Nadie debería morir solo, aun durante la pandemia

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Michael Toscano ha perdido a su abuelo de 99 años, quien residía por decisión propia en una residencia para mayores en Florida, y que pasó sus últimos minutos en un hospital, sin que pudiera acompañarle ningún familiar. La pandemia marcó el escenario final, pero el anciano no murió precisamente por coronavirus.

Toscano, director del Institute for Family Studies, narra el episodio en las páginas del Wall Street Journal. Según explica, a la vista de la alta letalidad del virus para los mayores, en la residencia se adoptaron medidas de distanciamiento social. Su abuelo quedó así sin poder salir de su habitación, y solo abría la puerta para recoger la comida que le dejaban ahí mismo. Nadie podía ir a visitarlo, ni a él ni al resto de los residentes.

Cuenta el autor que, en algún momento, encontraron a su abuelo tendido en el suelo de su habitación, y lo llevaron deprisa al hospital, donde falleció. “No tuvo ojos amorosos que lo miraran en sus minutos finales, que le agradecieran su vida, que lo encomendaran a Dios. Tenemos la esperanza de que tuviera a una enfermera a su lado, pero probablemente nunca lo sabremos”.

“En este tiempo, por amor o solidaridad con los otros, se nos ha pedido que nos mantengamos alejados. Sin vacuna ni medicamentos, la separación física es nuestra mejor arma contra el virus. Conocemos todo esto y tratamos de observarlo”. Toscano entiende que se trata de una medida necesaria para evitar el contagio por parte de los portadores asintomáticos, pero cree asimismo que ya es momento de que los hospitales comiencen a permitir que aquellas personas que hayan dado negativo en la prueba de coronavirus, tengan acceso a sus familiares moribundos. Es algo que requerirá algo de creatividad, pero es factible, dice.

“No debemos separar innecesariamente a las familias cuando sus seres queridos están muriendo. El momento de la muerte es sagrado, y el estar presente en él procede de nuestro conocimiento profundo del valor intrínseco de los moribundos. Nosotros los amamos. Son humanos. Son nuestra familia. Y se están yendo”.

Para Toscano, debería autorizarse además la presencia de ministros religiosos que, si así lo piden los pacientes,  puedan acompañarlos con sus oraciones y sacramentos, todo ello, previo cumplimiento de las medidas de protección. De lo contrario, “si continuamos separando a los que mueren de sus familiares y sus pastores, transformaremos una exigencia en una manifestación de crueldad”.

Por último, Toscano se cuestiona si la mejor manera de tratar a los que están en residencias es aislarlos completamente, sin un límite previsible a ese aislamiento.

“No, no lo es. Los estados deben autorizar a los familiares a elegir a un miembro de la familia que pueda visitarlos. Sería una persona que haya dado negativo en la prueba antes de cada visita. Se trataría de un esfuerzo enorme, sin duda. Pero la alternativa para muchos es la soledad hasta la muerte”, concluye.

En Francia también lo piden

La aspiración del estadounidense es un reclamo compartido en varios sitios, en medio de esta pandemia. En Francia, varios intelectuales –entre ellos el sociólogo Edgar Morin, el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik y el ensayista Tareq Oubrou– han apoyado, en un comunicado en Le Monde,  la opinión manifestada en ese mismo sentido por el presidente de la República.

El 13 de abril, Enmanuel Macron había expresado su esperanza de que “los hospitales y las residencias de ancianos permitan organizar visitas a los pacientes al final de sus vidas, para que los más cercanos, con la protección adecuada, puedan despedirse de ellos”.

Los firmantes del texto agradecen a Macron dicha postura, y afirman que “el miedo y las precauciones no deben despojarnos frente a la muerte y la enfermedad, ni deben privarnos de nuestra humanidad. Solo la decisión política puede hacer que sea realidad la posibilidad de una despedida final”.

Cuando las condiciones para estar presentes sean realmente imposibles, dicen, se puede buscar otras maneras, por ejemplo, de forma virtual o a través de una pantalla. “Hay lugares en los hospitales para organizar ese momento, sitios a donde las familias vendrían a despedirse de sus seres queridos”, y también lugares en las residencias de mayores para, con la debida protección, “visitar a nuestros padres, para que la soledad no los mate más que el propio virus”.

Asimismo, reivindican que psicólogos y capellanes –“cuyo don es acompañar a los vivos en la muerte”, dicen de estos últimos– vuelvan al mundo médico en este contexto, bien con presencia real, bien con presencia virtual.

En sentido similar, el Comité de Bioética de España ha publicado una declaración en la que recuerda que miles de pacientes han fallecido “sin sentir el afecto y la cercanía de sus seres queridos, así como sin contar con apoyo espiritual o religioso conforme a sus convicciones y creencias”. Los expertos piden, por tanto, una reflexión sobre las posibilidades de variar esta situación, de manera que quienes mueran lo hagan rodeados de compasión y afecto.
“Se debe estudiar –apuntan–el modo de permitir el acceso de, al menos, un familiar, sobre todo, en los momentos de la despedida. Nos consta que algunas Comunidades Autónomas, así como hospitales y residencias de mayores, ya han aprobado protocolos o guías para que la persona pueda estar acompañada al final de su vida, sin poner en riesgo ni a los acompañantes ni al equipo sanitario”.

Un ejemplo de lo que podría hacerse lo ofrece desde principios de abril la Clínica Universidad de Navarra en Madrid, al habilitar un área dentro de la UCI para que los familiares de pacientes críticos de Covid-19 puedan despedirse de ellos.

Gana la familia; gana… el médico

Donde ya es una realidad el acceso a los enfermos graves por parte de sus familiares, es en los hospitales israelíes. Todo empezó en el Sourasky Medical Center, de Tel Aviv, cuando  miembros del equipo directivo se preguntaron por qué, si algunos periodistas y personal no sanitario podían, “embutidos” en trajes protectores, acceder a las salas de pacientes con coronavirus, no podían hacerlo también los familiares de los moribundos.

Según cuenta el New York Times, la junta de miembros sometió el tema a votación, y la respuesta fue favorable a concederles la autorización también a ellos. Una autorización que fue, en palabras de Elisheva Stern, “un regalo”. Su padre, de 75 años, estaba agonizando, y la llamaron del hospital para preguntarle si quería estar con él en sus  últimos momentos.

Elisheva acudió, y junto a la cama de su padre, recitó en su nombre el Shema, Israel y otras oraciones judías. Y pudo decirle que lo quería.

“No es una imagen bonita en mi mente, porque ves todos aquellos tubos y máquinas alrededor. Pero solo ver la cara de mi padre, que parecía que estaba durmiendo… Le da un mejor cierre a todo, en vez de, que la persona desaparezca sin más de tu vida”.

La política del hospital de Tel Aviv ha sido replicada ya por muchos otros centros de salud israelíes. Por norma, pueden estar junto a la cama del paciente uno o dos familiares, por media hora, si bien en la práctica la mayoría permanecen 15 minutos o menos. Poner a su disposición uno o dos trajes protectores no supone un gran gasto para la institución.

Pero el paciente moribundo y sus familiares no son los únicos que ganan con esta iniciativa: también lo hace el personal sanitario. Ronni Gamzu, director del Sourasky Medical Center, dice que permitirles el encuentro a los primeros alivia psicológicamente al personal médico.

Howard Oster, jefe del área de Medicina Interna, comparte esta sintonía. Con la nueva decisión, asegura, ver a los familiares junto al paciente le da cierto sentido de alivio. “No es total, no puede serlo, pero alivia de alguna manera saber que hicimos lo mejor que pudimos para que el paciente no muriera completamente solo”

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