La hipótesis de la carroña como aporte cerebral

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¿Cuándo empezaron a ser inteligentes los humanos? ¿Qué hizo surgir la inteligencia en nuestros antepasados? Algunos científicos sugieren que un cambio en la dieta de los homínidos, el paso al consumo relativamente abundante de carne, dio lugar a cerebros grandes en los que empezó a emerger la capacidad de pensar. Se trata de una hipótesis incomprobable hoy por hoy, que parece más alentada por posturas ideológicas que sustentada por datos de la ciencia.

Los aborígenes (1), el último libro de Juan Luis Arsuaga, publicado a finales de 2002, insiste en la idea de la emergencia natural de la inteligencia humana a partir de la reestructuración y expansión del cerebro posibilitada por el aporte energético que proporcionó el consumo de carne. Afirma que el descubrimiento de la carroña como fuente de alimentación fue «el acontecimiento fundamental en nuestra evolución» (p. 52). Arsuaga, catedrático de Paleontología de la Universidad Complutense (Madrid) y uno de los tres codirectores de los yacimientos de Atapuerca (Burgos), se ha hecho popular por otras obras anteriores, escritas en solitario o en colaboración.

Los aborígenes es un ensayo de divulgación científica con un toque literario. Parte de una ficción: el descubrimiento casual hecho por una joven Australopithecus afarensis al golpear con una piedra la tibia de un antílope y chupar el tuétano. El relato se basa en el supuesto de que los Australopithecus partían nueces con piedras como hoy hacen los chimpancés. Aunque es posible que así fuera, no tenemos indicios claros de que los Australopithecus hicieran algo semejante, y mucho menos con los huesos de los animales. Los datos del yacimiento de Bouri (Etiopía), que parecen apuntar hacia algo de este estilo hace 3,5 millones de años, aún se han de confirmar y no están exentos de interpretaciones contrarias.

Tripas y cerebro

Para Arsuaga, «en la historia de la alimentación humana hay dos momentos clave. El primero fue la incorporación, en cantidad importante, de productos de origen animal a la dieta» (Los aborígenes, p. 13). El segundo es la invención de la agricultura, en el Neolítico.

Es posible que los Australopithecus ya consumieran ciertas cantidades de carroña. De hecho, Pickford y Senut sugieren que el Orrorin tugenensis, un supuesto homínido de seis millones de años de antigüedad, ya lo hacía. Los Homo habilis-rudolfensis son los primeros homínidos de quienes tenemos certeza que consumían carne de animales, procedente del carroñeo. La importancia de este acontecimiento se explica extensamente en la obra.

El tema ya lo había tocado de pasada el autor en algunas de sus anteriores obras. Así, en La especie elegida (Temas de Hoy, Madrid, 1999), uno de los epígrafes se titula «Tripas y cerebro», expresión que sintetiza muy bien la tesis central de Los aborígenes. En efecto, el cerebro es un órgano muy caro de mantener: en un hombre anatómicamente moderno, requiere un 20% del gasto energético total de su cuerpo. El aparato digestivo, incluidos unos intestinos muy largos, como en los herbívoros, también consume mucha energía. De modo que un cerebro muy grande y un aparato digestivo muy voluminoso no suelen darse simultáneamente en un mismo ser vivo. La sustitución de una dieta casi exclusivamente vegetal, muy rica en celulosa, por otra en la que la carne, rica en proteínas, desempeñaba un papel esencial, permitió que la longitud de los intestinos se redujera y aumentara el volumen del cerebro.

La hipótesis no es original de Arsuaga, sino que, como reconoce el propio autor (p. 83), hace años que Leslie C. Aiello y Peter Wheeler vienen llamando la atención sobre este punto. En efecto, individuos con cerebros relativamente grandes tendrían la inteligencia indispensable para ser los primeros en fabricar herramientas con las que romper las cañas de los huesos y poder acceder al tuétano, donde se hallan los nutrientes más energéticos. De este modo, una alimentación rica en grasas animales y en proteínas habría permitido un aumento progresivo del volumen cerebral. Y con dicho incremento se hizo posible un desarrollo progresivo de la inteligencia.

¿Qué fue primero: la carne o el cuchillo?

Simplificando muchísimo -tanto que numerosos grandes científicos no estarían de acuerdo con una afirmación tan crasa-, en cierto modo podría decirse que «si los primeros humanos no hubieran complementado la dieta semivegetariana de sus primos los australopitecinos, jamás hubieran podido permitirse el ser inteligentes» (2). Aunque alguno hay que se apunta a esta idea. Así, William R. Leonard publicaba en Scientific American (diciembre 2002) un artículo titulado «Food for thought: Dietary change was a driving force in human evolution»; o sea, comer para pensar: el cambio de dieta fue una fuerza que dirigió la evolución humana. El próximo mes de febrero este artículo saldrá traducido en Investigación y Ciencia (versión castellana de la revista citada), pero con un título aparentemente más moderado: Alimento y mente. El título inglés se ajusta más al pensamiento de Arsuaga, quien pocos días antes de que saliera al mercado Los aborígenes, afirmaba en una entrevista al diario La Vanguardia (24-XI-2002): «La explotación alimenticia de la carroña permitiría que se dieran una serie de cambios morfológicos en los homínidos, que acabaron por hacernos como somos».

