Medicina feminista

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Duración lectura: 3m. 13s.

La periodista canadiense Barbara Amiel recibió una carta de un hospital donde se la invitaba a colaborar con un proyecto de investigación sanitario dirigido a la mujer. En un artículo publicado en la revista MacLean’s (14-II-94) explica por qué no quiso cooperar.

La carta adjuntaba dos recortes para animarme a hacer esa contribución: uno estaba escrito por dos médicas que participaban en el “programa de salud para las mujeres”, y el otro recogía declaraciones de la Dra. Beverley Richardson, la directora médica del hospital. Como podía verse en los recortes, las dos médicas sostenían que: a) una de cada cinco mujeres canadienses ha sufrido agresiones sexuales; b) la atención sanitaria del futuro debe estar impregnada de una perspectiva firmemente feminista y c) la meta de la sanidad del futuro debe ser “transformar el sistema sanitario, para que sea un instrumento de liberación, en vez de opresión”.

Estas afirmaciones muestran con evidencia un defecto fundamental: son ideológicas, no médicas, y su ideología es el feminismo radical. Cuando la ideología penetra en las ciencias prácticas y aplicadas, se siguen algunas consecuencias: por ejemplo, aunque las tesis médicas de los ideólogos sean ciertas, cuesta creerlas, puesto que su fuente está viciada: y ése es precisamente el problema de las declaraciones de Richardson.

La opinión de Richardson es que la investigación médica no atiende a las necesidades de las mujeres porque está hecha por hombres y, normalmente, con hombres. A esto añade que: a) como la investigación farmacológica, en su mayor parte, se realiza con hombres más que con mujeres, “los médicos pueden fácilmente estar administrando medicamentos a pacientes femeninas sin conocer realmente sus efectos”; b) este favoritismo masculino de la medicina hace que se investigue relativamente menos sobre el cáncer de mama y la menopausia, y c) que las mujeres reciban proporcionalmente menos trasplantes de órganos que los hombres, en igualdad de circunstancias.

¿Qué se puede decir sobre todo esto? La respuesta debe ser de sentido común, más que ideológica. En primer lugar, Richardson sugiere que la excusa para no emplear mujeres en los ensayos de fármacos es la preocupación por sus hijos no nacidos. Si esto es así, ¿por qué no le convence la excusa? Si hay diferencias entre los sexos, puede muy bien ocurrir que las mujeres en edad fértil corran más riesgos que los hombres en esos ensayos. Pensemos: si no hubiera diferencias, o si la investigación emplease como cobayas más mujeres que hombres, ¿no acusarían las feministas radicales al machista sistema médico de escasa consideración hacia las condiciones específicas de la mujer?

En segundo lugar, llevo años oyendo denunciar que se ha avanzado menos en el tratamiento del cáncer de mama porque afecta a un solo sexo. Más bien, parece que sabemos menos del cáncer de próstata, que también afecta a un solo sexo. Hemos avanzado en el conocimiento de varios tipos de cáncer -como el cervical-, pero ante otros parece que estamos bastante indefensos. El cáncer de mama ocupa un lugar intermedio.

Por último, en cuanto a la supuesta discriminación de las mujeres en los trasplantes de órganos, ignoro por completo si las denuncias de Richardson están justificadas; pero, en cualquier caso, se plantean algunas cuestiones obvias. Los transplantes dependen en gran medida de que haya donantes sanos que mueran en accidentes, y que además hayan autorizado la utilización de sus órganos. ¿Tal vez hay menos mujeres que hombres que mueran en accidentes o que den el necesario permiso? ¿Existen razones médicas -tamaño, compatibilidad, etc.- que desaconsejen trasplantar a una mujer un riñón de hombre?

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