No hay cámaras. No hay focos. Marisa Fernández Armenteros (Santander, 1976) lleva años sosteniendo películas cuando la historia aún no sabe si va a existir. Cuando todavía es tan frágil que los aplausos son una utopía.
Con un toque de naming profético, desde 2021 dirige su propia productora: Buenapinta Media. Cine independiente con ojo clínico para las corazonadas. Cinco lobitos (2022), Un amor (2023), Los domingos (2025), Ciudad sin sueño (2025) o Tres adioses (2026). Hablamos de historias muy distintas, aunque en ellas palpite un pulso común para mirar donde cuesta, escuchar antes de hablar y confiar en que el espectador sabe ya de qué va la vida.
El próximo 28 de febrero se entregan en Barcelona los Premios Goya. En esta 40ª edición, Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, está en la pole con 13 nominaciones, incluidas mejor película, mejor dirección, mejor guion original, mejor actriz protagonista, mejor actor protagonista y mejor actriz revelación. Una conquista.
Como predecía la opinión pública, arrasa en el cine español la historia de Ainara, sus 17 años, su vocación a la clausura, su familia sin ventilación, la fe, el amor, las conversaciones de cocina de todas las casas, los prejuicios, las intransigencias domésticas, la coherencia, las madres ausentes, la libertad, y todos los grandes temas que caben en una cinta de 117 minutos en forma, a la vez, de bomba y de puente.
El 40 cumpleaños de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas es un buen momento para madurar una realidad latente: las personas que se dedican a la producción cinematográfica no son meros gestores ni intermediarios financieros: son arquitectos, mediadores, guardianes del sentido y, muchas veces, la última conciencia del proyecto. Son quienes deciden qué historias merecen existir, con qué límites, para qué público y a qué precio económico, creativo y moral. Y no tienen Goya propio.
Acaba de llegar de recoger en equipo dos Premios Feroz: Mejor Película Dramática, por Los domingos, y el Arrebato de Ficción, por Ciudad sin sueño.
Fuera de plano. Lejos de los carteles. Cerca de la claqueta. Eje del éxito, cuando llega. Luces, cámaras y acción detrás del telón. Así respira el séptimo arte en los pilares posibilistas del cine.
— ¿Qué es una buena película?
— Hay tantas teorías como gustos y colores. Las buenas películas no envejecen. Cada vez que volvemos a lo que llamamos “buenas películas”, siempre hay un nuevo matiz o un detalle que no vimos o no supimos ver.
No hay nada más gustoso que reconocer una nueva lectura o volver a reafirmarte en por qué nos gustó tanto aquella película. El goce de una buena película está en lo estético, en lo visual, en lo sonoro, en la rareza o en los personajes, en la temática y, sobre todo, en el punto de vista. Aunque, como dice Paolo Sorrentino, las películas son, por definición, imperfectas. A veces veo demasiadas películas perfectas en lo técnico y ausentes de voz, de garra, de alma, de vida.
“Si el cine, la literatura o cualquier forma de expresión artística no nos balancea como personas, no me interesa”
Joseph L. Mankiewicz, uno de los grandes guionistas y directores del Hollywood clásico, decía que “la diferencia entre la vida y las películas es que los guiones deben tener sentido y la vida, no”. Supongo que algo de esto necesitan las buenas películas.
— ¿Cuáles son los temas o las historias que te interesa producir?
— No tengo una agenda de temas. Me interesan aquellas historias que hablan de nuestras contradicciones o las mías, no de las del vecino. De las contradicciones en nuestra cotidianeidad, porque son las más invisibles y las más golosas.
Inconscientemente me atraen historias de conflictos generacionales. Y la responsabilidad como productora es no perder la curiosidad por buscar en los tabúes sociales. Con la edad somos conscientes de la carga de esos tabúes y ahí siempre hay conflicto. Cuando hay conflicto, hay historia con posibilidades.
No voy a negar que me interesa hablar de las contradicciones de las clases medias y altas. Rafael Azcona o Luis Buñuel no tuvieron complejo en retratar las contradicciones de ciertas clases sociales y, en el cine español actual, me cuesta encontrarme con cierto tipo de historias. Los temas de los guiones que recibimos hablan, en parte, de la sociedad. Pero no sólo quiero producir drama. Para mí, la comedia es una reivindicación a gritos.
— Cuando uno lleva pensando cine durante tantos años, ¿se va afinando más la técnica o la mirada sobre la vida?
— Cuando personas amigas o cercanas me cuentan su vida, inconscientemente trato de buscar si hay trama, rendija, o agujero en el que rascar para ver qué se puede contar. Con mis socios productores, o con directoras y directores, se crean vínculos muy próximos y en el día a día intercambiamos tanta información, que sale con frecuencia un “te envío esto o aquello”, “aquí hay una película”, “esto no se ha contado aún”… Inmediatamente, si nos interesa, siempre añadimos un “esto sería una comedia” o “esto se debería contar desde este personaje”. Quienes producimos cine tenemos el ojo ya muy entrenado, porque a todo le queremos sacar punta.
