El japonés, un hombre en un grupo

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Duración lectura: 14m. 6s.

La afirmación individual se somete a la búsqueda de la armonía
Ashiya.- En 1571, el señor feudal Motonari Mori, estando ya en su lecho de muerte, convocó a sus tres hijos. Sacó una flecha de la aljaba y la rompió en su presencia. Luego cogió otras tres flechas, las ató y les pidió que intentaran romper el atado. Ninguno pudo hacerlo. El mensaje de unidad familiar no necesitó de más palabras para ser comprendido. Todos los japoneses conocen este hecho histórico y tienen grabada su enseñanza. Para la gran mayoría, formar parte de un grupo -familia, universidad, empresa…- resulta más importante que correr tras una vulnerable individualidad. A diferencia de los occidentales, lo que singulariza a los japoneses es el afán de no singularizarse.

Dependiendo del punto de mira escogido, y de acuerdo con los clichés más en boga, los japoneses son con frecuencia considerados como: estetas consumados, por su inclinación a convertir la naturaleza en arte; sumamente amables y delicados; terriblemente arrogantes; básicamente militaristas; o, en épocas más recientes, como “animales económicos”: trabajadores incansables, eficientes y despiadados en su afán de sacrificarlo todo por la ganancia económica.

Un breve repaso de la historia de Japón muestra, sin embargo, que los japoneses han sido siempre extraordinariamente sensibles a los cambios por presiones exteriores, y en el transcurrir de los tiempos han ido cambiando al menos al mismo ritmo que otros muchos pueblos. Existe, por supuesto, una continuidad cultural a lo largo de la historia y en ella persisten algunos rasgos más prominentes que otros. El Japón de hoy, por ejemplo, difiere en muchos aspectos fundamentales de lo que era el país en los años 30.

La mayor diferencia con Occidente

Aunque se trata de un pueblo culturalmente homogéneo, los más de 120 millones de habitantes despliegan una gran variedad de actitudes y estilos de vida, según la edad y de acuerdo con los diversos papeles que desempeñen en la sociedad. En consecuencia -como suele ocurrir con las generalizaciones-, casi todo lo que pueda decirse acerca de los japoneses en general corre el riesgo de no ser exacto con respecto a muchos, o de ser incluso diametralmente opuesto a la realidad de la conducta habitual de bastantes.

Sin embargo, y a pesar de su complejidad, la búsqueda de algún rasgo fundamental que sirva para explicar Japón de una forma sencilla y unitaria sigue fascinando a muchos estudiosos de la sociedad japonesa. Esto se debe probablemente a la impresión compartida por muchos de que Japón es un país de alguna forma “singular”, y se busca la clave que explique esta característica que lo hace, por decirlo así, “único”. Quien mejor lo ha logrado es el desaparecido historiador Edwin O. Reishauer. Muchas de sus observaciones, comprobadas por mi experiencia personal de más de treinta años de vida en Japón, forman la base de este artículo.

¿En qué consiste, pues, esta “singularidad”? Probablemente la forma más aproximada de esclarecer la cuestión sea fijarnos en el equilibrio entre el individuo y el grupo. Ciertamente la diferencia mayor que se puede encontrar entre japoneses y occidentales (y en este aspecto parece también lícito afirmar esto mismo de muchos pueblos orientales) es la mayor tendencia a acentuar el grupo a costa, o incluso en detrimento, del individuo.

Los japoneses son mucho más propensos que los occidentales a actuar en grupo, o al menos a verse a sí mismos operando en grupo, y la gran mayoría se sienten satisfechos de ajustarse a las características colectivas: ya sea en la manera de vestir, conducta, estilo de vida, modo de pensar de acuerdo con las normas establecidas, etc.

La pertenencia a un grupo es de tal importancia que interpretan prácticamente todas las realidades desde ese punto de vista; y les gusta insistir en que lo importante no son las cualidades personales sino las kone (abreviación del inglés “connections”) que uno tenga, para medrar en la vida.

Cambios de estructura

Durante la época de Meiji (1868-1912) se llevaron a cabo grandes innovaciones en Japón. Todo lo occidental era exaltado y el individualismo prevaleciente en Occidente parecía una meta importante si se quería llegar a estar a la par con el extranjero.

Los líderes japoneses de entonces reconocieron la necesidad de poner mayor énfasis en el individuo y rápidamente desmantelaron las estrictas barreras de clases sociales y el sistema feudal, haciendo del individuo un contribuyente y candidato a la educación universal. En 1872 se implantaron escuelas en toda la nación, y en la primera década de este siglo alcanzaron al 98% de la población. Los derechos del individuo fueron recogidos por primera vez en la Constitución de 1889. Más tarde, la Constitución de 1947 trajo un gran número de derechos individuales claramente definidos. De este modo la balanza entre el grupo y el individuo cambió durante el siglo pasado y, sobre todo, después de la segunda guerra mundial. Pero, no obstante, existen todavía grandes diferencias con Occidente, tanto en actitudes como en realidades.

