Berlín.— Una exposición en el Museo Barberini de Potsdam muestra un estilo que no sólo refleja “impresiones”, sino que también tiene un carácter narrativo, además de presentar conflictos y nerviosismo urbanos, introduciendo nuevos temas pictóricos.
En el centro de la exposición “Avantgarde, Max Liebermann und der Impressionismus in Deutschland” (“Vanguardia. Max Liebermann y el impresionismo en Alemania”), que presenta 116 obras procedentes de 65 colecciones –muchas de ellas privadas–, se encuentra el artista berlinés Max Liebermann (1847-1935). Además de que aproximadamente la mitad de las obras son suyas, fue – como presidente de la Secesión de Berlín, la asociación de artistas fundada como alternativa a la estatal– una figura clave porque “trajo el impresionismo francés a Alemania”, como resaltó Ortrud Westheider, directora del Museo Barberini y comisaria de la muestra, en la presentación a la prensa.
Además de su actividad artística, Liebermann fue un destacado coleccionista, como demuestran las fotografías que se han conservado tanto de su casa en el centro de Berlín, situada justo al lado de la Puerta de Brandeburgo, como las de la hoy famosa mansión que construyó a orillas del lago Wannsee, en un extremo de la ciudad.
Liebermann dirigió pronto su mirada hacia Francia; pero no pudo encontrar peores circunstancias políticas: cuando llegó al país vecino por primera vez en 1872, las cicatrices de la guerra franco-prusiana eran aún “muy profundas” y muy reciente la proclamación del emperador alemán Guillermo I en Versalles, anota Westheider. Al no poder establecer contacto con artistas franceses, Liebermann continuó su viaje hacia Holanda, un país que pronto admiraron muchos pintores alemanes por sus instituciones sociales. En la exposición lo demuestran obras de Liebermann, como Stevenstift in Leiden (segunda versión), de 1890, o Jardín del hospital en Edam, de 1904.
La influencia francesa
Liebermann regresaría a París más tarde, en 1896, como asesor de Hugo Tschudi, director de la Galería Nacional, para realizar compras para el museo berlinés. También acudió a la capital francesa con el marchante de arte y coleccionista Paul Cassirer, en 1903. Estos viajes y adquisiciones cambiaron visiblemente la pintura en Alemania, también en lo que respecta a la técnica. De este modo llegaron las características “manchas de luz” que pueden observarse en varias obras de la exposición, por ejemplo en Restaurante “De Oude Vink” en Leiden (1905) o La Colomierstrasse en Wannsee (1917), ambas de Liebermann.

Sin embargo, el pintor berlinés y otros como Lovis Corinth, Max Slevogt, Fritz von Uhde o Gotthardt Kuehl, que junto con otros 20 artistas están representados en Potsdam, no se limitaron a adoptar el impresionismo francés. Recogieron los impulsos y “desarrollaron un lenguaje pictórico independiente”, como explica la co-comisaria Valentina Plotnikova.

Entre sus características, además del interés por las instituciones sociales, destaca sobre todo el aspecto narrativo de la representación, mientras que el impresionismo francés se centró más en la impresión fugaz. En la exposición, esto se puede apreciar, por ejemplo, en Taller de costura holandesa (1882), de Fritz von Uhde; Llega el organillero (1883), de este mismo artista, o Recreo en el orfanato de Ámsterdam (1881-82), de Liebermann.

Soledad en Berlín
La diferencia con el impresionismo francés se manifiesta especialmente en las vistas urbanas. Al igual que París bajo el barón Haussmann, Berlín también se convirtió en una metrópoli a finales del siglo XIX: aunque el “Gran Berlín” no se crearía hasta 1920, la densificación comenzó antes, tras la constitución del Imperio alemán en 1870. A diferencia de París, en Berlín este desarrollo se contempló con escepticismo.
Plotnikova habla en este contexto de un “espacio contradictorio”: Berlín era centro cultural y lugar de progreso técnico, pero al mismo tiempo lugar de alienación y “sobrecarga internacional”. Esta ambivalencia se hace patente, por ejemplo, en Unter den Linden (1922) de Corinth: La avenida aparece en una perspectiva sombría que refleja la tensa situación tras la Primera Guerra Mundial.
Este estado de ánimo se manifiesta con especial fuerza en el pintor Lesser Ury. Las diez obras nocturnas berlinesas que se presentan en la exposición –como Estación elevada de Bülowstrasse (1922)– reflejan la agitación de la gran ciudad en vibrantes trazas de luz. Plotnikova se refiere al concepto de “nerviosismo”, acuñado alrededor de 1900, que retoma el lenguaje pictórico de Ury. Sus cuadros nocturnos contrastan fuertemente con las escenas parisinas bañadas por la luz de los impresionistas franceses. Una y otra vez aparecen siluetas de transeúntes solitarios, como en Escena callejera nocturna, Berlín – Leipziger Strasse (alrededor de 1915-20) o El café König de noche (Unter den Linden) (1925-30): el aislamiento y la soledad en la gran ciudad se hacen inmediatamente palpables.

Un impresionismo que narra
Uno de los capítulos de la exposición está dedicado al teatro. Mientras que en Francia, al margen de las bailarinas y cantantes de Edgar Degas, Édouard Manet, Mary Cassat y Pierre-Auguste Renoir, los pintores impresionistas franceses suelen centrarse en el público y los palcos del teatro, Max Slevogt y Lovis Corinth fijan la atención en los propios personajes. Los retratos de Slevogt del barítono Francisco d’Andrade –El aria del champán (1902), El negro D’Andrade (1903), El cantante Francisco d’Andrade como Don Giovanni en la ópera de Mozart (1912)–, así como Gertrud Eysoldt como “Salomé” (1903), de Corinth, condensan las emociones que despierta el teatro.
Otro punto central es la obra de artistas femeninas, muchas de las cuales habían caído en el olvido: Sabine Lepsius, Maria Slavona, Charlotte Berend-Corinth, Emilie von Hallavanya y otras amplían la visión del impresionismo en Alemania.
La exposición del Museo Barberini deja claro que el impresionismo en Alemania no sólo observa, sino que también interpreta: es un impresionismo “que narra, reflexiona y recoge las tensiones sociales”, según Valentina Plotnikova. Por eso, las obras expuestas son “mucho más contradictorias y complejas de lo que podría pensarse en un primer momento”.
