Con el inicio del verano, que cada vez comienza antes, se inician también las recurrentes noticias sobre los incendios forestales. En distintos lugares de España, casi diariamente saltan noticias sobre fuegos que se inician o se desarrollan con difícil control, que requieren evacuación de personas o, en los casos más graves, que han supuesto pérdidas de vidas humanas o de viviendas.
El clima mediterráneo convive con el fuego desde hace miles de años, por lo que se trata de un riesgo connatural a la mayor parte de nuestro territorio. Al igual que en Japón están preparados para los seísmos, nosotros deberíamos estarlo para los incendios estivales. La combinación de una vegetación abundante, estimulada por las lluvias de invierno y primavera, y una sequía persistente en los meses de verano, origina un escenario idóneo para que el fuego se inicie y se propague en el territorio. Si a eso unimos los cambios sociales que se han producido en España en las últimas décadas, con el abandono masivo de buena parte de la superficie antes cultivada, unido al envejecimiento rural, que explican un paisaje mucho más homogéneo donde el fuego se propaga con mayor facilitad, podemos entender por qué los incendios son un riesgo estructural en España.
Si bien los incendios estivales son los más abundantes, no hay que olvidar que en la fachada septentrional de la Península (desde Asturias al Norte de Navarra), son bastante frecuentes los incendios de inicios de primavera, cuando la vegetación no ha recibido aún las lluvias primaverales y se producen episodios de vientos terrales del interior. En el conjunto del país, la superficie quemada en estos fuegos es mucho menos abundante que en los meses de verano, pero es significativa en las regiones aludidas.
Un territorio propicio al fuego
Conviene recordar las tendencias históricas. Desde que existen estadísticas oficiales de cierta fiabilidad (a partir de 1968), los incendios han tenido un papel recurrente, con años especialmente graves y periodos de mayor bonanza. Los años de mayor ocurrencia aparecen en la década de los 80, con valores por encima de las 450.000 hectáreas en 1985, 1989 y 1994. Desde entonces, la situación había mejorado considerablemente, gracias en parte a progresos importantes en los sistemas de extinción y alerta temprana. La situación ha cambiado en los últimos años, particularmente en 2022, donde se quemaron casi 300.000 hectáreas, y sobre todo en 2025, cuando la superficie afectada por el fuego se acercó a las 400.000 hectáreas.
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Lo más destacado de estos últimos años, es la ocurrencia de grandes incendios, con una rapidez de propagación y una emisión de energía desconocidas
Lo más destacado de estos últimos años, los peores del siglo actual, es la ocurrencia de grandes incendios, con características novedosas frente a lo que conocíamos, con una rapidez y emisión de energía desconocidas, lo que dificulta o imposibilita el ataque directo. En estos casos, los servicios de extinción se orientan principalmente a proteger a las poblaciones y a canalizar la propagación para que pueda controlarse en lugares más seguros. Además, estos grandes incendios generan su propia meteorología local, con los llamados pirocúmulos, que inyectan aire muy caliente en la atmósfera, con potenciales efectos explosivos en el territorio circundante. Esto ocurrió en el centro de Portugal, en 2017, donde fallecieron 60 personas en un evento de estas características.
Con 28,5 millones de hectáreas forestales (el 56% de la superficie nacional), más otros 9 millones de pastos y matorral, casi todo nuestro territorio es susceptible de ser afectado por el fuego. Las zonas históricamente más quemadas son el Noroeste: Galicia-León-Zamora; la cordillera central: Cáceres-Salamanca-Avila; la fachada mediterránea: Cataluña, Valencia, y áreas esporádicas del interior peninsular: Albacete, Huelva, Teruel. Algunas de estas regiones se queman con bastante frecuencia, hasta 4 veces en apenas 40 años en muchas zonas del interior de Galicia.
“Megaincendios”
Si bien la mayor parte de los incendios, aquí como en otros países, son causados por la acción humana, la ocurrencia es muy dependiente de las condiciones meteorológicas, lo que explica que haya años y regiones con particular severidad frente a otros con cifras mucho más bajas. Los incendios del pasado año tuvieron un carácter muy excepcional, ya que la mayor parte de la superficie quemada se produjo en apenas 15 días de agosto, y en un territorio muy concreto (el Noroeste peninsular, con similares condiciones en el vecino Portugal). Además, la ocurrencia se concentró en grandes eventos, los llamados “megaincendios”, superiores a 10.000 hectáreas, que llevan consigo condiciones de intensidad y severidad excepcionales, con impactos sociales y ecológicos severos.
Conviene recordar que, además de la afectación directa a las viviendas y las personas, los fuegos tienen importantes impactos sobre la salud por el deterioro de la calidad del aire, con la emisión de partículas y gases tóxicos, que afectan a las vías respiratorias y causan enfermedades cardiovasculares. Este fenómeno está aún poco estudiado en España, pues es complicado relacionar directamente la expansión del humo con los ingresos hospitalarios.