En tiempos pasados estas diferencias estaban encarnadas en la familia tradicional, conocida como ie (ver servicio 161/89), que incluía grandes ramificaciones familiares subordinadas: familias de los hijos, parientes más o menos lejanos, y también súbditos y criados, etc. El jefe o patriarca era el representante legal y tenía autoridad absoluta sobre los otros miembros de la gran familia, quienes debían supeditar sus intereses personales a los de la ie.

La estructura de la familia moderna, en cambio, difiere poco de la familia nuclear occidental, aunque mantiene una firme supervivencia del núcleo original del sistema familiar tradicional.

De todos modos, las diferencias con Occidente son más claras en las agrupaciones extra-familiares. Ya desde tiempos antiguos estos grupos tenían precedencia sobre la familia, aunque se usaban términos familiares para designar las relaciones entre los miembros. Por ejemplo, el tono (señor feudal), o el jefe del grupo, era el padre de su pueblo. Incluso hoy día en la jerga de los yakuza (gangsters) el jefe es denominado oyabun (“condición de padre”) y sus seguidores kobun (“condición de hijo”). En el hablar corriente uchi (“dentro de”, “en lo interior”) significa, por extensión, la propia familia o el hogar; pero se emplea también para designar la empresa a la que uno pertenece. Lo importante aquí es señalar que los grupos clave en la sociedad japonesa no son esencialmente unidades de parentesco.

La empresa: el grupo más importante

Hay una gran variedad de grupos que son importantes en la vida del japonés medio. De todos ellos, sin embargo, el más importante es el formado por la empresa donde trabaja.

En los últimos años la prensa ha prestado gran atención al hecho de que hubiera cierto volumen de rotación de personal: cambios de trabajo o empresa entre empleados jóvenes, o incluso a mitad de carrera -cosa, decían, que pondría en peligro la tradición japonesa del empleo vitalicio-. Pero la realidad es que en este país el empleo a largo plazo, o garantía de trabajo por muchos años, es lo normal.

Un empleo en Japón no es meramente un acuerdo contractual entre el individuo y la empresa por dinero, sino que significa identificarse con una entidad de gran envergadura y trascendencia. Dicho de otra manera: es una sensación satisfactoria de formar parte de algo grande e importante. Esto trae consigo un sentido de seguridad que lleva a sentirse orgulloso de pertenecer y de ser leal a la empresa. No sólo no hay pérdida de identidad sino una “ganancia” en el amor propio, en particular si la empresa es grande y famosa. Mientras el occidental tiende a verse a sí mismo como poseedor de ciertas cualidades -intelectuales o manuales- que vende al mejor postor, el japonés se ve más bien como miembro permanente de una institución, sea cual sea su puesto o función específica.

Esta identificación del trabajador con el grupo de trabajo ejerce una profunda influencia en cómo operan los negocios y la economía de Japón. Todos los negocios japoneses, grandes o pequeños (incluidas también la burocracia y las profesiones liberales) operan en agrupaciones estructuradas piramidalmente desde el ámbito local al nacional.

Los centros educativos, y en particular a nivel universitario, son otra importante área donde el individuo se encuentra identificado con el grupo. Los vínculos establecidos en época escolar son de gran trascendencia en la vida de Japón y la universidad de procedencia juega un papel de primera importancia en el tipo de empleo que se obtiene. En Japón es rarísima la excepción del que estudia en más de una universidad, y durante toda su vida cada uno se identifica a sí mismo y es identificado por otros según la universidad donde ha cursado sus estudios.

Cavando alrededor de las raíces

El énfasis en el grupo ha dejado una profunda huella en los estilos de vida de los japoneses, y ha afectado todo el ámbito de las relaciones interpersonales. El trabajo en equipo es más apreciado que el individual, y el espíritu de cooperación mucho más que la ambición personal. En consecuencia, las virtudes más admiradas en otros son: cooperación, sensatez, comprensión; y por el contrario, ser impulsivo, demasiado enérgico o categórico, son cualidades sospechosas.

Lo importante es evitar la discusión o el enfrentamiento de opiniones, que quizás pueda llevar a decisiones claras y bien definidas, pero impuestas. Las decisiones deben ser el resultado de un consenso o acuerdo general, y no algo autoritario. Consenso es el fin que se busca en las reuniones del grupo de trabajo, resulte o no inmediatamente en la consecución del objetivo que se persigue. Todo posible conflicto se debe evitar antes de que salga al público. Para ello es esencial el proceso designado con el término nemawashi.

Originalmente nemawashi, que significa “cavar alrededor de las raíces”, es un concepto usado en jardinería. Si se quiere transplantar un árbol ya crecido, es necesario cavar una zanja profunda alrededor y cortar las raíces gordas, dejando sólo las delgadas y fibrosas que con el tiempo crecen hasta ser capaces de alimentar al árbol. Es un proceso lento, puede durar un año o más, pero seguro para el trasplante. En sentido figurado, el término se usa para sugerir que mucho antes de llevar a cabo un proyecto, todos los implicados en el asunto deben ser consultados. Pero también significa que la oposición deber ser “cortada en flor” (de raíz), y que el apoyo al proyecto en cuestión debe ser cuidadosamente cultivado.

