En busca de la hombría perdida

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En el libro What Is a Man?, recién publicado, el profesor canadiense Waller R. Newell reflexiona sobre la necesidad de recuperar las virtudes masculinas. Norman Doidge, psiquiatra, lo comenta en National Post (Toronto, 19 abril 2000).

El libro de Newell trata de describir cómo se desarrolla la masculinidad, a base de textos de autores clásicos de todos los tiempos. Como dice Doidge, esta cuestión suena anticuada, ya que “esta virtud está olvidada o se la recuerda solo en clave de parodia. En el discurso público, y particularmente en los ambientes oficiales o académicos, hablar en tono positivo sobre la virilidad es casi tabú”.

Sin embargo, Newell estima que recuperar la verdadera masculinidad es la principal esperanza para conseguir que hombres y mujeres se traten con respeto y dignidad. Este es un objetivo que el feminismo esperaba conseguir, “pero, sin darse cuenta, lo hizo más difícil, por no entender la psicología de los hombres”.

El autor del libro señala que en los años 60 se desacreditaron las manifestaciones tradicionales de caballerosidad, como ceder el paso a las señoras. En cambio, se empezó a glorificar la brutalidad. A este respecto recuerda la canción misógina Under My Thumb, de Rolling Stones, muy popular en esa época. “El mensaje que las feministas transmitían a los jóvenes varones no era ‘Debería darte vergüenza que te guste Under My Thumb’, sino ‘Así es como los de tu género pensáis de las mujeres'”, dice Newell. Pero, comenta Doidge, despreciar la masculinidad da a los hombres con deficiencias de carácter un pretexto para ceder a sus debilidades. La solución ideada por el feminismo fue introducir terminología y leyes políticamente correctas para tratar de forzar a los hombres a comportarse como es debido.

Sería mejor, dice Newell, restaurar las virtudes masculinas. En su sentido tradicional, la virilidad está basada en la premisa de que hombres y mujeres, en la cúspide del desarrollo moral, presentan las mismas virtudes éticas e intelectuales. Pero, en segundo lugar, la idea clásica añade que hombres y mujeres “difieren por sus pasiones, temperamentos y sentimientos, por lo que, en muchos casos, cada sexo ha de recorrer su propio camino para llegar a la común excelencia humana”.

Entre otras muestras de ese ideal de masculinidad, Newell cita De arte honeste amandi, de Andreas Capellanus (siglo XIII). En este clásico del amor cortés, Capellanus se manifiesta como un gran psicólogo, que utilizaba el amor para formar el carácter de los hombres. Para Capellanus, el anhelo de amor, que tanto sufrimiento comporta, siempre ha sido más eficaz que las reprimendas para lograr que los hombres sean conscientes de sus imperfecciones. “El amor puede incitar a un hombre a trascender sus impulsos elementales y convertir su tendencia a la promiscuidad, al egoísmo, a la arrogancia y a la grosería en fidelidad, desinterés, lealtad y refinamiento”, señala Doidge. Pues “el amor cortés no actúa por compulsión, sino moviendo al hombre a que quiera hacerse digno del amor de una mujer”.

La antología de textos propuesta por Newell muestra que el elogio de la virtud masculina ha estado presente en culturas tan diversas como las antiguas de Grecia, Israel y la India, y en Occidente recorre la Edad Media, el Renacimiento, los modernos movimientos románticos, y hasta hace 50 años. De todas esas fuentes extrae Newell una descripción concisa de la virilidad: “Es honor templado con prudencia, ambición templada con compasión por los que sufren y los oprimidos, amor contenido por la delicadeza y el respeto hacia la persona amada”.

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