«¡Comer carroña nos hizo inteligentes! ¡Ya tengo titular!», exclamaba el entrevistador. «Precisémoslo -matizaba Arsuaga-: comer carroña no produjo directamente ese salto, pero permitió que pudiera darse. Permitió un mayor desarrollo cerebral: el cerebro pudo crecer… y creció (…) La dieta con carroña permitió que algún individuo mutante con menos intestino pudiera sobrevivir (y transmitir sus genes). Y permitió que mutantes con cerebro mayor pudieran sostenerlo (y transmitir sus genes). Y un cerebro mayor permitió crear mejor tecnología (piedras, filos…), y la mejor tecnología facilitó el acceso a más carne. (..) Comer carne fue un cambio cultural que abrió la vía a eventuales cambios morfológicos, que, una vez verificados, permitieron otros cambios culturales».

Nos encontramos ante una explicación materialista del origen de la inteligencia humana que propone un emergentismo gradual, algo que científicamente no está demostrado. Es más, desde el punto de vista estrictamente científico todavía no se ha podido definir de forma unívoca el concepto de «inteligencia». De ahí que algunos científicos sostengan que ciertas especies de animales tienen inteligencia, mientras que otros la restringen exclusivamente al género humano. Por si esto fuera poco, el argumento expuesto constituye un razonamiento circular, lo que en lógica no suele ser bien visto. En efecto, según esta hipótesis, el consumo de grandes cantidades de carne es posible gracias a la presencia de un cerebro voluminoso que permite el mínimo de inteligencia necesario para poder fabricar herramientas con que descuartizar y descarnar los restos de grandes animales. Pero no hay que olvidar que el presupuesto básico de esta hipótesis es que los grandes cerebros se consiguen tras consumir carne. En definitiva: la conclusión de la hipótesis es también la premisa de la que se parte.

Una teoría que se muerde la cola

En La especie elegida, Arsuaga ya había notado la circularidad: «La expansión cerebral del Homo sólo pudo ser posible a cambio de una variación en la dieta, que a su vez se traduce en la reducción del tamaño del tubo digestivo y, correlativamente, del aparato masticador. Aiello y Wheeler insisten en que eso no quiere decir que el cambio de dieta produjera automáticamente un aumento del tamaño del cerebro; sólo insisten en que era necesario que nos hiciéramos carnívoros para poder ser inteligentes (aunque ésta es una pescadilla que se muerde la cola porque los alimentos de alta calidad requieren de mayores capacidades mentales para ser localizados)» (p. 185).

Podemos especular cuanto queramos; pero hemos de distinguir entre escenarios evolutivos hipotéticos y afirmaciones científicas firmemente fundadas, y lo cierto es que aún no sabemos cómo surgió la inteligencia humana. En ocasiones Arsuaga asume como verdades incuestionables propuestas que todavía despiertan vivos debates. Por ejemplo, según él, «los seres humanos nos caracterizamos por poseer una inteligencia mucho más desarrollada que el resto de los animales» (La especie elegida, p. 151; la cursiva es nuestra). Así pues, Arsuaga es del parecer de Darwin: entre la inteligencia de los animales y la humana sólo hay una diferencia de grado. Pero el asunto no debe de estar tan claro, cuando el propio Arsuaga, en El collar del neandertal (3), escribe: «Jerry Fodor, un influyente psicólogo contemporáneo, propone una división de la mente en percepción y cognición. La percepción se obtiene a través de una serie de módulos, independientes entre sí e innatos… La cognición, en cambio, se produce en un sistema central que realiza las operaciones mentales que comúnmente denominamos pensamiento. Este sistema central es inaccesible a la investigación y permanece misterioso» (p. 240).

¿Por qué no profundiza Arsuaga en esta vía? Nos da la respuesta en La especie elegida, cuando afirma: «La ciencia tiene como objeto explicar los fenómenos naturales (…) por medio de causas naturales» (p. 31). La postura es totalmente lícita; de hecho, esto ha sido lo que ha permitido a la ciencia progresar de una forma tan espectacular en los últimos cuatro siglos. Lo que ya no resulta tan lícito es afirmar que, como la ciencia se basa exclusivamente en la causalidad empírica, no existe ningún tipo de causalidad metaempírica. Immanuel Kant criticó este salto al preguntar: «¿Quién puede demostrar la no existencia de una causa por medio de la experiencia, cuando ésta no nos enseña otra cosa sino que no percibimos la causa?» (4).

Carnívoros con poco seso

Volviendo al argumento central de Los aborígenes, surge una pregunta. Si la hipótesis es correcta, entonces ¿por qué los grandes carnívoros, como el tigre o la pantera, que llevan muchos millones de años comiendo carne, no han desarrollado cerebros muy voluminosos, y ya no digamos inteligencia en el sentido fuerte de la palabra? Es más, ¿por qué en grandes depredadores, como el león o la hiena, sus cuerpos, y por ende sus cerebros, han perdido un tercio de su tamaño a lo largo del último par de millones de años? Una respuesta posible a esto último sería que las especies actuales de leones y hienas no son descendientes directas de las antiguas. Aun así, queda en pie la cuestión de que comer carne, elemento prácticamente exclusivo de su dieta, no ha hecho que aumentara su volumen cerebral, mientras que los homínidos son omnívoros y, por tanto, la carne sólo es una parte de su dieta.

