De la noche a la mañana, Marta rompe con Antonio, un chef con el que compartía una relación envidiable. A la tristeza por la ruptura, se une el cansancio y llega el diagnóstico de una grave enfermedad. Ante una más que posible y cercana muerte, las prioridades de Marta cambian y la manera de afrontar el tramo de vida que le queda.
Isabel Coixet adapta la novela autobiográfica de Michela Murgia y construye un drama agridulce sobre la pérdida, las despedidas y cómo la muerte cambia el prisma de la vida que vivimos. La cineasta catalana tiene entre manos un relato de enorme fuerza, un reparto sobresaliente -especialmente el trío protagonista- y el dominio suficiente del oficio para construir una película estéticamente muy bella que se beneficia además de las maravillosas localizaciones de la ciudad de Roma.
El problema es que Coixet ya había contado una historia muy parecida a la de Tres adioses en una película (Mi vida sin mi) y un corto (en la cinta coral Paris je t’aime). Y que, tanto la película como el corto abordaban con mucha mayor profundidad el cambio de perspectiva que supone el encuentro con la muerte. En aquellas había emoción, drama, oscuridad, miedo pero también luz, esperanza y una cierta apertura a la trascendencia. No hay casi nada de esto en Tres adioses, solo un bienintencionado pero pobre carpe diem.
Quizás la culpa sea de la novela, pero la película termina siendo una cinta bonita, bien interpretada pero sumamente superficial y como resultado también sumamente fría.