El miedo de vivir

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Duración lectura: 2m. 38s.

La obsesión por evitar cualquier riesgo tiene un coste creciente para las libertades y la economía. Así lo advierten François-Xavier Bordeaux, Jean-François Lhereté y Denis Mollat en “Le Monde” (12 abril 2005).

Los autores señalan cómo se está creando una mentalidad que, en nombre del principio de precaución, evita correr cualquier riesgo. “Inspirada en las preocupaciones medioambientales, la precaución ha ganado poco a poco la gestión de todo el espacio público, desde la sanidad a la alimentación, de la banca al conjunto de oficios financieros, del derecho urbanístico al del consumo”. Pero, advierten, “eliminar el correr riesgos es también eliminar la asunción de responsabilidades”.

“La impotencia del Estado para arreglar los grandes asuntos del mundo ha llevado a que el aparato político-administrativo se dedique a los pequeños. Superada la era de los grandes totalitarismos, aparecen otras lógicas de dominación y de servidumbre. Menos visibles y más sutiles, toman la forma de un engranaje complejo de reglas y de prohibiciones que se supone contribuyen a la tranquilidad general”.

Los autores recuerdan un texto premonitorio de Alexis de Tocqueville en “La democracia en América”: “El soberano extiende sus brazos sobre toda la sociedad. Cubre su superficie de una red de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes, a través de las cuales los espíritus más originales y fuertes no sabrían abrirse camino para sobresalir entre la multitud; no quebranta las voluntades, sino que se opone sin cesar a que actúen…”

Esta forma de sometimiento de la voluntad individual engendra una serie de costes y de bloqueos.

“La generalización de los controles contradice varias libertades públicas fundamentales. La sociedad se transforma en un búnker protegido por identificaciones, códigos de acceso, cámaras de vigilancia, contraseñas, ficheros informatizados, sistemas de alarma, radares, cacheos.

“Se sospecha “a priori” de la iniciativa, en cuanto factor de riesgo, lo que va contra la necesaria evolución y respiración que toda sociedad necesita. La asunción de riesgos entre agentes económicos va acompañada de tanta regulación contractual de la responsabilidad que a menudo hace aleatoria la realización efectiva. (…) Al final, el rentista está mejor considerado que el que desbroza nuevas ideas y riquezas”.

“La prudencia y la precaución tienen un coste. El ajustarse a las normas, el refuerzo de la seguridad, la elección de materiales homologados, todas estas nuevas reglas tienen un precio que se factura al consumidor final. Los productores más débiles y más pequeños, que no pueden asegurar el respeto de todas esas exigencias normativas, son eliminados de la competencia y empujados a los márgenes de la economía”.

Los firmantes ven ahí “el corazón de la ambigüedad del modelo liberal, que aparentemente libera la iniciativa individual, mientras que yugula por una serie de mecanismos complejos los resortes de la iniciativa y de la libertad. Al poner en primer plano los riesgos, los temores y las prohibiciones, contribuye a una vasta empresa de infantilización y de desresponsabilización del ciudadano”.