Inevitablemente, las cuestiones en torno al origen del hombre implican una serie de debates ideológicos insoslayables. Estamos totalmente de acuerdo con Arsuaga cuando afirma: «La ciencia se propuso, a partir de la llamada revolución científica del Barroco (en el siglo XVII), eliminar toda emoción y toda ideología (religiosa o política) de su quehacer, con la pretensión de alcanzar el conocimiento objetivo. A pesar de ese buen propósito, los científicos somos seres humanos y estamos condicionados por nuestro ambiente y nuestra educación. Hacemos lo que podemos por no dejarnos influir por lo que nos rodea, pero hay que reconocer que es más fácil hacer ciencia objetiva estudiando el átomo, las mariposas o los volcanes, que abordando la espinosa cuestión de la condición humana» (Los aborígenes, pp. 129-130). Precisamente por ello creemos que ese esfuerzo de objetividad y honestidad para poner la investigación científica por encima de los deseos ideológicos subjetivos se hace hoy más necesario que nunca, pues el gran prestigio social que ha alcanzado la ciencia exige mayor responsabilidad por parte de los científicos para dejar bien claro qué son conocimientos ciertos y qué simples hipótesis.

Buscando la mente en el cerebro

También sostiene Arsuaga que el cerebro es el órgano de la inteligencia; así se colige de afirmaciones tales como que «las funciones superiores relacionadas con la inteligencia se llevan a cabo en el cerebro» (La especie elegida, p. 151), o que «la parte del encéfalo que es responsable de eso que llamamos inteligencia es el cerebro» (ibid., p. 160). Esta opinión no es compartida por todos los científicos. El premio Nobel de Medicina Sir John Eccles sostenía que la inteligencia es una facultad inmaterial exclusiva del ser humano. De hecho, el propio Arsuaga reconoce en El collar del neandertal que «la mente no tiene asiento en ninguna región concreta del cerebro (…) La mente no se corresponde con ninguna estructura material» (p. 240). Pero… ¿acaso la inteligencia no es algo que forma parte de la mente humana?

Sobre el origen de la inteligencia humana, entre los científicos evolucionistas desde un principio se marcaron dos posturas, la de Darwin y la de Wallace. «Para Darwin, la evolución de la mente humana no difería sustancialmente de la evolución del cuerpo. Era, por lo tanto, un proceso lento y continuo, un avance a base de pequeños pasos y mucho tiempo por delante para recorrer el largo camino evolutivo que separa al mono del hombre… Wallace, en cambio, simplemente no podía admitir que las facultades intelectuales y morales del hombre, tan elevadas, fueran un producto de la evolución gradual, y que nos hubiéramos ido haciendo seres humanos poco a poco: él veía un único gran salto cualitativo, que no se podía explicar por una lenta acumulación de múltiples pequeños cambios. Wallace pensaba en una causa sobrenatural» (El collar del neandertal, pp. 246-247).

Arsuaga, siguiendo el parecer de Ian Tattersall, considera que la inteligencia humana pudo haber surgido por un reajuste nunca antes experimentado de los elementos del cerebro, que dio lugar a una propiedad absolutamente revolucionaria y radicalmente distinta: la inteligencia sería, pues, una propiedad emergente. Y esto «es ciencia y no magia, pero se parece mucho a un milagro» (ibid., p. 247). La verdad es que sí. Arsuaga, partidario del materialismo emergentista de corte milagrero, reconoce sin embargo que no hay muchas posibilidades: «Me temo [que] nos veremos obligados a optar entre Darwin y Wallace» (ibid., p. 250).

Aunque Arsuaga se decanta por Darwin, y su obra El enigma de la esfinge (5) es un buen testimonio de ello, concede que el asunto quizás nunca pueda ser zanjado de modo concluyente: «La cuestión de si la mente humana surgió de golpe con el Homo sapiens, o si es producto de evolución gradual, es una vieja discusión que ya enfrentó a Darwin y Wallace, y para la que no se sabe si algún día se alcanzará una definitiva respuesta» (El enigma de la esfinge, p. 312).

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(1) Juan Luis Arsuaga. Los aborígenes. La alimentación en la evolución humana. RBA Libros. Barcelona (2002). 165 págs. 14 €.

(2) Mónica Salomone, «La cuna africana del hombre», revista Conocer, n. 175 (agosto 1997), p. 55.

(3) Juan Luis Arsuaga. El collar del neandertal. Temas de Hoy. Madrid (1999). Ver servicio 165/99.

(4) Inmanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Aguilar, Buenos Aires (1973), p. 98.

(5) Juan Luis Arsuaga. El enigma de la esfinge. Plaza & Janés. Barcelona (2001). Ver servicio 174/01.

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