El reconocimiento de las minorías en el marco político común

La democracia liberal ante las identidades culturales

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El reconocimiento de las minorías en el marco político común

Las relaciones entre los partidarios del liberalismo político y los defensores de las identidades culturales están tensas últimamente, ya sea en Canadá, en Bélgica o en España. Los liberales temen que los derechos de los individuos queden postergados por los derechos de la colectividad propugnados desde posturas nacionalistas. Y los defensores de la identidad cultural temen que, en nombre de unas normas universales, se conculque el reconocimiento de sus peculiaridades lingüísticas y culturales. Un buen exponente de este debate es el pensamiento del filósofo canadiense Charles Taylor sobre el multiculturalismo (1), completado con las críticas del alemán Jürgen Habermas.

Antes de resumir las tesis de Taylor, hay que precisar tres distintos planteamientos de la relación entre culturas presentes en un mismo ámbito.

El asimilacionismo lleva a la imposición de la cultura propia sobre las otras, bien porque se considere que es superior o porque se piense que no es posible la convivencia de lo heterogéneo.

Una reacción frente a esa postura sería el multiculturalismo, que reivindica el derecho a la diferencia. Es una actitud de resistencia de culturas minoritarias o de grupos de inmigrantes con otra cultura de origen ante la amenaza de perder la propia identidad.

Pero esta actitud, aun comprensible, no deja de tener sus riesgos. Si por ensalzar la propia cultura se pone el énfasis en las diferencias, se puede llegar a negar los puntos en común y la interacción entre las diversas culturas. Para este multiculturalismo no habría valores humanos generales y universales, por eso podría definirse como relativista. De ahí que mire con recelo el diálogo intercultural: parece poner como condición para la preservación de las culturas que éstas se encierren en guetos.

El recelo ante la diferencia

Además, dentro del grupo cultural minoritario se impone una homogeneización que no respeta la autonomía del individuo. En este caso se afirma la identidad particular excluyendo la diferencia en su seno. De este modo, el multiculturalismo peca del mismo defecto que achaca a sus contrincantes, es decir, no permite la disidencia en su grupo y adquiere una actitud asimilacionista con otras culturas minoritarias dentro de su entorno.

Este predominio de los derechos de la colectividad sobre los del individuo puede llegar a tener tintes dramáticos. Un ejemplo vivo fue el debate al que asistí en la Conferencia mundial de la ONU sobre la mujer, celebrada en Pekín. En el borrador del documento se citaba en tres lugares la posibilidad de hacer estadísticas desglosadas en temas sanitarios, incluyendo el criterio racial. Estos términos se suprimieron del texto por las protestas de los delegados de Burundi y Ruanda, que insistieron en que muchas veces el tener que encuadrarse racialmente no trae ningún beneficio, sino todo lo contrario.

Frente a la asimilación de una cultura por otra o a la ignorancia recíproca, surge una tercera actitud: el interculturalismo, que plantea una convivencia en la diversidad. El interculturalismo cree que, detrás de la diversidad cultural, hay unos valores comunes. Esto hace posible compartir una legislación que consagre la universalidad de los derechos y el pluralismo cultural.

Esta concepción supone estar dispuesto a aprender de los valores de otras sociedades, como fruto del contacto de las diversas culturas, del diálogo y de la confrontación de los puntos de vista. Un ejemplo histórico es la convivencia en la Alta Edad Media en España entre las culturas judía, árabe y cristiana, hasta que llegaron los aires antisemitas. El resultado de la interacción no es ni el asimilacionismo ni el relativismo cultural, sino el enriquecimiento mutuo.

La política del reconocimiento

Ciertamente, nadie desea presentar su propia cultura como avasalladora o como recluida en un gueto, sino abierta a la relación pacífica con otras. El problema se plantea a la hora de articular una política que fomente este enfoque.

