El centenario del cine se celebró oficialmente en el año 1995. En ese momento, el Papa era Juan Pablo II, probablemente el pontífice que más sintonía ha mostrado con el séptimo arte, entre otras cosas porque, si no hubiera sido sacerdote, probablemente hubiera terminado siendo actor. La prueba de ese interés son los cientos de documentos que, escribió –o impulsó a escribir– sobre el cine y que son la materia prima de este ensayo. Un ensayo que cierra una trilogía que iniciaron Tras las huellas de Dios en el mundo: Karol Wojtyla/Juan Pablo II y la búsqueda de la Verdad, el Bien y la Belleza (2025) e Irradiación de humanidad en el mundo: San Juan Pablo II y la cultura, el arte y la comunicación (2025).
El autor de esta investigación, Alejandro Pardo, ha trabajado durante más de 25 años en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra y su campo de especialización es, en concreto, la industria audiovisual. No es un dato superfluo o anecdótico porque, al recoger el amplio magisterio de san Juan Pablo II, Pardo no solo se fija en las cuestiones más profundas y filosóficas –como la relación de la narrativa con los trascendentales del ser, la ética de la representación o la responsabilidad de los creadores–, sino también en aquellas que demuestran que el Papa, a su nivel, era consciente de cuáles eran las características propias de la industria del cine. En ese sentido, es muy elocuente que Pardo recoja, por ejemplo, las palabras de Juan Pablo II en su discurso a Hollywood en 1987, en el que señalaba que “las preocupaciones diarias oprimen a la industria del cine de una manera diferente a otras industrias. Vuestra industria maneja grandes cantidades de dinero que traen consigo sus propios problemas. Os coloca bajo la enorme presión del éxito, sin deciros lo que el éxito es en realidad”.
Este realismo–-que podría firmar y reconocer cualquier productor– se conjuga con el desarrollo de un corpus ideológico muy amplio y muy valioso. San Juan Pablo II consideraba que el cine es un vehículo de espiritualidad y cultura y, desde esa perspectiva –muy alejada del simple moralismo–, habla de cómo las películas pueden acercar al hombre a las verdades fundamentales, transmitir los valores del humanismo, cooperar al bien común e incluso convertirse en medios de evangelización.
El ensayo recoge también la enseñanza del Papa en temas más conflictivos como la representación del mal, la violencia y el sexo en el cine, o la tensión entre los límites de la creatividad y la libertad de expresión. Y, por supuesto, no olvida las enseñanzas acerca de la responsabilidad de quienes hacen cine y de quienes lo disfrutan, a los que Juan Pablo II animó siempre a conformar su propio juicio crítico.
Estamos ante un texto con múltiples referencias –es mucho el magisterio analizado y son muy relevantes los anexos– y una gran cantidad de cuestiones de calado. Una obra que puede resultar útil para académicos, profesores, comunicadores y teólogos, pero también para críticos, productores, directores, guionistas y espectadores que quieran conocer la enseñanza actual de la iglesia católica sobre el cine o la relación de la religión con el séptimo arte. Dos realidades que, a veces, se presentan como antagónicas cuando no deberían serlo.
El cine que bebe del misterio humano no puede estar muy lejos del creador de ese mismo ser humano.