¿Una nación dividida?

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Duración lectura: 3m. 4s.

Algunos comentarios sobre las recientes elecciones americanas insisten en que los resultados reflejan una nación tremendamente dividida (ver servicio 142/04). Niall Ferguson, profesor de historia en la Universidad de Harvard, extranjero que vive en EE.UU., advierte que lo sucedido no es nada inquietante (“Los Angeles Times”, 3 noviembre 2004).

La revista “Time” bramaba esta semana: “El vencedor heredará una nación dividida; dividida sobre su papel en el mundo, sobre sus valores fundamentales, sobre su dirección futura”. De una parte, estaría la América republicana del centro rural del país, simbolizada en rojo, y de otra, en azul, la América demócrata de las costas fuertemente urbanas. La campaña presidencial de este año ha sido tan áspera que las dos Américas están más separadas que en ningún otro momento desde la segunda guerra mundial.

A Ferguson, la idea de una América desgarrada por esta elección le parece “fundamentalmente falsa”. “Habiendo pasado gran parte de los últimos meses viajando por el país, me alegra poder anunciar que la guerra civil no parece inminente. Hasta me atrevería a decir que la evidente polarización política en Estados Unidos no tiene nada de inquietante, y que incluso debería ser celebrada. Lo que estamos viendo es un signo de vitalidad democrática en un país que permanece sustancialmente unido”.

Para un extranjero, “lo llamativo de este vasto país no es su división política sino su asombrosa homogeneidad. ¿Existe otro país en el mundo donde se puedan recorrer 2.500 millas (digamos de Florida a Seattle) y encontrar tan pocas diferencias al otro extremo? Los mismos Starbucks, los mismos Wal-Mart, los mismos 4×4, las mismas gentes. Ciertamente, los americanos se han puesto frenéticos con estas elecciones, en las que había algunas diferencias reales entre los candidatos. Pero lo que los americanos tienen en común es mucho más importante que lo que les separa”.

Ferguson destaca en primer lugar que “todo el mundo comparte la fe en la democracia”, hasta para elegir un consejo escolar o decidir 16 iniciativas por referéndum como en California.

Sobre el papel de la religión, Ferguson señala que “los americanos no son todos cristianos fundamentalistas, pero la mayoría son cristianos (lo que ya no es verdad en la secularizada Europa). No todos son favorables a la guerra en Irak, pero siguen siendo un pueblo increíblemente patriota, apasionadamente convencido de que su sistema de gobierno es el mejor”. A pesar de las apariencias, no se trataba de una lucha entre imperialistas y no imperialistas, pues casi todos desean que la presencia militar en Irak sea corta.

Otro punto importante es que “las divisiones políticas americanas no pueden reducirse a divisiones éticas o religiosas del tipo de las que engendran tan a menudo conflictos violentos en otros países”. Es probable que los cristianos evangélicos hayan apoyado a Bush y que los negros voten masivamente a los demócratas. Pero también los católicos estaban muy divididos entre los dos candidatos, y los latinos se reparten en los dos campos.

Para Ferguson, lo novedoso de las últimas elecciones es que “los americanos han alcanzado por fin un nivel normal de compromiso político después de decenios de escasa participación” (desde 1968 no se había superado el 60% de participación electoral). “Nadie recordaba filas tan largas para votar como esta vez y ha habido también una extraordinaria movilización política en los partidos”. “Se le puede llamar polarización, si se quiere. Pero ¿puede ser algo malo que el activismo haya sustituido a la apatía?”.