De ahí el interés de propuestas como la de Charles Taylor, profesor de Filosofía política en la Universidad McGill de Montreal. En su obra El multiculturalismo. La política del reconocimiento aboga por el respeto de la identidad de las distintas culturas. Aun admitiendo la mezcla que producen los fenómenos de inmigración, Taylor reclama el derecho a la diferencia de cada grupo cultural. Hasta ahora ha sido un avance el reconocimiento de la universalidad de los derechos humanos y de la igualdad entre los hombres. Pero junto a eso es necesario atender ahora a las diferencias, si queremos evitar que algunas culturas desaparezcan absorbidas por los grupos mayoritarios. Esto justifica incluso que ciertas legislaciones se propongan el mantenimiento de determinadas lenguas y modos de vida. El ejemplo cercano que Taylor describe es el de la comunidad francófona de Quebec y los aborígenes canadienses, que todavía mantienen sus leyes y costumbres.

Para justificar su postura, el filósofo canadiense confronta dos tipos de liberalismo. El primero es el propio de un Estado rigurosamente neutral, que se limita a salvaguardar la libertad personal, la seguridad física y el bienestar de sus ciudadanos, sin ningún otro tipo de proyectos colectivos. El segundo tipo de liberalismo permite que el Estado se comprometa en la supervivencia y mejora de una nación, cultura o religión particular, siempre que se respeten los derechos básicos de todos los ciudadanos.

En el caso de Quebec, el gobierno opta por el segundo tipo de liberalismo cuando afirma su peculiaridad cultural y actúa legalmente en favor de la preservación de la cultura francesa o la cultura aborigen. Del mismo modo, muchos gobiernos europeos se interesan por la supervivencia cultural de la nación, y sus políticas al respecto no son neutrales. Pero, a la vez, no dejan de ser liberales conforme al primer tipo de liberalismo, porque respetan las diferencias otorgando a las minorías una libertad similar para organizarse como tales y expresar sus valores culturales en la sociedad civil.

La política del reconocimiento supone la lucha por la identidad cultural. Taylor reprocha al liberalismo que al insistir en la igualdad de todos los ciudadanos haya uniformizado los derechos, olvidando el derecho a las diferencias. Su conclusión es que en la actualidad, cuando nuestras sociedades son cada vez más heterogéneas, el Estado debe enfrentarse al fenómeno del multiculturalismo, legislando de acuerdo con las diferencias.

Vidas paralelas

Pero el multiculturalismo no soluciona todo, porque puede ser igual de irrespetuoso con otras culturas minoritarias insertas en una cultura a su vez minoritaria. Por ejemplo, si Quebec no respetara la peculiaridad cultural de los inmigrantes orientales que allí viven o los flamencos no respetaran la de los judíos o la de los inmigrantes magrebíes o turcos. En vez de carteles sólo en francés en Quebec, mejor sería que fueran plurilingües. De hecho, en Nueva York muchos carteles están en inglés y en español, debido al gran número de inmigrantes hispanos. También es frecuente que en Bruselas la información esté en árabe.

El peligro del planteamiento del multiculturalismo es crear guetos dentro de otra cultura mayoritaria. Un ejemplo lo tenemos en los barrios raciales de Estados Unidos, barrios de blancos, barrios de afroamericanos, barrios de hispanos. El resultado es una sociedad en mosaico o con vidas paralelas, sin interacción (excepto cuando estalla el conflicto).

Desde el punto de vista del interculturalismo, la legislación debe promover unos valores comunes y a la vez proteger la diversidad cultural. Estos valores comunes se reflejan en las declaraciones universales de derechos o en los derechos fundamentales recogidos en cada Constitución, que marcan unos criterios de justicia para juzgar las tradiciones de cada cultura. Así se logra también un referente crítico de la propia cultura, lo cual es imposible en un multiculturalismo cerrado.

La postura de Habermas

En una reedición del libro de Taylor, publicada en 1994, se añadieron dos nuevos ensayos: uno del filósofo alemán Jürgen Habermas, titulado Las luchas por el reconocimiento en un Estado constitucional democrático, y otro de K. Anthony Appiah, afroamericano.

Habermas se plantea si la teoría de los derechos, que está construida pensando en el individuo, puede resolver las luchas por el reconocimiento, donde lo que está en juego son las identidades colectivas.

