Si, como afirmó en su día san Ambrosio de Milán, ubi Petrus, ibi Ecclesia –“donde está Pedro, está la Iglesia”: no una parte, sino la Iglesia entera–, mil millones de católicos se acomodaron perfectamente entre los más de 70.000 creyentes que coparon el madrileño estadio Santiago Bernabéu, al atardecer del 8 de junio, para acoger a León XIV.
El Papa pudo escuchar allí testimonios de agentes pastorales, sacerdotes, padres de familia, de católicos “de cuna”, pero también de creyentes recién convertidos –uno ya ha puesto fecha a su boda por la Iglesia– o de adolescentes en plena formación catequética. Historias de almas, en fin, que la Iglesia ha alcanzado a ver al obedecer a Cristo –“alzad la mirada”– y observar los campos listos para la siega.
Para todos, una sonrisa del Papa, un apretón de manos, una bendición, un rosario, una emoción difícilmente contenida… Con todos los presentes, el mismo subidón de júbilo, que compartió cómplice con el cardenal de Madrid: “Don José: ¡hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!”. Entre esto y que Prevost afirmó unas horas antes ser “del Real Madrid”, confesión ya no retractable, los que vivimos aquí tenemos para un buen rato.
En el Bernabéu cupimos todos, sí, los mil millones, pero el Papa quería que hiciéramos espacio a más. Quería y quiere que los físicamente reunidos, fieles de las tres diócesis en que se divide el territorio de la capital española –Madrid, Getafe y Alcalá de Henares–, y todo cristiano que escuche su mensaje, seamos Biblias abiertas para el que llega a nuestras sociedades en busca de ayuda, de un espacio en el que asentarse y contribuir.
Ayúdanos a sacar adelante Aceprensa. Suscríbete o haznos un Bizum (10010) por la cantidad que quieras.
Quiere Pedro que las comunidades católicas abracen a personas que, como Jorge, Ileana y su hija Nara, venidos de Perú hace pocos años, aterrizan con sus maletas llenas de temores –“habíamos escuchado historias de racismo”, contó el padre–. Cristiano es acogerlos y servirles, acciones que, además, pueden tener muy grata retribución: Jorge, los suyos y otros más sin número ahora mismo acogen y sirven a otros en las parroquias de toda la geografía española.
“La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos”, nos ha dicho León, consciente de que es necesario de que en el rostro de los cristianos se transparente la Palabra de Dios. El amor, añadió, “es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa”.
En una gran ciudad, y Madrid lo es, no es siempre fácil. Las prisas, la natural imposibilidad de conocer a todos, la impersonalidad, pueden enfriar el trato. El qué inmediato puede arrinconar al cómo, a los modos…, que el Papa hace saber que le importan, incluso porque las formas de dirigirse al otro, el saludo cortés, el gesto amable contribuyen a visibilizar el mensaje de Cristo. “Hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales –nos recordó–, sin el cual, incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, dejar espacio a la frustración y la desconfianza”.
Quiere León XIV que, en la gran ciudad, “donde conviven tradiciones y ‘almas’ diferentes”, pero donde Dios conoce los corazones de cada uno de sus habitantes, los sacerdotes ausculten, tomen el pulso de los barrios, estén al tanto de los cambios culturales, de las preocupaciones de la gente… Que estén presentes nutriéndose de toda esa realidad, la cual “enriquecerá y consolará vuestro ministerio”. Que todos y cada uno vayan, como les recordamos a todo pulmón en el estadio, “ungidos para ser un latido del Dios siempre vivo”, y conscientes de que son, auténticamente, servidores de la redención de Cristo.
A ellos, y a todos los bautizados, el Papa nos obsequió con el potente mensaje de la santa de Ávila: “¡Nada os turbe, nada os espante!”. Sabiendo Quién va delante, el consejo nos vale totalmente.