Lamia tiene nueve años y muy poco tiempo para conseguir todos los ingredientes con los que hacer una tarta para celebrar el cumpleaños del presidente de Irak, Sadam Husein. Junto a su mejor amigo, recorrerá una ciudad asfixiada por una dictadura omnipresente.
A partir de recuerdos personales, el cineasta iraquí Hasan Hadi ha puesto a su país en la cima del séptimo arte. Con una planificación y fotografía bellísimas que contrastan con la crueldad de esta misión infantil, el director muestra con delicadeza la capacidad de los niños para sumergirse en los peores escenarios adultos. Los dos protagonistas hacen una interpretación maravillosa que combina naturalidad, inocencia, audacia y madurez, siempre expresadas con contención y sencillez, sin necesidad de subrayados sentimentales.
“La dictadura no destruye simplemente la libertad de expresión. Ataca los elementos que te hacen humano, te obliga a mentir, te vuelve hipócrita, manipulador, y sus efectos llegan mucho tiempo después de su fin”. Estas palabras del director resumen una película en constante movimiento, un juego de supervivencia que sin embargo no resulta desesperanzado o redundante, porque sus protagonistas siempre encuentran una salida al laberinto gracias a la amistad y el ingenio.
La historia es muy autóctona pero también plenamente universal, con un desarrollo dramático con el que es muy difícil no conectar; gracias, en buena parte, a estos dos héroes tan pícaros y audaces, que terminan compartiendo un plano final excepcional.