Taylor toma como presupuesto que la protección de las identidades colectivas entra en conflicto con el derecho a la libertad individual. Y cuando esto sucede hay que elegir entre una política de las diferencias culturales o una política de la universalización de los derechos individuales. Sin embargo, para Habermas esto es una oposición falsa. Él quiere mostrar que la teoría de los derechos, si se entiende correctamente, no está ciega ante las diferencias culturales, ya que las personas "se convierten en individuos sólo a través de un proceso de socialización. Una teoría de los derechos correctamente entendida requiere una política del reconocimiento".

Habermas considera que, al hablar de las luchas por el reconocimiento, Taylor mezcla distintos problemas que convendría diferenciar. Así, las reivindicaciones feministas por la igualdad de derechos de la mujer es un problema distinto del de las minorías culturales y étnicas que defienden su identidad colectiva: y, a su vez, este último no se identifica necesariamente con el nacionalismo de los pueblos que aspiran a proteger su identidad convirtiéndose en Estado. E incluso dentro del nacionalismo, no responden al mismo fenómeno la idea de las naciones-Estado tras la Revolución Francesa, que la oleada de países independientes provocada por la descolonización o que la situación de minorías como los vascos, los kurdos o los irlandeses del Norte dentro de un Estado.

La minoría mayoritaria

En Canadá, Quebec reclama ser un Estado, ampliando su autonomía dentro del actual federalismo. La descentralización del poder soberano va unida a la petición de mayor autonomía cultural para una minoría que quiere convertirse en mayoría en su propio territorio. Pero el problema que apunta Habermas es cómo se comporta a su vez esa mayoría ante las nuevas minorías que aparezcan en su territorio como consecuencia de la inmigración (2).

Habermas piensa que los derechos de las minorías se deben reconocer legalmente, pero en el contexto de una democracia constitucional. Debe haber un sometimiento a una Constitución común que dé cohesión a esa diversidad cultural de personas que viven en un mismo territorio.

Una colectividad puede alcanzar un nuevo nivel de reconocimiento cuando logra convertirse en Estado-nación. Pero la historia muestra que la creación de una nueva nación puede dar lugar al nacimiento de nuevas minorías dentro de esa nación. El problema no desaparece, excepto al precio de una limpieza étnica, moral y políticamente inadmisible.

En el caso de Quebec, donde es posible la solución dentro del actual federalismo, el debate se centra sobre todo en qué materias y con qué extensión deben ser transferidas del poder central al Estado de Quebec. Pero también allí la posible independencia podría dar lugar a la disidencia de otras minorías. De hecho, ante el riesgo de separación del resto de Canadá, un grupo de quebequeses de habla inglesa ha empezado a blandir la amenaza de la partición de Quebec. "Si Canadá puede dividirse, también puede dividirse Quebec", dice este grupo. En caso de secesión de Quebec, ellos proponen que en su territorio se cree una nueva provincia para los que desean permanecer unidos a Canadá. Según Lucien Bouchard, nuevo primer ministro de Quebec y jefe del partido independentista, esta propuesta es pura "provocación". Sin embargo, el constitucionalista Stéphane Dion, nuevo ministro federal de asuntos intergubernamentales, ha declarado: "No se puede considerar que Canadá es divisible y que el territorio de Quebec es sagrado".

El federalismo es una solución posible sólo cuando los grupos que reclaman el reconocimiento viven concentrados en determinadas áreas geográficas. Pero no es éste el caso de sociedades en que las diversas culturas están totalmente mezcladas, como sucede en Estados Unidos y en Alemania, donde la estructura étnica está cambiando por la inmigración. En estas sociedades multiculturales los derechos liberales deben garantizar también la coexistencia de las diversas formas culturales de vida.

La libertad de asumir una herencia

El derecho a que todas las culturas sean igualmente respetadas no depende de que haya que demostrar la excelencia de cada cultura, siempre que sus miembros quieran conservarla. Habermas añade dos importantes puntualizaciones.

