Entre la sauna y el horno

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Entre la sauna y el horno
Foto: Geralt

“Tú llevas bastante bien el calor, ¿no?”, me preguntan con cierta frecuencia, cada vez que la canícula envuelve a Madrid. La premisa es sencilla: como vienes de Cuba, donde las temperaturas se acercan o superan los 30 grados buena parte del año, las de aquí no te hacen ni cosquillas. Mi caso térmico vendría a ser la contracara, digamos, de Greta Thunberg, la joven que ni contamina ni estudia, y que, sueca al fin y al cabo, puede sentarse sobre la nieve durante horas para hacerse ver y, a menos que la policía la desaloje, quedar sepultada en el hielo sin siquiera pestañear.

Sí, vengo de un sitio donde 20 grados merecen el título honorífico de invierno, y donde, si baja a 15, puedes afirmar con toda autoridad que “¡está chiflando el mono!” y que comienza el carnaval de los pobres, ese breve paréntesis temporal en que, para abrigarse, se toma lo que uno tenga a mano, sin importar si combina o no.

En todo caso, el frío es una fiesta en Cuba, un alivio. El calor del verano, no. Con 80%-90% de humedad relativa, el severo y figurado anuncio de “comerás el pan con el sudor de tu frente” se les vuelve realidad a mis compatriotas –no lo del comer, que sigue siendo una metáfora, sino lo del sudor–, y la frase más repetida en las colas de gente abanicándose con trozos de cartón o cartulina tiene ribetes de amenaza: “Esto no es nada, mi’jito: ¡Deja que llegue agosto!”.

Porque agosto es un manto pegajoso. Lo siente el visitante en su rostro en cuanto abandona la cabina del avión: al “¡muchas gracias!” de la sonriente azafata en la puerta de salida, le sigue un golpe de vapor que inmediatamente le humedece la piel y hace que la ropa se le pegue como la túnica de Neso. Si el sufriente acalorado, recobradas las fuerzas en su hotel, se da a caminar por La Habana, puede, desde el ángulo indicado, “tocar” el bochorno con solo mirar hacia el mar. Un mediodía cualquiera, desde el elevado inicio del Paseo del Prado, al levantar los ojos hacia el castillo del Morro –al lado norte de la bahía–, se percatará de que no puede definir bien los contornos de la fortaleza: la fuerte evaporación del mar se los desdibuja, y la brisa, que hace su parte, termina arrastrando ese aire salitroso y depositándolo sobre la ciudad, para que acaben de oxidarse las verjas y los guardavecinos de hierro y estallen las barras metálicas enhebradas en el hormigón de miles de edificaciones levantadas junto al litoral a principios del siglo pasado. La mar salada, nunca mejor dicho, tan poética, tan destructiva…

De aquella insufrible sauna… a este horno de pizzas que es la meseta castellana. De aquel “¡abre puertas y ventanas, que nos ahogamos!” a este “¡ciérralo todo, que nos asamos!”.  Y a otra interrogante clásica: “¿Qué calor es peor: el de España o el de allá?”.

Pues no lo sé, pero sospecho que es aquel que no puedo atajar por no haber electricidad; el del sitio en que me sería imposible conectar el aire acondicionado que me devolviera a la vida. Conque sería el de allá. Pero en aquella estrecha franja verde engullida por la humedad marina no arden los bosques, ni los matorrales, ni los manglares, o al menos no tan fácilmente. Arde, sí, la gente, harta de tiranía hambreante, pero la naturaleza no, de modo que el antiguo dictador y el nuevo pueden, por esa parte, tumbarse apaciblemente junto a la piscina con un mojito en la diestra, que nadie pedirá movilizar un hidroavión (una brigada antimotines quizás sí, pero no más bomberos).

De modo que, al menos allí, la tierra respira. Es aquí, en la piel de toro que aquella antológica ardilla cruzaba saltando de la copa de un árbol a otra, donde campan a su aire las llamas del infierno. Que nos están siendo ya familiares porque, de hecho, regresan con el calor de año en año, y siempre –hay que decirlo– se sacian. Con casi el 37% del territorio ocupado por bosques, España es, para el fuego, una mesa buffet en toda ley: caseríos rurales, viviendas insertadas en la masa forestal, maleza abundante… El banquete lo sirven con toda diligencia –vulgo indiferencia– unos camareros-políticos siempre atentos a las redes sociales, al “¡vaya disgusto que le voy a dar a fulano o a mengana con este tuit, con este post!”–, y que, curiosamente, tienen en poco aprecio sus propias vacaciones, porque si todos los veranos tienen meterse en el mismo jaleo…

Fuego, pues, en el bosque, y fuego en las redes, en las teles y las radios: unos, que “no se permite desbrozar preventivamente el monte”; otros, que “¡te digo que sí; no me vengas con bulos!”; aquellos, que la Ley de Montes no lo impide nominalmente, pero que administrativamente lo hace muy difícil en la práctica… La norma, en efecto, recoge que los propietarios de los montes deben realizar “trabajos de carácter preventivo” durante todo el año (art. 48), pero muchos se quejan de que para extraer toda esa maleza seca deben seguir un vía crucis burocrático que implica solicitar informes preceptivos del Ministerio de Transición Ecológica y pagar sumas “interesantes” (de 3.000 a 10.000 euros según la parcela) a empresas terceras, que serían las autorizadas para entrar a desbrozar.

En resumen, un “puedes, pero no puedes” que anima a pocos a dedicarse a esa labor entre otoño e invierno, justo el momento oportuno para esto, pero que cuando se dispara el termómetro y un desaprensivo tira una colilla –el infractor siempre es de carne y hueso, y puede llamarse Pepe, Manolo, Carmen…, nunca “Cambio Climático”–, no impide que el terreno acabe convertido en el séptimo círculo del infierno.

Cuando septiembre cierre la puerta del horno; cuando alguna tormenta arrastre un poco de cenizas y no quede ya nada humeante; cuando sople un viento algo más fresco que nos invite a un descanso nocturno más placentero, nos habremos olvidado un poco de todo esto. También los políticos más picapleitos aparcarán el tema –otro habrá–, y a mí ya me preguntarán otra cosa de mi tierra, más allá del clima.

Hasta que, en 2027, en un rincón de monte andaluz o castellano, algún despistado con mechero o con maquinaria encendida ignore las prohibiciones de rigor.

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