Lo que necesita el Tercer Mundo

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Duración lectura: 7m. 6s.

Los partidarios del control demográfico sostienen que la gente del Tercer Mundo tiene muchos hijos porque no disponen de anticonceptivos. Por eso el proyecto de documento final preparado para la próxima Conferencia sobre Población y Desarrollo de El Cairo propone difundir los métodos anticonceptivos, incluido el aborto. Pero The Economist (28-V-94), aun estando a favor de contener el crecimiento demográfico, señala que esa suposición es errónea. En los países en desarrollo y en los otros, sostiene, la gente tiene, en general, el número de hijos que desea, por motivos que el semanario reduce prácticamente a los económicos.

«Hacia 1830, en Estados Unidos la mujer media tenía, a lo largo de su vida, al menos seis hijos. En Francia, en la misma época, la tasa era inferior a cuatro. Esa diferencia indica que, mucho antes de que se inventara el moderno arsenal de control de la natalidad y de que existieran clínicas para enseñar métodos anticonceptivos a los adolescentes, la gente limitaba deliberadamente el tamaño de sus familias.

»Aun hoy, países con niveles similares de uso de anticonceptivos tienen tasas de fecundidad muy distintas». Por ejemplo, se calcula que en Costa Rica usan anticonceptivos el 70% de las parejas, y en Japón una proporción ligeramente inferior; las tasas de fecundidad son de 3,1 y 1,8 hijos por mujer, respectivamente. Una diferencia análoga se observa al comparar Egipto con Indonesia, o Zimbabue con India.

Una posible explicación de estos hechos es la propuesta por el británico John Hicks, premio Nobel de Economía. En The Social Framework (1942) sostenía que, en el caso de las poblaciones agrícolas, si los campesinos son propietarios de la tierra y la superficie cultivable es fija -como en Francia en el siglo pasado-, las familias suelen tener pocos hijos, pues han de repartir la heredad entre ellos; en cambio, si hay terrenos por colonizar -como en Estados Unidos en la misma época-, no existen motivos económicos para limitar el tamaño de la familia.

Ahora bien, según algunas encuestas, muchas mujeres del Tercer Mundo no emplean anticonceptivos y a la vez no quieren tener más hijos. De ahí la creencia de que existe una “demanda insatisfecha” de anticonceptivos.

Pero «el argumento de que facilitar el acceso a los métodos anticonceptivos es decisivo para que disminuya la fecundidad -señala The Economist- presenta un defecto básico: no tiene en cuenta la posibilidad de que la mayoría de las familias estén teniendo, de hecho, más o menos el número de hijos que quieren. Además, supone que la gente de los países en desarrollo sabe menos sobre el modo de limitar los nacimientos que los ciudadanos de la Francia del siglo XIX. (…)

»En el número de marzo de Population and Development Review, Lant Pritchett, economista del Banco Mundial, impugna la idea de la “demanda insatisfecha” (…). “El 90% de las diferencias entre las tasas de fecundidad de los diversos países -afirma- se debe a que la gente quiere tener distintos números de hijos. Para reducir la fecundidad, es mucho más importante reducir la demanda de hijos -por ejemplo, haciendo que las chicas prolonguen sus años de estudios- que proporcionar más anticonceptivos o servicios de planificación familiar”.

»Pritchett se basa principalmente en las encuestas que preguntan a las mujeres cuántos hijos quieren tener. Los resultados muestran que allí donde las mujeres dicen que quieren muchos hijos, en efecto tienen muchos. (…) Pero muchas mujeres dicen también que les habría gustado tener menos hijos que los que de hecho tienen. En esos casos, sin embargo, la diferencia entre el número ideal y el número real no es mayor en los países con fecundidad alta, como Uganda, que en los países con fecundidad baja, como Francia. De donde se deduce que la fecundidad desciende porque las mujeres deciden tener menos hijos, no porque tengan menos hijos no deseados.