“La responsabilidad moral del cine está en tratar a los espectadores como personas inteligentes”
El cine no me ayuda a afinar con la vida; tampoco le pido yo esa responsabilidad. ¡Faltaría más! Me conformo con que me sirva para reconocer mis dudas sobre las decisiones de la vida. En este sentido, el cine suele ser mi bálsamo.
— ¿Existe algún momento en el que una historia deja de ser una idea brillante y se convierte en una responsabilidad moral?
— Existe la inmediatez de recibir una gran idea y entusiasmarse o enloquecer, y la responsabilidad de reposarla y pensar si merece la pena contarse, cómo debería hacerse, o si esa propuesta sostiene una película o un relato. La responsabilidad moral está en tratar a los espectadores como personas inteligentes. Es algo que, a veces, se nos olvida.

— ¿Tiene sentido un cine que no se haga preguntas y solo reafirme sus propias respuestas?
— Si el cine, la literatura o cualquier otra forma de expresión artística no nos balancea como personas en algún momento, no me interesa. Mejor dicho: sin esa condición, sé que se me va a olvidar. De todas maneras, lo ideal es que el cine insinúe las preguntas en vez de subrayar la intencionalidad de preguntar. Isabel Coixet me recuerda habitualmente que “si el cine responde a todo, la mente se hace perezosa”.
— ¿Qué debe tener una historia para que decidas hipotecar varios años de tu vida en ella?
— Cuando te presentan un guion y das el paso de apostar por él, te tiene que gustar muchísimo, porque ya sé de antemano que voy a pasar por momentos de duda. Los productores vivimos muchas veces esas montañas rusas en soledad. No podemos trasladar la duda a quien escribe o dirige, a quien te ha dado el dinero, al equipo al que le has pedido subirse al barco…
En mi caso, la historia elegida siempre me va a interpelar con alguna contradicción que me late y no me suelta. Hay historias que llegan en el momento vital justo. Coixet, por ejemplo, siempre tiene la habilidad de tocar teclas que tienen que ver con la vida, ruede donde ruede.
— ¿Hay una presión creciente para que las historias del cine “sirvan” a una causa?
— Confieso que no sé producir pensando en servir a una causa. Esos son relatos que ya trabajan los medios de comunicación o terceros, que le ponen etiquetas a todo. Lo que me interesa y me motiva es escoger historias que puedan generar una conversación natural, porque hay puntos de vista que invitan a que la ficción pueda llevarnos a cuestionar esos mismos puntos de vista.
No creo que sea buena idea iniciar una película pensando en servir a una causa, entre otras cosas porque después detectas las modas sobre ciertas causas. — Vivimos con el peso de tener un relato para todo. A veces, la presión se nota en la necesidad de sostener ese relato las 24 horas del día hasta acabar siendo presos de nuestro propio relato inamovible.
Cuando Guillermo Galoe me habló de Ciudad sin sueño, la película rodada en la Cañada Real, esa realidad de los márgenes de la sociedad me movió, porque existía la posibilidad de escuchar historias de una comunidad diferente.
Tuve la suerte de tropezar con Alauda y su productor de cortometrajes, Manu Calvo, en la Incubadora, el laboratorio promovido por la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM), con Cinco lobitos. Hubo mucha química y aquel guion fue una corazonada. Me encapriché con él. Después llegaron Sandra Hermida y Nahikari Ipiña como socias, y se formó el corrillo.
Alauda me ha enseñado muchas cosas durante la producción de Cinco lobitos y de Los domingos, pero hay una sobre todas que será difícil olvidar: a ella le importa el viaje del personaje tanto como el destino al que llega. Es impresionante su capacidad para bucear y escuchar, para captar matices y detalles y defender a capa y espada a cada uno de esos personajes. No se hace notar en todo el proceso creativo. Nunca te dirá las horas que tardó en lograrlo o el tiempo que le costó dar con esta o aquella tecla. Ella no presume de relatos épicos. Tiene algo que agradezco mucho como productora: no se regodea en la duda y sabe que ha de tomar una decisión con todas las consecuencias. Pide los tiempos que necesita, pero sabe que ha de elegir.
“La habilidad de Los domingos es colocarnos a todos como posibles personajes de esa familia, cada uno con sus razones, con sus verdades, con sus miedos, con sus buenas intenciones”
Alauda es una caja de sorpresas al hablarte de temas y de personajes que le interesan. Es un regalo no saber qué le puede despertar curiosidad.
— Alauda Ruiz de Azúa nos demuestra en cada obra que es posible hacer cine con conciencia sin convertirlo en cine de consigna…
— Es una narradora nata con una capacidad de reflexión y de observación únicas.
