Poeta y filósofo, Jesús Arellano (1921-2009) publicó en vida una serie de trabajos filosóficos centrados en su especialidad (en los últimos años de su actividad docente, el estudio de los trascendentales). También publicó en 1995 la antología Poemas del hombre y de la tierra, un volumen que sirve para conocer la calidad de un autor que supo convertir en poesía sus inquietudes más profundas. Es autor, además, de Los Reyes Magos son verdad (2011). En 2013, vio la luz Semillas de verdad, volumen colectivo con numerosos homenajes de compañeros y discípulos.
En el legado que conserva el Archivo General de la Universidad de Navarra hay todavía ensayos filosóficos y textos poéticos inéditos. Cartas desde la primavera es uno de ellos. Estamos ante una serie de cartas en prosa poética que el autor escribió, lo más seguro, entre 1990 y 1994, aunque no figure en el texto ninguna fecha de composición. El libro ha sido magníficamente editado por Fidel Villegas, de la Fundación Altair de Sevilla.
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“Nos encontramos ante una obra poética, escrita por un poeta que no abdica de su condición de filósofo”, escribe José Ignacio Murillo en el prólogo, que enmarca este texto en el conjunto del pensamiento de Jesús Arellano. Estructurado en ocho cartas, el autor se dirige a un destinatario sin nombre. El contexto poético es la llegada de la primavera, estación preferida por el autor, que figura como símbolo de promesa y de esperanza y, sobre todo, como metáfora del amor, el tema central que enhebra estas cartas. Como escribe Murillo, “ante todo, filosofía y poesía enlazan su destino en el amor”. Y como también afirma más adelante, “el lector se encuentra ante un pensar que estalla en canto y un canto que se recoge en sabiduría”.
Con un esmerado y trabajado estilo poético, el autor, al hilo de los sentimientos que brotan con la primavera, reflexiona sobre aspectos esenciales de su vida, como son la belleza, el campo, las flores, la naturaleza, los demás, el amor, la muerte y… Dios, un Dios personal que, como hicieron Rilke y Juan Ramón Jiménez, se intuye como el innombrado destinatario.
Al igual que en Poemas del hombre y de la tierra, Arellano, con suave hondura, proporciona una visión trascendente de la primavera con la que refleja, además, su amor por sus raíces y la vida.
José Villalobos, de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, insiste en el epílogo de este libro, que ha titulado “Metalogos”, en que la poesía de Arellano es otra manera de abordar sus inquietudes filosóficas, aquí con un tono íntimo y confesional. Para Villalobos, el autor “es el pensador más libre, completo y original de su generación filosófica”.
Sus cartas poéticas transmiten confidencias íntimas sobre su pensamiento y su estilo de vida, y desprenden, en palabras de José Ignacio Murillo, “un aliento de existencia verdadera”.