El sistema financiero bajo la lupa ética

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La Iglesia católica ha entrado, una vez más, en temas económicos delicados o controvertidos, ahora con un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, fechado el 6 de enero y publicado hace unos días, que conserva en su versión castellana el título del original en latín (Oeconomicae et pecuniariae questiones), que me atrevería a traducir, con cierta libertad, como “Algunas cuestiones actuales de naturaleza económica y financiera”.

“Bien, me pregunta el lector: ¿qué dices tú, como economista, sobre ese Documento?” Que vale la pena leerlo, releerlo, trabajarlo, comentarlo... “Pero tú eres creyente y, claro, tienes obligación de aceptar lo que dicen las autoridades religiosas”. No: el Documento se mueve en varias dimensiones, de modo que uno puede estar de acuerdo en alguna de ellas y no en otras.

Los criterios económicos, como el de eficiencia, son válidos, pero no son los únicos, sino que han de tener en cuenta “algunos principios éticos claros”

La primera dimensión trata de los fundamentos. Hablar de cuestiones económicas es hablar de conductas de personas que tienen consecuencias para personas. Por tanto, tiene que ver con cómo entendemos qué es la persona y cómo se relaciona con los demás. La ciencia económica que se explica en nuestras universidades tiene una visión parcial de lo que es el hombre; por tanto, es lógico que sus recomendaciones no siempre coincidan con las de la Iglesia, que promueve “la promoción integral de cada individuo, de cada comunidad humana y de todas las personas” (n. 2).

Por ejemplo, si el objetivo de la empresa es la maximización del beneficio, el trabajo es solo un coste que hay que minimizar porque “se convierte en ‘instrumento’ y el dinero [el beneficio], de medio, se convierte en ‘fin’” (n. 15). La consecuencia de esto es “esa ‘cultura del descarte’… que ha marginado a grandes masas de población” (n. 15) y, de hecho, ha negado la dignidad de la persona que trabaja, que es uno de los pilares de la doctrina social de la Iglesia. Y esto lo han dicho también muchos expertos, creyentes o no.

La eficiencia no es todo

¿Quiere esto decir que el documento propone la prohibición del despido o el aumento generalizado de los salarios? No: lo que propone es que ampliemos nuestra manera de entender la persona. Los criterios económicos, como el de eficiencia, siguen siendo válidos, pero ya no son los únicos, sino que tienen que tener en cuenta “algunos principios éticos claros” (n. 3), que no son códigos establecidos por los políticos o por los expertos, sino que se derivan de aquella manera de entender la persona, porque “ningún espacio en el que el hombre actúa puede legítimamente estar exento o permanecer impermeable a una ética basada en la libertad, la verdad, la justicia y la solidaridad” (n. 4).

Pero no podemos pasarnos el día discutiendo sobre los fundamentos: a la hora de actuar, necesitamos principios éticos que son “expresión de una sabiduría moral común” (n. 3). Ese es el “fundamento ético claro, que garantice al bienestar alcanzado esa calidad humana de relaciones que los mecanismos económicos, por sí solos, no pueden producir” (n. 1). Este es el segundo nivel, el de la ética.

La respuesta a la crisis financiera, que “era una oportunidad para desarrollar una nueva economía más atenta a los principios éticos”, se ha quedado corta

El tercer nivel es el de la descripción e interpretación de los problemas actuales en el ámbito financiero. Aquí el documento no es novedoso, sino que recoge lo que han dicho muchos expertos a lo largo de los años, principalmente a raíz de la crisis financiera. Por cierto, me parece que lo que motiva el documento es que la respuesta a esa crisis, que “era una oportunidad para desarrollar una nueva economía más atenta a los principios éticos”, se ha quedado corta, y “aunque sí se han realizado muchos esfuerzos positivos… no ha habido ninguna reacción que haya llevado a repensar los criterios obsoletos que continúan gobernando el mundo” (n. 5). O sea, los problemas siguen ahí porque las causas de fondo, antropológicas y éticas, siguen ahí. Y la Iglesia nos pide que reflexionemos sobre estos temas, para que no tropecemos otra vez con la misma piedra.

Problemas financieros

Esta parte de descripción e interpretación, que pasa revista a los principales problemas en el ámbito financiero (nn. 18-33), será, sin duda, discutida por algunos, que preferirán otras versiones. En todo caso, es un buen elenco de lo que han dicho los expertos sobre los problemas económicos y financieros de nuestras sociedades, e incluye aquellas dimensiones antropológicas, teológicas y éticas que son lo que la Iglesia aporta en estos debates:

— El aspecto positivo de la actividad humana, también la financiera (n. 8).
— La necesidad de entender que el ser humano se desarrolla en sus relaciones con los demás, y no solo como un consumidor, es decir, como maximizador de una función de utilidad (n. 10).
— La necesidad de introducir nuevas dimensiones a la conducta humana, como la gratuidad (n. 11).
— La conveniencia de valorar la actividad humana no solo por la producción de bienes y servicios, sino por la promoción integral de la persona (n. 10).
— El papel del mercado y la necesidad de dotarlo de bases jurídicas, culturales y morales sólidas (n. 13).
— La importancia de la libertad de iniciativa y la denuncia del riesgo de que el poder de mercado se convierta en poder político y en abuso (n. 12).
— La necesidad de hacer frente a la asimetría de información, no solo como un reto para el regulador, sino como una causa de “inmoralidad próxima” para las entidades financieras (n. 14).
— El peligro de que la especulación legítima se convierta en un riesgo sistémico (nn. 15 y 17).
— La importancia de que la actividad financiera esté al servicio de la economía real (n. 16); etc.

Estados, empresas, individuos

El pensamiento social cristiano se siente cómodo con el lenguaje y los problemas de la economía, que ha de ser siempre su aliada

La última dimensión del documento que quiero señalar es la de las recomendaciones para la acción: porque su objetivo no es solo denunciar y concienciar, sino, sobre todo, promover el cambio en la acción concreta de “los operadores competentes y responsables” (n. 6), que serán los Estados, pero también las empresas (n. 23) y todas las personas, pues, aunque podemos “pensar que, con nuestras pobres fuerzas, no podemos hacer mucho… en realidad, cada uno de nosotros puede hacer mucho, especialmente si no se queda solo” (n. 34). De nuevo, esta dimensión no es novedosa, sino que recoge las opiniones de muchos expertos. Y es legítimo que cada uno acepte o no sus recomendaciones. Pero me parece que lo importante es que nos abramos a la reflexión y al diálogo sobre estos temas, con amplitud de miras, humildad y disposición a actuar, preocupándonos efectivamente de las necesidades de los demás, es decir, con amor, que es “la clave de un auténtico desarrollo” (n. 2).

En resumen: este es un documento para leer, releer, pensar y discutir, en las instituciones financieras, en las administraciones públicas, en los servicios de estudios y, naturalmente, en “las universidades y las escuelas de economía”, para que puedan proporcionar “cursos de capacitación que eduquen a entender la economía y las finanzas a la luz de la visión de un hombre, no limitada a alguna de sus dimensiones, y de una ética que la exprese” (n. 10). Y me alegra confirmar que el pensamiento social cristiano se siente cómodo con el lenguaje y los problemas de la economía, que ha de ser siempre su aliada.

Antonio Argandoña
Profesor Emérito de Economía y de Ética de la Empresa
IESE Business School, Universidad de Navarra
Ver su blog Economía, Ética y RSE


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