En el mes de septiembre se celebran en Madrid dos festivales literarios dedicados exclusivamente a la novela romántica. Ambos persiguen el mismo objetivo: mostrar, a través de paneles temáticos, espacios inspirados en el romance, actividades y mesas redondas, la vitalidad de un género que no para de crecer en España y en el resto del mundo, aunque el plato fuerte es la posibilidad de los asistentes, en su gran mayoría mujeres, de encontrarse con sus autoras favoritas.
Organizado por Penguin Random House, “Somos Infinitos” se celebra el 20 de septiembre en el Gran Teatro Caixabank Príncipe Pío. Penguin cuenta con una comunidad digital de más de 270.000 seguidores del género en Instagram y TikTok. A la cita de “Somos Infinitos” acudirán más de veinte escritoras españolas especializadas en este tipo de literatura. Las editoriales Wonderbooks y Chic Editorial, por su parte, organizaron el Kiss Lit Fest, que tendrá lugar el 26 de septiembre en el Hotel Chamartín The One. En este festival lo más destacado es la presencia de cinco escritoras de gran prestigio internacional: Carrie Leighton (que destaca especialmente en el dark romance), Morgane Moncomble (muy vendida en Francia), Chiara Cavini (una escritora que destaca por sus novelas “cargadas de tensión y amores prohibidos”), Anna Nicoletto (que ambienta sus novelas en universidades exclusivas) y Olivia Hayle (“la reina indiscutible del romance entre millonarios”).
La celebración de estas dos ferias pone de manifiesto que, hoy día, y no solo en España, la novela romántica es el género popular por excelencia, especialmente entre el público adulto y el juvenil.
Ni la posmodernidad, ni los avances sociales y culturales protagonizados por las mujeres han conseguido arrinconar un género que desde hace ya muchas, muchas décadas es el preferido entre el público femenino, que encuentra en esta literatura, además de entretenimiento, una manera de mostrar sin tapujos el mundo de la afectividad, los sentimientos y las posibilidades del amor en diferentes contextos costumbristas, históricos y sociales.
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Intensa actividad editorial
En España, hay un buen número de editoriales que publican asiduamente novela romántica. Los grandes grupos cuentan con sellos especializados. Por ejemplo, Penguin Random House tiene los sellos Plaza & Janés y Suma de Letras; y también la editorial Selecta, su sello de literatura romántica en formato digital. Del Grupo Planeta son Esencia y Crossbooks. Ediciones Urano vende sus novelas románticas a través del sello Titania.
Para dejar las cosas claras desde el principio, esta es la tarjeta de presentación de Agua: “Nuestros libros te llevarán a historias idílicas, romances tórridos, aventuras prohibidas y encuentros para rememorar”
Otras editoriales especializadas son Pàmies (con su sello Phoebe), Libros de Seda (que sobresale en el romance histórico), la editorial Kiwi, el sello Agua (de la editorial Plataforma), Romántica Ediciones (que solo publica en digital) y Wonderbooks, dedicada exclusivamente a la literatura juvenil. Para dejar las cosas bien claras desde el principio, esta es la tarjeta de presentación de Agua: “Nuestros libros te llevarán a historias idílicas, romances tórridos, aventuras prohibidas y encuentros para rememorar”.
En el panorama internacional, la editorial de novela romántica más grande del mundo es Harlequin, fundada en Canadá en 1949 y propiedad del grupo Harper Collins Publishers. Cuenta con las grandes estrellas del panorama internacional, como Emile Rose, Shirley Rogers, Krista Gold, Jill Shalvi, Susan Meier…Además, ha sido cantera de escritoras muy conocidas que publican ahora en otros sellos, como Nora Roberts, Diana Palmer y Linda Howard. Harlequin tiene muchas series, que le sirven para dividir sus novedades en algunos temas ya establecidos, como las novelas eLit LGTBI, la serie Deseo (en la que aparecen novelas con un alto nivel de erotismo y sensualidad) y, por ejemplo, la serie Blanca, con protagonistas masculinos “que son el ideal de cualquier mujer”.
Las autoras españolas de novela romántica más leídas son Megan Maxwell, –seudónimo de María del Carmen Rodríguez del Álamo–, calificada como la reina indiscutible del romance erótico (más de cinco millones de ejemplares vendidos), Elísabet Benavent (también con cinco millones) y Alicia Kellen, seudónimo de Silvia Hervás (tres millones de ejemplares y algunas de sus novelas se han convertido en series en Netflix). Otras autoras españolas muy leídas son Andrea Longarela, María Martínez y Tamara Molina. A nivel internacional, destacan Colleen Hoover, Ana Huang, David Levithan y, por supuesto, el italiano Federico Moccia, uno de los principales impulsores del género.
Aunque teniendo en cuenta a las autoras del siglo XX, muchas pioneras de este género, las más vendidas son Danielle Steel, con más de mil millones de ejemplares, Barbara Cartland, con 750 millones, y Corín Tellado, más de 400 millones.
Un sucedáneo de la literatura de folletín
La novela romántica (o rosa, como se la denominaba hasta hace poco) tiene como antecedentes algunos autores y autoras del siglo XIX, como Jane Austen, que aborda con gran calidad literaria (una excepción en el género) los conflictos sentimentales. Al igual que sucedió con otros géneros literarios populares, empezó a tener más entidad cuando proliferaron los medios de comunicación de masas que nacieron al albur de la revolución industrial, y con el auge de las ciudades y la creciente alfabetización, también de las mujeres. La literatura de folletín y las novelas por entregas del siglo XIX consagraron un género que se convirtió con el paso de los años en un negocio editorial.
