Cuba, en su hora más crítica: “Si los americanos van a entrar, que entren”

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El portaaviones USS Nimitz ingresó días atrás en aguas del Caribe (foto: Archivo: Europa Press/Contacto/Handout/U.S Navy)

El portaaviones USS Nimitz, de las fuerzas navales de EE.UU., ha entrado pocos días atrás en aguas del mar Caribe, como parte –dice– de unos ejercicios militares. Muchos en Cuba no se han enterado –entre el apagón que impide encender la tele y cargar los teléfonos …–, pero lo que sí expresan es su anhelo de que pase algo; y si ese algo tiene que venir de la mano de una intervención armada norteamericana, lo consideran menos doloroso que el hambre y el infierno en que viven hace años.

“¡Si vamos a morir la mitad, morimos la mitad, pero la otra mitad que viva en paz!” –asegura a CNN una joven madre, en medio de un sonado cacerolazo por la falta de electricidad–. “Los niños están sin comer, sin ir a la escuela. Estamos desesperados. Las mujeres ya hemos bajado 20 libras, y de los nervios, muy mal, porque no tenemos cómo sustentar a los niños. Los hombres, en las casas, sin trabajo, desesperados. Ya no tenemos más. ¡No somos seres humanos!”.

Según un sondeo independiente, la mayoría de los cubanos ve con buenos ojos la posibilidad de una intervención militar de EE.UU.

Lo son, muy por supuesto, pero el Gobierno cubano no parece reparar en la grave crisis en que están sumidos estos ocho millones de seres humanos. Que eran 11 millones hasta hace muy poco, pero pocos quieren quedarse en semejante lagar, por lo que, quien ha podido volar, ha volado. No: a estas alturas no está en su mano, en la de los dirigentes cubanos, asegurar el combustible con que deberían funcionar los autobuses, las ambulancias, los camiones recolectores de basura… No tienen cómo garantizar el suministro eléctrico estable a los hogares y a las fábricas. No tienen cómo asegurarle la alimentación a la gente…

Pero no se apartan. La casta gobernante, muchos de cuyos hijos están hoy a salvo en EE.UU. o en Europa, mantiene una posición numantina: con un ojo puesto en el USS Nimitz y en los cazas norteamericanos que sobrevuelan territorio cubano con cada vez mayor frecuencia, el presidente Miguel Díaz-Canel tira de la retórica de siempre: “De materializarse [la amenaza], provocará un baño de sangre de consecuencias incalculables”, escribía días atrás en X.

Curiosamente, el deterioro de la situación es tan brutal que la vía armada exterior –la que, según el mandatario, provocaría ese “baño”– le parece un mal menor a buena parte de la gente. Hace un par de semanas, un medio independiente cubano, El Toque, realizó una encuesta digital a más de 42.000 cubanos y halló que, de los residentes en la isla, el 56% pide una intervención militar norteamericana como modo de solucionar la situación (entre los de la diáspora, lo pide el 67%).

Los últimos pasos dados por la justicia estadounidense acelerarían, precisamente, esa salida.

Raúl Castro, “invitado” a comparecer en Miami

El pasado 20 de mayo –aniversario de la proclamación de la República de Cuba en 1902– se sustanció una acusación formal, ante un tribunal en Miami, contra el expresidente Raúl Castro, por los cargos de conspiración para matar a ciudadanos estadounidenses, asesinato y destrucción de aeronaves.

El incidente que lo motiva es el derribo de dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate, el 24 de febrero de 1996. Aquella jornada, como había sucedido varias veces, tres aeronaves del grupo anticastrista despegaron de un aeropuerto de Florida hacia La Habana para lanzar panfletos en los que llamaban a la insurrección –días antes, quien suscribe encontró uno de estos volantes en un parque a pocas calles del litoral, y se deshizo de él rápidamente–. La acusación contra Castro, entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), fue haber dado la orden de disparar a las avionetas una vez se hallaran fuera del espacio aéreo habanero, y así aconteció: un Mig-23 abrió fuego e impactó en dos de las tres. Murieron tres cubanos con nacionalidad estadounidense y uno residente en ese país.

