“Kabluna” es como los inuits de la isla del Rey Guillermo, en el Ártico canadiense, llamaban a los forasteros blancos, incapaces de desenvolverse en ese medio.
El aventurero Jean-Pierre Gontran de Montaigne (1900-1962), vizconde de Poncins, descubrió que su vocación era estar en otra parte: cuanto más lejos, mejor (“las tierras desoladas son las más queridas para el ser humano”). Invitado a documentar la vida de los inuits y su cultura material, partió de Ottawa en 1938 y regresó a Vancouver un año más tarde, con un imprevisto cursillo de antropología.
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Sus maestros fueron veinticinco hombres, mujeres y niños dispersos en un territorio de 25.000 km2. Maike, como lo llamaban los nativos, no fue un pionero; por entonces, ya había en la zona un puesto de la Hudson’s Bay Company y algún misionero, como el padre Henry, que había hecho de una fría cueva su hogar, con unas pocas redes, unas lámparas y varios perros.
Al principio, todo desconcertaba al narrador –la comida, la ausencia de horarios o la sorprendente práctica de compartir las esposas–, y, en su crónica, dividida en cuatro partes, dejó constancia de lo difícil que le resultaba intercambiar ideas con ellos. Con el tiempo, sin embargo, los hechos refutaron muchos de sus escrúpulos, y, aunque el europeo que había en él no dejó de rezongar, asumió la progresiva sustitución de su mentalidad por la de sus anfitriones.
Unos y otros se creían el centro del mundo, y a ninguno le faltaba razón. Aparentemente, Europa había llegado más lejos que otras civilizaciones, pero sus habitantes no sabían cómo resistir los cincuenta grados bajo cero que marcaba el termómetro en ese territorio inhóspito.
Así pues, Kabluna es una obra de aprendizaje, algo así como una bildungsroman de la literatura viajera. Maike escucha, mira y espera, se familiariza con la vida en un iglú y practica la pesca con arpón. Cuando el viaje va tocando a su fin, le cuesta seguir la conversación de un joven aprendiz de la Hudson’s Bay Company, consciente de que “ya no es del todo blanco”, mientras que con sus compañeros inuits –y en particular con su guía Utak– se entiende sin problemas.
Poco después de su expedición, llegarían las escuelas, los puestos sanitarios y los asentamientos fijos. Inmutable durante generaciones, la forma de vida de los inuits del Ártico canadiense cambió para siempre. El libro de Gontran de Poncins, publicado originariamente en 1941, quedó entonces como el retrato de un mundo a punto de transformarse, escrito por alguien a quien ese mundo había transformado ya.