En el caso de España, existen abundantes novelas rosas antes de la Guerra Civil española, con escritores muy leídos cómo Rafael Pérez y Pérez, Juan Aguilar Catena, Felipe Trigo y María Mercedes Ortoll. Durante el franquismo el género se convirtió, junto con las novelas del oeste y las novelas policiacas, en el más demandado, y mantuvo su pujanza con el comienzo de la democracia.
Sus ingredientes esenciales apenas han cambiado, aunque la literatura romántica actual, como novedad, está muy ceñida a la espuma costumbrista de la sociedad, y refleja muchos de los cambios que se han dado en las últimas décadas en relación con el papel de la mujer, con especial incidencia en cuestiones relacionadas con la identidad, el género y el sexo.
Curiosamente, los expertos y críticos que se acercaron al género de la novela rosa durante el franquismo censuraron su conservadurismo, su adoctrinamiento y la ausencia de inquietudes sociales y hasta políticas, pues estas novelas reforzaban la ideología franquista en relación con el papel de la mujer en la sociedad. En las novelas actuales, podemos decir que también existen intenciones subliminales, pero con otros parámetros ideológicos. Así, se ha convertido en una herramienta muy útil para adoctrinar sobre otras cuestiones relacionadas con la identidad, el género y el sexo. Resulta llamativa la presencia de los postulados LGBTQ+ en sus contenidos. En general, hay bastante homogeneidad en los argumentos, en los personajes y en los ideales que se quieren transmitir.
El tirón de las comunidades virtuales
Más allá de este cambio de valores, las novelas románticas actuales continúan con las técnicas literarias de la novela popular, aunque ya no se vendan solamente en los quioscos.
La mayoría de estas novelas están repletas de estereotipos en sus conflictos y en los caracteres de los personajes
La mayor novedad tiene que ver con su distribución y con la utilización de las redes sociales. En Instagram, Wattpad, TikTok (el fenómeno BookTok) existen canales específicos, a los que acuden las lectoras de estas novelas para interactuar, compartir experiencias y sugerencias, creando una comunidad de intereses literarios que no se da en otros géneros y que es una de las señas de identidad de este mercado literario. Además, la participación de las mujeres en estas comunidades, que algunos destacan como un síntoma de empoderamiento, está modificando la clasificación de las novelas y hasta sus propios ingredientes literarios.
Así, se han creado nuevas categorías repletas de acrónimos que sirven para identificar rápidamente, especialmente en estas redes sociales y con términos en inglés, los tipos de novelas y muchas de sus características. Por ejemplo, entre los subgéneros románticos más de moda hay que destacar, en primer lugar, el romantasy, mezcla de mundos realistas, fantásticos y mágicos, ahora mismo el subgénero preferido en la literatura juvenil, con autoras tan exitosas como Rebeca Yarros y Jennifer L. Armentrost. Otros son el Young Adult, New Adult, Paranormal Romance, Dark Romance, Dark Academy, Sporting Romance, Chick-Lit, Rom-Com (Romántica y Comedia) o Ground Speculative Fiction.
También existe un glosario de términos específico de estas novelas, que los fans conocen bien: red flags (conductas tóxicas), slow burn (romances a fuego lento), spicy (diferentes tipos de relaciones físicas), landscape (historias ambientadas en paisajes exóticos o de época), etc.
Una calidad literaria bajo mínimos
La mayoría de estas novelas están repletas de estereotipos en sus conflictos y en los caracteres de los personajes, aunque entre los masculinos ya no domina el macho alfa, sino que cada vez con mayor frecuencia hay amantes más empáticos, sensibles y respetuosos (green flags).
Suele decirse que estamos ante novelas muy cinematográficas, término que en este género podemos traducir por sobredosis de superficialidad, pues no se profundiza en nada, ni en las tramas ni en los caracteres de los personajes, presentados con eficaces y emotivos clichés. El lenguaje es ágil, dinámico, rápido, visual, directo y, casi siempre, muy simple. Los diálogos son habitualmente insulsos. Todo va encaminado a provocar la descripción a fuego lento (slow burn) de una atracción amorosa, a la que se añade una obligatoria tensión sexual (con diferentes grados, desde lo erótico a lo pornográfico), reducida a un mero objeto de consumo.
Todo está mecanizado, estandarizado y banalizado. Como sucedía hace décadas, se tiene la sensación, con el abuso de tantos y tantos compartimentos ya estabulados en series y colecciones, que los editores son los que definen los patrones de las novelas para consolidar el gusto kitsch dominante, y que las autoras poco tienen que aportar a todo este entramado comercial e industrial, pues se deben ajustar a aquellos temas y lugares comunes que imponen los primeros. Como escribía Umberto Eco a propósito de la literatura popular, “el producto debe agradar al cliente, no debe ocasionarle problemas”.
Ya hay quien ha advertido que esta homogeneidad tan instalada en el género, junto al ritmo frenético de escritura que se pide a las autoras para saciar la voracidad de los fans, es el caldo de cultivo perfecto para que la inteligencia artificial acabe por ocuparse –si es que no lo está haciendo ya– de más y más procesos en esta cadena de producción industrial en que se ha convertido el género.