¿Necesitamos tanta diversión?

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Duración lectura: 3m. 43s.

El periodista Mark Landler escribe en Business Week (14-III-94) que el consumo de entretenimiento ha alcanzado cotas excesivas.

Pensemos un momento en las consecuencias sociales que puede tener una economía dominada por la diversión. Por todas partes proliferan casinos, parques de atracciones, estadios deportivos y flamantes sistemas de televisión por cable. ¿Cómo afectará este auge del entretenimiento a nuestro paisaje espiritual?

Algunos expertos llevan años preocupados por el efecto corrosivo del exceso de diversión. La televisión, dicen, nos ha transformado ya en recipientes vacíos, dependientes de la TV para el sustento intelectual y anímico que antes proporcionaban la familia y la sociedad. Ahora llega una nueva generación de experiencias televisadas, por no hablar de las diversiones no domésticas que reelaboran la realidad de diversas maneras, cada vez más estimulantes. ¿Nos robará el entretenimiento la poca imaginación que nos queda?

No, según los heraldos de la comunicación como Trip Hawkins. “La gente parece creer que preferimos estar sentados pasivamente delante del televisor -dice Hawkins, cuya empresa de informática, 3DO Co., ha desarrollado tecnología para la televisión interactiva-. En mi opinión, simplemente, no hemos tenido alternativa”. Demos a los espectadores la posibilidad de interacción con el aparato, sostiene, y abriremos nuevas perspectivas.

Sin embargo, otros observadores comprueban con preocupación que el entretenimiento está cayendo bajo el dominio de unas pocas empresas que, gracias a su literal omnipresencia, ahogarán las otras voces y convertirán la diversión en una experiencia homogeneizada. “En la medida en que el sistema esté dominado por un puñado de grandes compañías, la basura prevalecerá sobre los productos de calidad”, dice Mark Crispin Miller, profesor de comunicación en la Universidad John Hopkins. (…) “No hay más que ver la misma expresión ‘autopista de la información’ -dice Miller-. Estar en una autopista es una experiencia en que no se usa la mente: normalmente, lo que se hace en esa situación es ir disparado del trabajo a casa”.

Otras formas más insidiosas de entretenimiento explotan emociones similares para atraer nuevos clientes. Los grandes casinos, por ejemplo, se reconvierten en apasionantes lugares de esparcimiento familiar. Visite Circus Circus, y sus hijos podrán montar en la montaña rusa mientras usted juega a la ruleta. El inversor Richard E. Rainwater dice que el juego tiene tanto éxito porque “es un tipo de adicción”. No es broma. Pero la familia que va a Las Vegas, todos juntos, ¿acabará yendo también, todos juntos, a Jugadores Anónimos?

Por si eso no fuera suficiente motivo de preocupación, podría ser que algún día el juego se uniese con la televisión interactiva en lo que sería verdaderamente una alianza no santa. La TV por cable serviría resultados, estadísticas y encuentros deportivos a petición del espectador. Y uno podría apostar por teléfono o pulsando las teclas del mando a distancia. El juego en casa provoca escrúpulos incluso a los empresarios del entretenimiento. Pero reconocen que podría ser uno de los principales nuevos negocios creados por la autopista de la información. (…) En 1993, los norteamericanos gastaron unos 340.000 millones de dólares en espectáculos y diversiones. Podemos compararlo con los 270.000 millones de dólares de gasto -público y privado- en educación primaria y secundaria. En 1980 esas cantidades eran más o menos iguales.

No es necesariamente un crimen que Estados Unidos gaste más en diversión que en educar a sus hijos. Tras años de buenas intenciones sin éxito, hemos aprendido que los dólares no se traducen automáticamente en títulos. Pero es una señal cierta de que nuestras preferencias han cambiado.

Una señal más: el aumento del gasto en entretenimiento ha coincidido con un marcado descenso del ahorro personal. En 1980, los norteamericanos ahorraron una media del 7,9% de su renta personal disponible. En 1993, ahorraron sólo el 4%. El experto Neil Postman se preguntaba en el título de un libro suyo de 1985 si estábamos Divirtiéndonos hasta morir [Amusing Ourselves to Death: ver servicio 158/91]. Nueve años más tarde, el surgimiento de la economía del entretenimiento prueba que seguimos vivos, y bien vivos. La pregunta que más importa es si, después de tanta risa, no acabaremos en un asilo para pobres: pobres material y espiritualmente.

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