clara: mientras que el trabajo en farmacia se caracteriza por una gran flexibilidad de horarios, que permite combinar vida profesional y vida familiar, en los despachos de abogados las jornadas son muy largas, y no es raro que se extiendan a sábados o domingos. “Estos empleos cronófagos –señala García-Peñalosa– empujan a las mujeres a otras profesiones o a puestos más compatibles con las exigencias domésticas y, de hecho, peor remunerados”.

En segundo lugar: ¿por qué las mujeres llegan menos alto en la profesión? Caben dos explicaciones: se las promueve menos que a los hombres, o ellas se presentan en menor medida a una promoción.

Un estudio que hizo la propia García-Peñalosa con dos colegas examinó el caso de los profesores-directores de investigación en economía en Francia, puestos en los que las mujeres son solo el 13%. Resulta que, a igualdad de cualificación científica, hombres y mujeres presentan la misma probabilidad de ser ascendidos; pero las mujeres se presentan con menor frecuencia a los concursos de promoción, y esto explica toda la diferencia con los hombres.

¿Acaso ellas tienen aspiraciones más modestas? Francesca Gino y otros investigadores de Harvard encuestaron a norteamericanos de alta titulación sobre sus ambiciones profesionales, y las mujeres se declararon convencidas de que pueden llegar tan lejos como los hombres. Ahora bien, preguntadas no ya por sus posibilidades de promoción, sino por su deseo de obtenerla, se manifiestan menos interesadas de hecho. Ellas y ellos ven por igual los aspectos positivos (responsabilidad, prestigio, remuneración...), pero ellas se fijan más en los negativos (conflictos en el trabajo, inconvenientes para la vida personal o familiar...).

Por otra parte, influyen las formas comunes de organización doméstica, que siguen limitando el salario de la mujer a la función de complemento al del hombre. Es cierto que son cada vez más las familias donde la mujer gana más que el marido. Pero, en términos generales, según datos de Estados Unidos, la proporción de hogares donde ella aporta hasta el 49% de la renta familiar es mayoritaria, y desciende rápidamente a partir del 50%.

García-Peñalosa concluye que medidas como las leyes antidiscriminación o las cuotas femeninas en ciertos puestos o categorías no bastan para lograr la igualdad, porque el problema viene de otra parte.


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