Las causas
Las causas de los incendios son complejas. Por un lado, existen factores estructurales, que están presentes en todas las campañas estivales; por otro, los coyunturales, que aparecen con mayor virulencia en determinados años donde se alcanza una incidencia récord. Entre los primeros destaca la creciente influencia del cambio climático, que refuerza las condiciones meteorológicas favorables al inicio o propagación del fuego. Es claro que la temperatura media de España está incrementándose, particularmente en los últimos diez años, con olas de calor cada vez más frecuentes, tanto en verano, como en primavera.
Esto se combina con sequías más prolongadas, que reducen el contenido de humedad de la vegetación, que facilita el inicio y propagación del fuego. Baste indicar que los índices de sequía que se observaron en las provincias más afectadas por el fuego en agosto de 2025 alcanzaron en ese mes los valores más extremos observados desde 1960. Además, el impacto de la mayor temperatura y aridez supone que muchas zonas forestales hayan perdido vigor, siendo más afectadas por plagas naturales y tormentas, lo que implica una mayor acumulación de biomasa muerta en el suelo, que arde con mayor facilidad que la vegetación viva. A esta situación se une el impacto de la meteorología local, principalmente de los fuertes vientos que, unidos a la pendiente en las zonas más abruptas, propagan el incendio con mayor rapidez y dificultan enormemente la extinción.
Al igual que ocurre con las inundaciones o los terremotos, un riesgo natural como los incendios forestales no puede eliminarse por completo: es preciso convivir con él, planificando adecuadamente las tareas que reduzcan sus impactos negativos
El otro factor estructural clave para entender la ocurrencia del fuego es el abandono rural que, junto a las repoblaciones de las últimas décadas, explica el notable incremento de la superficie forestal en España. Áreas previamente cultivadas o pastoreadas suponían un mosaico natural que dificultaba la propagación del fuego. Con el éxodo rural y el envejecimiento de la población agraria (hay provincias del interior de España donde la población mayor de 65 años triplica a la menor de 15), estas tareas se han interrumpido, el territorio ha ganado en homogeneidad y por tanto se facilita la propagación continua del fuego. La ganadería extensiva tradicional facilitaba la reducción del combustible disponible para arder, que ahora se acumula en los estratos inferiores del bosque, facilitando la propagación del fuego hacia las copas.
Prevención durante todo el año
Como en otros riesgos naturales, la prevención debería ser la pieza clave de la respuesta ante los incendios. Hasta ahora se ha puesto mucho más énfasis, humano y económico, en la extinción, pero es bien sabido que los recursos más sofisticados difícilmente pueden extinguir incendios cuando son muchos simultáneamente y muy severos. Al igual que ocurre con las inundaciones o los terremotos, es preciso ser consciente que un riesgo natural no puede eliminarse por completo: es preciso convivir con él, planificando adecuadamente las tareas que reduzcan sus impactos negativos. Entre ellas está la educación ciudadana, que aliente la reducción de igniciones debidas a descuidos o incluya para las poblaciones más vulnerables simulacros sobre qué hacer exactamente en caso de incendio; la planificación territorial, que recoja medidas de protección para viviendas en la proximidad de zonas forestales, donde se producen los principales daños humanos de los incendios (la llamada interfase urbano-forestal); y la gestión forestal, que reduzca el combustible disponible, creando mosaicos, ya sea mediante quemas controladas o pastoreo extensivo, a la vez que alienta la regeneración natural y las especies menos inflamables.
En cuanto a medidas coercitivas, con frecuencia se pone bastante énfasis en la causalidad humana de los fuegos, que de acuerdo a las estadísticas oficiales es muy alta (95% del total). Conviene indicar, no obstante, que la mayor parte de esa causalidad no es intencionada (no se pretende quemar para destruir bosque), sino fruto de las negligencias o de la intención de reducir la carga de matorral. Ciertamente, también hay eventos causados intencionalmente, y ahí debería también mejorar la investigación local y aplicar la legislación vigente sobre delitos ecológicos. También es importante recordar que, aunque las igniciones por rayo sean poco frecuentes, en muchas ocasiones generan los incendios más grandes, sobre todo cuando ocurren en áreas remotas, de difícil acceso, o simultáneamente, generando múltiples focos que son muy difíciles de controlar.
En resumen, los incendios forestales son noticia en verano, pero deberían centrar la atención ciudadana durante todo el año, pues las acciones de prevención deberían ser permanentes. Con una superficie forestal muy abundante, afectada por olas de calor y sequías extremas, los incendios seguirán produciéndose
Emilio Chuvieco
Universidad de Alcalá
2 Comentarios
Interesante artículo; hecho en falta un análisis de la influencia que tiene un ecologismo animalista que convierte el medio natural en un parque temático centrado en el bienestar animal, frente a un ecologismo humanista, centrado en el desarrollo humano; pienso que es un factor cultural y político determinante en algunas de las causas sociales y de falta de prevención apuntadas…
Excelente análisis!
Pero la prevención además de educación y sensibilización requiere de recursos económicos.
Sería interesante conocer la evolución los recursos destinados a la prevención.