Con las pruebas que implican al dirigente cubano –incluido un audio donde reconoce haber ordenado que se disparara sin esperar ratificación de su parte–, el tribunal estadounidense invita a Castro a presentarse allí para dar cuenta de sus actos. El fiscal general de EE.UU. (en funciones), Todd Blanche, ha incidido en que la causa no es “simbólica” y que, de no acudir el demandado, se emitirá una orden de arresto. “Constantemente presentamos acusaciones formales contra individuos que se encuentran fuera de este país, y existen todo tipo de vías diferentes para lograr traerlos. La razón por la que acusamos formalmente a alguien es porque queremos que comparezca aquí para enfrentar a la justicia ante un jurado”, dijo el día 20, citado por Martí Noticias.

La esperable declinación de Castro es, justamente, lo que hace imaginar un algoritmo parecido al protocolo de “extracción” ensayado con Nicolás Maduro: un tribunal acusa a un ciudadano extranjero de delitos que afectan a ciudadanos norteamericanos, y exige su presencia. Si no acude, envía a efectivos de los Delta Force a por él.

Quizás es esa citación la que vuelve a dar esperanzas a muchos cubanos, impacientes tras ver que un Trump bastante más agresivo en política exterior, y más deseoso de marcar zonas de influencia que en su primer mandato, tras la acción  en Venezuela envió sus fuerzas navales y aéreas a Irán, que se habría “saltado la cola”.

¿Cambios cosméticos “a la venezolana”?

La acusación contra Castro no deja de causar cierta desazón entre quienes tratan de entender los derroteros de la situación.

Durante meses se ha especulado con que Washington está puenteando a las autoridades nominales cubanas –Díaz-Canel y su Consejo de Ministros– y conversando directamente con personas del entorno del expresidente. En el centro de atención estaría Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto del viejo dirigente y su más celoso guardaespaldas –en 2016, el entonces presidente francés François Hollande, debió frenar en seco al joven por romper el protocolo del Palacio del Elíseo en su intento de no separarse del abuelo–.

“El Cangrejo” –como se le llama– ha estado en boca de los analistas como supuesto enlace de Washington con la “dirección histórica de la Revolución”, que estaría buscando con la Casa Blanca algún tipo de acomodo por el cual no tuviera que rendir cuentas por nada en una Cuba poscomunista. A cambio, Castro y los más veteranos garantizarían una transición tranquila y que la cúpula militar y policial –muy fiel a los Castro– cooperara en el desmontaje del arcaico sistema político a la vez que mantuviera el orden, algo que agradecería sobremanera Estados Unidos, que no quiere un desmadre a solo 144 kilómetros de sus costas.

“No hemos luchado durante 67 años para ganarnos el derecho a invertir bajo las reglas de un régimen comunista” (Marcell Felipe)

La presencia del “Cangrejo” en varias citas clave, como las conversaciones de John Ratcliffe, director de la CIA, con fuentes de inteligencia cubanas en La Habana, dieron alas a la hipótesis de que, en efecto, los Castro quedarían al margen de posibles represalias, y de que, al final, la administración Trump estaría buscando tutelar a la isla en modo parecido a como sucede en Venezuela, por persona interpuesta.

Según explica a Aceprensa el abogado y politólogo cubano Roberto Veiga, miembro de Diálogo Interamericano, no parece que sea la vía, pero hay mucha opacidad. “En Cuba y en Venezuela hay dos realidades de poder totalmente distintas –afirma–. En Cuba no tienen a quién poner. La sociedad cubana no está organizada, no hay fuerzas políticas de verdad; nada está estructurado. Ellos no pueden sacar a unos y dejar a otros, porque hay uno solo que tiene el poder real. No digo que al final no lo hagan porque no haya más recursos, pero no es lo que están buscando”.