»¿Y las mujeres de las que se dice que tienen una “demanda insatisfecha” de anticonceptivos? El problema es que las encuestas suelen incluir a todas las mujeres casadas que dicen no querer otro hijo en el futuro inmediato pero no usan anticonceptivos en ese momento. Suponer que eso equivale a una demanda insatisfecha puede ser sencillamente un error. Muchas de esas mujeres pueden tener buenas razones para no usar anticonceptivos: quizá son estériles o tienen relaciones sexuales con poca frecuencia. Además, las encuestas incluyen también a las mujeres que no usarían anticonceptivos, v.gr. por razones morales, aunque los tuvieran a mano. Si se descuentan todas esas mujeres, los números resultan ser mucho más pequeños. Por ejemplo, una encuesta realizada en Uganda en 1989 calculaba que el 27% de las mujeres casadas tenían una “necesidad insatisfecha” de anticonceptivos; pero sólo el 5% de las fértiles no querían más hijos y a la vez no usaban anticonceptivos».

The Economist insiste en los argumentos de Hicks, confirmados, según la revista, por un trabajo de próxima publicación (Theodore Panayotou, “Population, Environment and Development”, en: Robert Cassen [editor], Population and Development: Old Debates, New Conclusions, Overseas Development Council, Washington). El autor dice que, para la población rural pobre, los hijos ayudan a explotar recursos que no son privados: recolectan leña o forraje, pescan, apacientan los animales… Éste es el caso, en particular, del África subsahariana, que está en una situación semejante a la de los colonizadores del Oeste norteamericano en el siglo pasado. En cambio, los campesinos de Bangladesh han pasado en los últimos decenios a un estado parecido al de la Francia rural hace 150 años: la densidad de población ha aumentado de 290 habitantes por km2 en 1950 a 790 en 1990. De ahí, en gran parte, el descenso de la fecundidad en Bangladesh.

Por su parte, Gary S. Becker, premio Nobel de Economía en 1992, comenta que la familia media del Tercer Mundo vive mejor que antes, aunque la población haya aumentado (Business Week, 23-V-94).

(…) No creo que [el aumento de población en el Tercer Mundo] necesariamente sea motivo de alarma. La densidad de población en África todavía es muy inferior a la de Japón, Holanda, Taiwán y otros muchos países ricos. Además, los neomalthusianos parecen no comprender que ahora la familia media del Tercer Mundo vive mucho mejor que hace cuarenta años. En la mayoría de esas naciones, la renta por habitante ha aumentado a buen ritmo, aunque en algunos países africanos bajó en los años 80 o aun antes. La población del Tercer Mundo ha crecido rápidamente porque niños y adultos tienen una vida mucho más larga que hace tan sólo unos pocos decenios, no porque las familias tengan más hijos, pues de hecho tienen menos. ¿Cómo vamos a lamentar un crecimiento demográfico que se debe a un drástico descenso de la mortalidad por malnutrición y enfermedades infecciosas?

Pese a algunas hambrunas terribles, la nutrición ha mejorado mucho en la mayoría de los países del Tercer Mundo. Los alimentos son más baratos y más abundantes, aunque en el mundo se dedica al cultivo menos superficie que antes. Gracias al rápido progreso tecnológico en agricultura y en explotación de recursos energéticos, han experimentado un gran aumento los suministros de alimentos, petróleo, gas y otros recursos naturales.

Los pesimistas replican que lo que ha ocurrido en el pasado no puede repetirse, y que la producción de alimentos y combustibles fósiles no podrá aumentar al ritmo suficiente para satisfacer las necesidades de la población, mucho mayor, prevista para el siglo próximo.

El aumento de población puede causar problemas a largo plazo, pero los alarmistas los exageran mucho. Innumerables previsiones sobre disponibilidad de alimentos y recursos naturales han resultado ser demasiado pesimistas. Por ejemplo, a lo largo de este siglo, adelantos tecnológicos con los que no se contaba han hecho bajar los precios de los alimentos y los recursos naturales, a pesar del rápido crecimiento tanto de la población como de la producción industrial, que, según los neomalthusianos, provocarían una fuerte subida. También las previsiones demográficas, que en muchos casos se limitaron a extrapolar las tendencias del pasado, han resultado equivocadas.

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