En primer lugar, el Estado no se debe comprometer a salvaguardar esas culturas al precio que sea y con imposiciones. Su pervivencia ha de responder a la libre decisión de los grupos que quieran preservar esa herencia cultural. En este punto, Habermas esboza una crítica al inmovilismo cultural. Los individuos que pertenecen a una determinada tradición deben poder asumirla o rechazarla y ejercer una reflexión crítica sobre ese patrimonio heredado. Y todavía más deben estar abiertos a la opción de aprender de otras culturas.

A mi entender, esta es una ventaja crucial del interculturalismo frente a un multiculturalismo cerrado. Las culturas pueden enriquecerse mutuamente al entrar en contacto unas con otras.

La libertad implica la opción de romper con las propias tradiciones y de revisarlas. La posibilidad de integración es especialmente importante en los inmigrantes con una cultura de origen diferente a la del país de acogida.

En las sociedades multiculturales la coexistencia de formas de vida con iguales derechos significa que se asegura a cada ciudadano la oportunidad de crecer en el contexto de una tradición cultural y a que sus hijos crezcan también en esa tradición sin ser discriminados. Pero también incluye las opciones de transformarla, de romper con ella o de hacer una síntesis entre lo heredado y lo nuevo. Para Habermas, las culturas sobreviven si se les permite transformarse. Y para eso tienen que estar permitidos los intercambios con los ajenos a nuestra propia cultura.

Dos tipos de fundamentalismo

Habermas describe, con enorme maestría y actualidad, los peligros de lo que llama la entropía, característica de formas de vida rígidas. Esta actitud da origen a dos tipos de fundamentalismo. El primer tipo es el de los tradicionalismos que se oponen a la modernización. Éste estaría presente en algunas formas religiosas, añado yo, en aquellas que identifican religión con ética, política y derecho.

La otra actitud fundamentalista se manifiesta en algunos nacionalismos, que son intransigentes con el diferente. En este caso, se hace de lo cultural un dogma, no se admite el pluralismo y se niega la posibilidad de diálogo con otras visiones del mundo. En estos casos, un multiculturalismo mal entendido puede degenerar en un fundamentalismo o, todavía más grave, en una justificación del terrorismo.

Estos fundamentalismos niegan la posibilidad de este espacio común entre los hombres, es decir, de una ética común que puede tomar diversas formas culturales, y estar también presentes en diversas formas religiosas. Uno y otro no admiten la posibilidad de unos valores comunes, como son los derechos humanos universales, junto con otras formas de desarrollo cultural que son contingentes y opinables.

Habermas comparte en buena medida las inquietudes de Taylor. Las dos ideas que comparte son, por un lado, la gran importancia que tiene el elemento cultural en la identidad de la persona, hasta el punto de que el derecho a la propia cultura sería un derecho humano universal.

Por otra parte, al reconocer que las leyes están impregnadas de la cultura y de la ética de los legisladores, Habermas está más cerca de Taylor que de la utópica neutralidad de los liberales.

En realidad, no tiene por qué haber oposición entre una política de las diferencias culturales y una política de la universalización de los derechos individuales. El derecho a la propia cultura forma parte de los derechos universales.

María Elósegui María Elósegui Itxaso es Profesora Titular de Filosofía del Derecho en la Universidad de Zaragoza._________________________(1) Charles Taylor, Multiculturalism and the Politics of Recognition, Princeton University Press, New Jersey (1992). Reedición: Multiculturalism. Examining the Politics of Recognition (1994). Hay traducción española de la edición de 1992: El multiculturalismo y la política del reconocimiento, Fondo de Cultura Económica (1993).(2) El último referéndum de Quebec, donde los independentistas estuvieron a punto de alcanzar su objetivo con el 49,4% de los votos, ha dejado clara la división existente. A pesar de mis simpatías por los motivos de la independencia de Quebec, es comprensible el miedo de los inmigrantes. He podido comprobar la situación de cerca en dos estancias de investigación en la Universidad de Toronto y en la Universidad McGill, donde pude entrevistar al propio Taylor cuando acababa de publicar el libro que reseñamos. Cfr. Debats, Valencia, nº 47, marzo 1994, pp. 40-46.

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