De la malla benefactora a las redes ciudadanas de cuidado

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El Estado del bienestar fue concebido como una gran red de seguridad, que garantiza a todos unas condiciones de vida mínimas. ¿Pero qué pasa cuando la falta de vínculos sociales deja agujeros enormes en la malla? Ante las limitaciones del Estado para hacer frente a esta nueva forma de escasez, en varios países toma cuerpo la idea de las redes de apoyo social.

En su periplo en busca de iniciativas para espesar el tejido cívico, David Brooks ha quedado cautivado por la visión de la británica Hilary Cottam para reinventar el Estado del bienestar. Esta emprendedora social aboga por pasar de un sistema de protección de arriba abajo, centrado en gestionar necesidades, a otro que se apoya en las relaciones humanas para potenciar las capacidades de quienes están en apuros. Lo llama “bienestar relacional” y parte de la idea de que hoy, cuando falta el cemento básico de los vínculos comunitarios, el Estado debe preocuparse por favorecer las estructuras que los hagan renacer.

Cottam aboga por apoyarse en las relaciones humanas para potenciar las capacidades de quienes están en apuros

Un ejemplo de lo que propone Cottam es un programa de apoyo a las familias que llevó a cabo en algunos municipios del Reino Unido. La autora de Radical Help, el libro en el que explica su enfoque, llegó al convencimiento de que los subsidios sociales no bastan para ayudar a familias cuya multitud de carencias (económicas, sociales, afectivas...) las lleva a vivir sin expectativas, prácticamente aisladas de los demás. Entretanto, los trabajadores sociales que se supone deben estimularlas, andan sobrecargados con tareas burocráticas y dedican poco tiempo a tratar con ellas cara a cara. El resultado suele ser frustración por ambas partes.

Cottan trajo un cambio de mentalidad. En adelante, las familias dejarían de verse a sí mismas como “necesitadas”: se sentarían con un equipo de trabajadores sociales de su elección, no para exponerles lo que les hacía falta, sino para diseñar con ellos el tipo de vida que querían llevar. Y los trabajadores, reclutados de forma voluntaria, se irían a vivir varios meses a los barrios de estas familias para ayudarlas a adquirir hábitos de salud, herramientas de comunicación, habilidades para buscar empleo… hasta que lograran valerse por su cuenta.

Gracias a acuerdos de colaboración entre su empresa social –ya extinta– y las autoridades locales, Cottan realizó proyectos similares con jóvenes, mayores, enfermos crónicos, desempleados, presos… Su experiencia es que son las relaciones las que operan el cambio.

Reconectar con la sociedad

La visión de Cottam ha inspirado una original iniciativa ciudadana en Noruega, un país donde su poderoso (y bien dotado) Estado del bienestar no ha logrado paliar un problema que afecta a todas las edades y clases sociales: la soledad. Se trata del movimiento Skravlekopp, que busca facilitar las conversaciones entre desconocidos de una forma nada invasiva. Basta entrar en una de las más de cien cafeterías que por ahora han secundado la iniciativa y elegir una taza de café, con el diseño propio del movimiento, para mostrar que estás disponible para charlar.

La idea se le ocurrió a una joven noruega tras escuchar una conferencia de Cottam. Y, como explica la emprendedora británica en su blog, es un ejemplo del tipo de “bienestar relacional” que propugna: los beneficios de la prestación no son cuantificables, y las fronteras entre el beneficiario y el prestador se desdibujan.

Una filosofía similar está detrás de la aplicación ¿Tienes sal?, una plataforma que funciona en Madrid y Barcelona para animar la vida de los barrios y favorecer que los vecinos vuelvan a tratarse con la naturalidad que solía ser frecuente antes. Su lema es: “¡Volvamos a pedir sal! ¡Volvamos a comunicarnos!”.

La cofundadora de la app, la catalana Sonia Alonso, resumía en una entrevista algunas experiencias en barrios de Madrid, donde vive actualmente: en Chamberí, un grupo organiza partidos de fútbol o queda para tomar algo; en Vallecas, otro grupo cultiva un huerto urbano y otro de mujeres queda para caminar; en Lavapiés, una vecina busca aliados para hacer un barrio más verde… La propia Alonso la usó mientras convalecía en casa por una operación de rodilla, para pedir a una vecina que le dejara un juego de mesa.

Barrios contra la soledad

La idea de las redes ciudadanas de cuidado también está en el centro del movimiento Comunidades y Ciudades Compasivas, con el que la Sociedad Internacional de Salud Pública y Cuidados Paliativos quiere implicar a la población en la atención a las personas con enfermedades avanzadas y al final de la vida. Junto a los profesionales de la salud, un trabajador social y un promotor comunitario procuran atender las necesidades del paciente: desde conseguir un peluquero que les visite en casa hasta avisar a sus amigos para que se pasen a jugar una partida de ajedrez. Programas de este tipo ya funcionan en el Reino Unido, Australia, la India, España, Canadá…

En España, las noticias sobre ancianos que mueren en soledad, sin que familiares, amigos o vecinos les echen de menos, están despertado la sensibilidad por un fenómeno más cotidiano: el de quienes viven aislados, a menudo sin alicientes. Un reportaje de El País se hacía eco de iniciativas surgidas en varias ciudades españolas para afrontar este problema.

Llama la atención el cambio que logran las pequeñas acciones de cuidado. En poco tiempo, surgen relaciones que devuelven la ilusión

En Barcelona, el Proyecto Radars ha desplegado por 42 barrios redes vecinales que ayudan a detectar a personas solas, a las que luego ofrecen acompañamiento. Aunque cuenta con el apoyo del ayuntamiento y de varias asociaciones, lo peculiar de esta iniciativa –en marcha desde hace algo más de una década– es que aprovecha la vida del barrio para combatir la soledad. Así, las farmacias, los comercios y los propios vecinos actúan como “radares” de detección y dan la voz de alarma a servicios sociales cuando echan en falta a algún cliente habitual; si está solo y desganado, los voluntarios pasan a verle para charlar o hacer algo juntos.

El reportaje menciona otros programas en Valencia, San Sebastián, Madrid, Sevilla… Llama la atención el cambio que logran acciones tan sencillas como pasear, tomar algo en un bar, jugar al dominó o acompañar a la compra. En poco tiempo, surgen relaciones que devuelven la ilusión. En las dos semanas que lleva visitando a Paco, de 86 años, Vicente, de 63, ya ha visto el efecto. “Yo a Paco ya le aprecio –dice–, y se nota que se alegra cuando me ve. Al llegar me está esperando con la chaqueta y el andador”.

De una forma u otra, estas iniciativas llevan a la práctica la idea fuerza que recoge The Relationalist Manifesto: la visión de la sociedad como “un sistema de relaciones”, que tejen (o destejen) las pequeñas acciones de los ciudadanos y las comunidades. “Como observó T. S. Eliot, el principal espejismo de la política moderna es creer que se puede construir un sistema tan perfecto que ya nadie tenga que ser bueno”. Pero esta utopía pasa por alto que el tejido social no cae del cielo ni puede fabricarse en una oscura oficina gubernamental. Se forja desde cada rincón de la sociedad, “a través de un millón de acciones de cuidado, de una persona a otra”. Y estas relaciones –continúa diciendo el texto– cristalizan en normas sociales. Ha nacido una cultura distinta.


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