Un manifiesto de mujeres cristianas

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En Estados Unidos, un grupo de mujeres pertenecientes a distintas confesiones cristianas ha publicado un manifiesto titulado “Women of Renewal”. La iniciativa ha sido de la Ecumenical Coalition of Women and Society, promovida por el Institute on Religion and Democracy (Washington). Con ella, las firmantes quieren mostrar que el feminismo radical no se puede erigir como portavoz de las mujeres. Ofrecemos un resumen de la declaración, reproducida en First Things (Nueva York, febrero de 1998).

En el preámbulo, las firmantes declaran: “Como mujeres, somos beneficiarias, no víctimas, de nuestra fe cristiana, pese a su imperfecta realización en la historia”. Recuerdan a continuación las aportaciones al bien de la Iglesia y de la sociedad que han prestado tantas cristianas de todas las épocas, como prueba de que el cristianismo contribuye a la promoción de la mujer. Y añaden: “Muchos de los primeros y más eficaces defensores de los derechos y la dignidad de la mujer fueron mujeres de fe cuyas convicciones estaban enraizadas en la verdad bíblica. Ellas reconocieron que todos los cristianos, hombres o mujeres, comparten ciertas obligaciones y derechos (…). Por tanto, nosotras hoy queremos ejercer nuestras libertades en Cristo”. Esto implica el servicio a todos, en especial a los más débiles.

“Consideramos un privilegio poder imitar a Cristo y dirigirnos a Dios llamándole Padre, aunque reconocemos que Dios, que creó la sexualidad, no es masculino ni femenino”. Acerca del orden natural, se afirma: “Dios declaró bueno que la raza humana esté constituida por dos sexos complementarios, ambos creados a imagen de Él. Aceptamos esta ley de la sexualidad humana como fundamento de la sociedad, y celebramos las saludables relaciones de servicio mutuo que implica, ante todo la alianza, dispuesta por Dios, del matrimonio entre un hombre y una mujer”.

La declaración recuerda cuántas veces las mujeres han sido y son objeto de abusos, contrarios a su dignidad humana. Y señala que “en definitiva, las mujeres sólo podemos encontrar la libertad plena en Jesucristo”.

El siguiente apartado trata de las dificultades a que las cristianas han de hacer frente hoy. En primer lugar se identifican “tendencias culturales negativas”: el relativismo teórico y moral, la perspectiva simplista que define la historia como una lucha entre opresores y oprimidos, la elevación de los derechos individuales por encima de la responsabilidad personal, el individualismo que desprecia la familia, el hedonismo, el materialismo…

Después se mencionan los obstáculos creados por el feminismo radical, que “degrada la función de las mujeres en el pasado y en el presente”. Esta corriente, “en vez de liberar a las mujeres proporcionándoles igualdad de oportunidades para desarrollar al máximo los talentos, aptitudes y potencialidaes recibidas de Dios, de hecho lleva a degradar a la mujer, a destruir su vida y a esclavizar su espíritu”.

Entre las tesis del feminismo radical que critica la declaración se encuentra la de que el “género” es una mera construcción social, o la definición de la igualdad entre los sexos como identidad, con el establecimiento de cuotas de participación femenina en todas las instituciones. Las firmantes rechazan también que se pinte a las mujeres como eternas “víctimas”, exagerando agravios y sufrimientos, con olvido de los progresos reales obtenidos en el reconocimiento de los derechos de la mujer. Y no aceptan “la glorificación de la sexualidad sin límites ni consecuencias”. “La tesis [feminista radical] sobre la autonomía de la mujer -incluido el control absoluto del propio cuerpo- lleva a una noción, falta de realismo, del poder humano y a un sentido exagerado de independencia, como si esta consistiera en liberarnos de las consecuencias de nuestros actos”.

El tercer capítulo de dificultades se refiere a debilidades dentro de las Iglesias cristianas, que en parte parecen haber “adoptado los cuestionables valores culturales difundidos en la sociedad actual”.

A estos tres géneros de dificultades corresponden sendos compromisos de acción, para contrarrestar las tendencias negativas. Antes, la declaración expresa las “prioridades personales” que se proponen las firmantes: buscar la santidad de vida, reforzar la familia, responder a la vocación cristiana al servicio, ser buenas ciudadanas, promover la justicia social y contribuir a la edificación de la Iglesia, o -como se dice literalmente- la “santa Iglesia católica” que confiesa el Credo, entendida como “el cuerpo y la esposa de Cristo”.

El texto no alude en ningún lugar al tema del sacerdocio femenino, admitido por algunas confesiones de las que hay miembros entre las firmantes. Sólo deplora la tendencia a establecer “cuotas rígidas de participación femenina en la vida de la Iglesia”.

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