Una de las imágenes más repetidas en el viaje del papa León a España ha sido su bendición a niños. Lo de los papas bendiciendo bebés es un clásico, pero en este viaje se ha desbordado. No sé si alguien los ha contado pero en alguna nota de prensa se hablaba de 100 en una mañana.
Pero no quería fijarme tanto en esto sino en la cantidad de niños con síndrome de Down a los que ha bendecido y con los que se ha parado especialmente.
Me ha sorprendido porque cada vez se ven menos niños con este síndrome por las calles. Y no se ven porque cada vez nacen menos. En España, en concreto, un 90% menos, que es el porcentaje de niños con trisomía 21 que se abortan.
Precisamente hace unos días, la pareja de influencers Jesse y Ashley Ridgway contaban a sus seguidores su decisión de abortar después de recibir los resultados de la amniocentesis. Jesse confesaba que, aunque al principio querían seguir adelante, cuando se informaron de las dificultades y, sobre todo al conocer el altísimo porcentaje de los que, en su situación, interrumpían el embarazo, decidieron abortar.
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Pienso que, el caso de esta pareja –y el debate que ha generado en redes–, habla de una realidad costosa: no hay que idealizar la vida de estos niños y sus familias. Pero pienso también que las imágenes de estos días, con decenas de niños con síndrome de Down que han “salido del armario” acompañados de sus padres y hermanos, revelan también una vertiente luminosa que tampoco conviene esconder y que es un poco más profunda que unos gestos emotivos.
Es un hecho que los niños Down, como los ancianos, los enfermos o los discapacitados requieren un mayor cuidado por parte de las familias, de la sociedad y del Estado. Y que estos cuidados suponen tiempo, dinero y, muchas veces, sacrificio e incluso dolor. La paradoja es que la vida de estas personas, y la manera en que los cuidamos, dice muchísimo de la calidad moral de una civilización. La palabra es muy fuerte pero sabemos cómo se define el proyecto de limitar y reducir las vidas consideradas menos aptas. Si es en aras de la compasión, la palabra sigue siendo la misma.
Si nos creemos de verdad que todo ser humano tiene una dignidad excelsa –una de las ideas que más ha repetido León XIV en sus discursos–, no habrá condiciones que limiten ese valor y esa dignidad. No habrá vidas que merecen la pena ser vividas y otras que pueden descartarse. No habrá ciudadanos de primera y de segunda. No habrá recortes a ese primer universal derecho humano que es la vida.
Estos días, en las calles de Madrid, Barcelona o Canarias había mucha gente, de todo tipo. Y el Papa los bendijo a todos. Pero se paró especialmente con los enfermos, con los discapacitados, con los ancianos… y con los niños, sobre todo los niños con síndrome de Down. Y tiene sentido: se supone que el papa es el representante de Cristo en la Tierra y Cristo lo dejó muy claro: Dejad que se acerquen, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Y –esto no lo dijo Cristo porque se sobreentendía– en la tierra son un continuo reclamo de lo que, en la vida de una persona, es importante: amar y ser amado.
Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta