Quizá porque la sociedad de nuestros días padece una saturación de estímulos sonoros, están proliferando obras que analizan una capacidad aparentemente básica: la escucha. En este contexto, Michel Faber (La Haya, 1960) deja de lado la narrativa con que se ha dado a conocer y propone un ensayo sobre los mecanismos –conscientes e inconscientes– que determinan qué música escuchamos y cómo lo hacemos.
Para Faber, por qué elegimos una canción, en lugar de otra, no tiene nada que ver con el sonido en sí. El libro sostiene que nuestra biblioteca musical es, principalmente, consecuencia de nuestra biografía: desde el legado sonoro de nuestros padres, hasta las personas que hemos amado o evitado. A esta base, Faber añade la importancia de ciertos factores biológicos y espaciales. En distintas partes del libro se detalla cómo la misma canción es percibida de manera distinta por un niño que aún no se ha desarrollado completamente, un adulto con alguna patología sensorial o cognitiva, y alguien que no se encuentre en esas situaciones.
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Asimismo, nuestra experiencia resulta fuertemente condicionada por las características físicas del espacio –desde la ubicación de los altavoces hasta el tejido de las butacas– e, incluso, las expectativas que dicho espacio provoca en nosotros: tenemos una mayor predisposición a escuchar una canción en un concierto que cuando la reproducimos en nuestra casa, en algún dispositivo móvil mientras hacemos ejercicio, o cuando suena en una sala de espera.
En cualquier caso, el libro es irregular. Parece demasiado extenso y, por momentos, puede resultar algo disperso. El autor se desvía hacia cuestiones accesorias y algo manidas, como la utilidad educativa y terapéutica de la música o el pretendido esnobismo de los críticos musicales. Otras reflexiones, por el contrario, resultan novedosas: Faber analiza cómo los sesgos de raza y género en la industria musical moldean nuestras preferencias, aunque el capítulo rompe el ritmo del ensayo al transcribir extensas entrevistas con músicos pertenecientes a minorías.
Por otro lado, al ser un tema tan personal, Faber se apoya en exceso en su propia pasión musical. En ocasiones, sus vivencias particulares sustituyen a argumentos más sólidos. Además, no faltan los momentos en que la obra se torna demasiado biográfica y Faber incurre en un tono condescendiente con quienes no comparten sus gustos.
En definitiva, estamos ante una obra ambiciosa que acierta al señalar la notable complejidad de un acto cotidiano. Aunque difícilmente logre el objetivo de “transformar nuestra manera de escuchar”, es una lectura recomendable para melómanos de una generación cercana a la de Faber. Ellos sabrán apreciar un libro de estilo desenfadado que, pese a sus digresiones, rebosa pasión por la música.