Abril de 1945. El ejército aliado entra en los campos de concentración, museos del horror ocultados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Los sargentos Mike Lewis y Bill Lawrie han recibido la orden de desalojar un hospital de enfermos de tifus, cuando se encuentran con uno de los campos de concentración más decisivos en el exterminio de judíos en el III Reich.
Sam Mendes (1917, American Beauty, Camino a la perdición) emplea una edición muy sobria (sin música y apenas la voz en off de los protagonistas) para mostrar imágenes desnudas que reflejan los abismos de la crueldad humana. En este sentido, el documental recuerda a Noche y niebla (1971) de Alain Resnais, o a la proyección de imágenes similares en los Juicios de Nuhremberg en ¿Vencedores o vencidos? (Stanley Kramer, 1961).
La cantidad y variedad de documentación audiovisual sobre esos primeros días después de la guerra permiten al cineasta un retablo impactante, en el que hay un equilibrio muy sugerente entre los planos generales y los metafóricos planos detalle. La contención del tono permite al espectador fijarse en los pormenores y descubrir detrás de ellos el drama interior de los liberados, pero también el de los liberadores, que contrasta con la frialdad deshumanizada de los nazis, obligados a hacer algunas de las tareas de enterramiento de más de 50.000 víctimas del campo de concentración.