— “Los domingos” ha sido también un fenómeno social que se codea con Rosalía. ¿Qué hace que esta historia sobre una adolescente que responde en público a su vocación religiosa en pleno siglo XXI haya gustado tanto en una sociedad polarizada?
— Hacemos balance de lo logrado por Los domingos y siento que aún no tenemos la distancia suficiente. Más allá de los premios, siempre bienvenidos, es una historia que ha llevado a las salas de cine a más de 650.000 espectadores de distintas generaciones y con distintas sensibilidades. La habilidad de Alauda como directora es colocarnos a todos como posibles personajes de esa familia, cada uno con sus razones, con sus verdades, con sus miedos, con sus buenas intenciones. Su gran acierto es el arrojo de saber contar una historia que ni nosotros mismos podíamos adivinar que podía seguir siendo una falla tectónica en este país.
Hemos recibido muchísimos mensajes de una buena parte de la sociedad civil que ha sabido leer a esa familia imperfecta. La escritora argentina Leila Guerriero ha dicho que Los domingos es “brillante e incómoda y brillante por incómoda”. Me pareció una conclusión muy acertada.
— En “Los domingos” se explora la fe y la familia sin dogmatismos ni juicios, invitando a la comprensión en lugar de a la confrontación. ¿Qué rol tiene la productora en potenciar relatos que incomodan, pero sanan, en vez de generar más bandos?
— El relato del bando está construido y fomentado por otros, porque es el relato que mejor recoge los lugares comunes, los prejuicios, los enemigos, la inmediatez y las verdades absolutas. Cuando estamos en el proceso de creación o producción de una película, no pienso en si el relato va a incomodar o a sanar.
Por suerte, seguimos encontrándonos con un público inteligente, y en este caso, con lecturas distintas también en función de la educación recibida, de la generación a la que pertenezcas, del momento vital en el que ves esta película. Es una proeza que Los domingos haya fomentado tal diálogo y debate.
— ¿Alauda hace con su cine el periodismo social que deberían hacer los medios?
— No. Alauda no hace periodismo social. Hace ficción. Inventa, crea, imagina, pero, por supuesto, investigando con rigor, porque le importan sus personajes.
— Desde hace años, en el cine español vemos un auge de historias de periferia, de cuidados, de lo cotidiano. ¿Nos hemos cansado de los efectos especiales y buscamos la verdad, aunque sea cruda?
— El cine español siempre ha buscado historias en lo cotidiano. No olvidemos los logros y el legado. El que haya más mujeres escribiendo, dirigiendo o produciendo en los últimos años ha servido para sacar de la mesita historias que no se habían contado con ciertos puntos de vista.
— ¿El cine español se ha vuelto trascendente?
— No creo que sea más trascendente ahora. En nuestro legado cinematográfico hay películas soberbias que han sabido tratar temas de la condición humana con una agudeza extraordinaria.
— ¿Qué sociedad y qué cultura española ves detrás del telón de las películas más nominadas en esta 40.ª edición de los Premios Goya?
— Veo un grupo de películas variadas en sus narrativas, en sus estilos, en sus géneros –incluso hay una comedia entre las nominadas–; con personajes también de generaciones distintas: de la adolescente de Los domingos al veterano protagonista de Maspalomas. De la pareja de treintañeros de Sorda, al protagonista de Sirat en medio de un desierto.
Nos falta una mayor variedad social en los personajes y también en quienes componemos este cine. Ojalá veamos más pronto que tarde que se afianzan algunos cambios como, por ejemplo, la incorporación de segundas generaciones de emigrantes asentados en España escribiendo o dirigiendo cine. ¡Quedan muchas cosas por lograr!
— Como nativos demócratas, ¿entendemos bien la diversidad y la libertad cultural?
— Lo importante es saber si tenemos al alcance y se nos facilitan las herramientas para conseguirlo, y si se nos educa para ello.
— Hablas de que el cine es un “gabinete de crisis permanente”. ¿Cómo se trabaja en modo crisis permanente y se consigue dar a luz después películas que transmiten paz?
— Para quien produce, cualquier etapa en el cine es un gabinete de crisis permanente, porque siempre nos faltan recursos, siempre hay dificultades para gestionar los problemas con los egos, las expectativas, los noes… Pero tenemos la suerte de poder dedicarnos a esto y sería injusto quejarme, aunque lo hago demasiado… Quiero quejarme menos.
Las etapas de promoción llevan mucho tiempo y, a veces, son como campañas electorales. El estado natural es estar apartada, preparando historias, en la cueva, alejada del alboroto, con el equipo. Ese es el mejor momento. Echo de menos el tiempo para pensar con calma.
— Producir cine es gestionar personas, miedos y egos. Eso da para compartir unas cuantas conferencias…
— Y también se gestionan risas. ¡Muchas risas! La gran parte del día de una productora tiene que ver con la huida hacia delante. Cada película te enseña y te sorprende, aunque pienses que lo sabías todo.