Anne Lee nació en Manchester en el año 1736. En el año 1770 liderará -con el nombre de madre Ann- una secta religiosa muy extremista que defendía, entre otras cosas, el celibato dentro del matrimonio y el absoluto rechazo a las relaciones sexuales, el trabajo duro y extenuante como medio de purificar los pecados y unos bailes extremos como modo de invocar al Espíritu Santo. Entre sus seguidores, se consideró a Anne Lee como una especie de encarnación femenina de Jesucristo.
Lo más sorprendente de El testamento de Anne Lee es que una historia basada en un personaje real y rodada como si fuera la última película de la Historia -a golpes, entre ruidos música y sacudidas- pueda resultar tan absolutamente monótona. Todo es chillón, incoherente, oscuro y, al mismo tiempo, superficial e inane desde el punto de vista narrativo.
Anne Lee sufre mucho y baila y jadea y grita y tiene un éxtasis detrás del otro, pero el espectador, quizás al margen de esos desgraciadísimos embarazos, es difícil que llegue a perturbarse un poco y mucho menos a emocionarse. E incluso puede llegar a sentirse mal. A mí me ocurrió. Porque no es bonito ver a personas en semejante vorágine y borrachera espiritual mientras tú miras furtivamente el reloj para ver cuándo acaba semejante ceremonia.
Como dijo una crítica a la salida del pase; le quitas los bailes y la película desaparece. Pues eso, que bailan…
Por cierto, la directora, Mona Fastvold, es la coguionista de The Brutalist… Apuntaba maneras.