Por otra parte, si para políticos no cubanos, como Trump, el pragmatismo manda y tal vez basten unos cambios cosméticos que den entrada al capital norteamericano por la puerta grande, otras figuras –políticas y no políticas– de origen cubano, como Marco Rubio –que lo tiene en el ADN– no aceptan que tantas décadas de exclusión, latrocinio y división queden impunes. Tres congresistas cubanoamericanos –Carlos Giménez, María Elvira Salazar y Mario Díaz-Balart– han dejado claro que se precisa un cambio total de régimen y la salida efectiva de los Castro del poder. En palabras de Marcell Felipe, director del Museo de la Diáspora Cubana en Miami, a la revista británica The Economist, “no hemos luchado durante 67 años, con prisioneros y muertes, para ganarnos el derecho a invertir bajo las reglas de un régimen comunista”.

“Si cae un misil, vengo a por ti”

El clamor y la certeza de muchos, en Cuba y en el exilio, es que ha llegado el momento. Que tiene que ser este por varios factores: porque un revés de mitad de mandato en las legislativas de noviembre puede quitar empuje y aquietar a Trump, hoy animadísimo con la idea de quedar para la historia como el que devolvió la democracia a Cuba. O porque el Mundial de Fútbol está a las puertas y “quedaría feo” un conflicto en las narices del organizador. O porque el electorado cubano de Florida es rabiosamente republicano y no conviene decepcionar al público que reside no lejos de Mar-a-Lago…

Pero sobre todo, porque el pueblo cubano ya no aguanta más… El 14 de mayo las autoridades anunciaron que las existencias de fuel-oil y gasolina están en cero, y esto, de cara al calurosísimo verano que ya se va haciendo sentir. La gente tiene urgencia. “Si van a entrar, que entren. Y si no, que dejen de hablar tanto”, dice a The Economist un jubilado cubano que se atreve incluso a dar su nombre.

Las cacerolas, pues, siguen y seguirán siendo, noche tras noche, la forma sonora de una catarsis. Más allá del bienestar de sus jerarcas, el gobierno del Partido Comunista ya no puede garantizar el de nadie. Cuando pudo, no quiso. Gozó de los generosos subsidios de la URSS –que compraba azúcar a precios exagerados y entregaba ingentes volúmenes de combustible y maquinaria por muy poco– y, tras un breve paréntesis en los años 90, disfrutó de unos ventajosos acuerdos económicos con la Venezuela de Chávez.

El país tuvo oportunidades, pero sobraron contumacia política y un dogmatismo económico que lo asfixiaron con unos mecanismos de centralización ideológicamente “atados y bien atados”, que penalizaban la actividad privada y animaban a ver con sospecha a los pocos que, durante décadas, se atrevieron a subsistir sin emplearse en una ineficiente empresa estatal. Tanta educación, tanto potencial para despegar, para al final quedar en nada. “Desde los medios de comunicación hasta el entretenimiento; desde el sector de los negocios hasta la política; desde la música hasta los deportes, los cubanos han llegado a la cima de prácticamente todas las industrias en todos los países, excepto en uno: Cuba”, lamentó en su mensaje del 20 de mayo Marco Rubio.

El país de sus padres, castigado con saña por un modelo disfuncional implantado a capricho, está agonizando. La antigua tierra española que el ferrocarril surcó antes que en la Península; la próspera isla que estrenaba prodigios tecnológicos inmediatamente después de que vieran la luz en EE.UU.; la “tacita de oro” que continuó atrayendo a miles de inmigrantes españoles incluso después de la independencia, y cuya capital resplandecía en tiempos en que Miami era apenas cuatro edificios rodeados de caimanes, se está muriendo.

Muere, pero no por el fatalismo de estar –parafraseando a aquel mexicano– “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Muere por la soberbia de unos pocos que, aun en hora tan crítica, no se plantean la mínima rectificación ni una apertura política. Muy por el contrario, continúan amenazando a los disidentes con eliminarlos físicamente en cuanto caiga el primer misil en un edificio gubernamental: han sido advertidos en esos términos el intelectual católico Dagoberto Valdés, la joven influencer evangélica Anna Sofía Benítez, el periodista independiente Luis Cino…

Para tratarse de aquella “isla de la libertad” con la que simpatizó medio mundo en 1959 y que aún pervive en el imaginario de la izquierda, se ve que las formas se han degradado bastante, y que ni la cercanía del Nimitz ni la amenaza de desatar una plaga de fuego logran que los que mandan se comporten diferente.

La antigua contumacia del faraón, sí, en versión caribeña.

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