Hacia un mundo sin hambre

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Duración lectura: 3m. 26s.

El especialista en nutrición Gregorio Varela explica que los progresos obtenidos en la producción de alimentos permiten esperar la victoria sobre el hambre en el próximo siglo (Cuenta y Razón, Madrid, julio-septiembre 1994).

(…) El hecho de que no dependamos de un determinado alimento, sino de energía y nutrientes, y que éstos los podemos encontrar en una serie muy grande de alimentos, va a facilitar nuestra victoria contra el hambre. Es cierto que determinados tipos de alimentos, especialmente los de origen animal, van a escasear, pero por lo que acabamos de decir esto no va a constituir un gran problema, porque, por ejemplo, podemos suplir las proteínas de la carne con las de las leguminosas o de otros alimentos, y lomismo podríamos decir de los otros nutrientes.

(…) “Vivimos aplastados” por millones de toneladas de excedentes de cereales, cuyo almacenamiento supone un costo extraordinariamente elevado.

(…) Obviamente la solución no está, como podría parecer con una visión muy simplista del problema, en enviar los alimentos que nos sobran a los países en los que faltan. En éstos, por ejemplo, no suele haber infraestructuras que permitan, de una manera eficaz, el recibir y mucho menos el distribuir y aprovechar estos “donativos”. La falta, por ejemplo, de red del frío impide la distribución a los consumidores de los alimentos perecederos. Por otra parte, conocemos muy bien las toneladas de alimentos destinadas a los pueblos hambrientos de la India y que fueron comidas por las ratas. Ocurre, además, y el hecho es importante, que el envío de esos alimentos frenaría e incluso haría fracasar los intentos de producción y transformación de alimentos en los países deficitarios.

La solución tiene que venir por otro camino: la victoria contra el hambre se logrará el día en que cada uno de los países que actualmente son deficitarios sean capaces de producir por sí mismos la cantidad suficiente de alimentos para nutrir a sus poblaciones. Este logro, que hace unos años podía parecer inalcanzable, el premio Nobel Norman Borlaug y su equipo lo han logrado ya en distintos países de Asia como India, Filipinas, etc. También China, con otros métodos difícilmente extrapolables a otros países donde no se dieran las circunstancias de aquella nación, logró uno de los éxitos más brillantes de la alimentación colectiva: que desapareciera el hambre globalmente en un país en el que parecía endémica.

Recientemente, ha llegado hasta nosotros información complementaria sobre la situación actual en la India, que confirma no solamente su autosuficiencia en energía y nutrientes, sino también en leche de vaca, lo que es realmente sorprendente y esperanzador. Queremos señalar que estos éxitos, entre ellos el de la producción de leche, no se han logrado con grandes revoluciones que necesitarían de grandes inversiones, sino adaptando el almacenamiento y la distribución a los medios disponibles y facilitándoles semillas, fertilizantes y maquinaria adecuada a sus circunstancias y a bajo precio.

Pero faltaba África; hasta hace muy poco tiempo parecía que iba a ser muy difícil resolver el problema en el continente vecino. Pero también allí los métodos experimentados por Borlaug, a través de la llamada Segunda Revolución Verde, subvencionada en gran parte por la Fundación Global 2000, “financiada” por filántropos japoneses y banqueros paquistaníes, y que dirige el ex presidente norteamericano Jimmy Carter, están consiguiendo éxitos extraordinarios. Por ejemplo, este grupo en los últimos años en Ghana logró multiplicar por 10 la producción de sorgo, que es ahí el cereal base de la alimentación.

(…) Sin embargo, el hecho de que un país sea capaz de producir los alimentos suficientes para alimentar a su población no quiere decir que estratos muy importantes de la misma no pasen hambre. Sin embargo, el problema se convierte entonces en político: tienen que ser los políticos los que consigan la justicia en la distribución de los alimentos.

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