Como se puede suponer, se trata de un proceso lento y complicado (como el del trasplante del árbol), pero tiene la enorme ventaja de que cuando se empieza la ejecución del proyecto todas las dificultades han sido ya allanadas. Esta práctica favorece también su mejor realización.

Todo esto no quiere decir, sin embargo, que en Japón el poder de decisión sea ampliamente compartido. En realidad, como explica Chie Nakae, conocida antropóloga de la Universidad de Tokio, la sociedad japonesaes jerárquica por naturaleza. En las decisiones importantes la autoridad vertical es crucial, y el consenso entre iguales debe entonces ceder a la autoridad de la jerarquía; pero los inferiores se quedan satisfechos de ser parte del proceso.

En definitiva, que en la sociedad japonesa el ejercicio del poder o decisiones unilaterales por parte de los de arriba en el grupo, coexiste con la decisión basada en el proceso de “consulta máxima”. El valor principal es la armonía, que se procura a toda costa a través de un sutil proceso de mutuo entendimiento que funciona casi por intuición.

Entenderse sin palabras

Los japoneses se precian de entenderse mutuamente sin necesidad de palabras (o, al menos, de muchas palabras). Lo cierto es que en bastantes ocasiones prefieren no hablar de manera clara, concisa y lógica. En sus conversaciones -y quizás con más frecuencia en las conversaciones con extranjeros, como piensan algunos-, los japoneses rehúyen en lo posible las afirmaciones explícitas y bien razonadas, en favor de expresiones indirectas y ambiguas cuyo fin no es comunicar ideas, sino tantear el humor y actitudes del interlocutor. Piensan que hablar demasiado claro lleva con frecuencia a comprometerse de forma demasiado definitiva, cosa que puede fácilmente provocar un enfrentamiento. Decir claramente las cosas molesta, causa desasosiego, al japonés típico.

En el fondo, de hecho, los japoneses desconfían de las habilidades verbales. Piensan que éstas tienden a mostrar con superficialidad los sentimientos interiores, que se comunican sólo a través de insinuaciones (“las palabras son la raíz de todo mal”, reza uno de los muchos proverbios japoneses). Entre ellos confían grandemente, por otra parte, en lo que llaman

haragei, que puede traducirse literalmente por “comunicación visceral” o, de forma menos delicada, por “el arte de la barriga”.

Haragei es por definición lo más opuesto que se pueda pensar a una argumentación o razonamiento. Dice el periodista Michihiro Matsumoto, que popularizó hace unos años el término en la prensa japonesa en lengua inglesa: “Es el arte de decir que no, sin decir que no, y de decir que sí, sin decir que sí”, evitando siempre tener que decir no. Y ciertamente es una fuente de frustración para los extranjeros que quieran hacer negocios de forma expeditiva en Japón.

El clavo que sobresale…

Algunos observadores caracterizan a Japón como una cultura de la “vergüenza”. Es decir: la “vergüenza” ante el juicio de la sociedad, como fuerza más decisiva o condicionante de su comportamiento que la culpabilidad por un pecado ante los ojos de Dios. Es posible que, a fin de cuentas, el efecto final de la vergüenza o de la culpa no sean muy diferentes. De lo que no hay duda, sin embargo, es de que los japoneses -tomados en conjunto- no piensan tanto en términos abstractos de principios éticos, como en términos de situaciones concretas y sentimientos humanos complejos.

El grado de dependencia, especialmente de la madre, que experimenta el japonés desde niño hace que se desarrolle en él la costumbre casi innata de solazarse en el trato afectuoso, mimos, etc. de otros. Esta actitud es definida en Japón como amae (dulce), forma nominal del verbo amaeru que significa buscar el afecto de otros. Es una actitud que empieza con la dependencia física y psíquica de satisfacción en la madre y crece en la dependencia psíquica de sentirse arropado en el calor del grupo y en la aprobación de su conducta por parte de los otros miembros. Esto implica, por otra parte, que el núcleo de las normas de conducta aprobadas por el grupo sea la reciprocidad.

Para los japoneses la fuente principal de culpabilidad (o vergüenza social) es ser consciente de haber defraudado a alguien al no comportarse como la otra persona esperaba. Esta es el arma que emplea la madre japonesa cuando los niños no se portan bien o la decepcionan en algo (y así sucede más adelante en las relaciones con el grupo). La típica madre japonesa no muestra enfado ni grita. Perdona. Y al hacer que el niño se sienta culpable o avergonzado de haberle fallado, tiene psicológicamente la sartén por el mango. Por tanto, lo que las madres inculcan en los hijos no es el temor de Dios, ni siquiera unos principios morales de valor universal por los que se puedan guiar, sino un código de conducta aceptable por el grupo.

El problema viene después, cuando el niño hecho hombre se encuentra con algún problema que no le es familiar, para el que no hay soluciones predeterminadas. Entonces se encuentra inseguro, por falta precisamente de valores universales a los que agarrarse. Para evitar que esto ocurra, la única solución válida es refugiarse cada vez más en el grupo. La dependencia del grupo ha sido definida como el culto a la uniformidad, pero el japonés sabe que salirse de la ruta marcada puede traer graves consecuencias, como bien expresa el viejo proverbio japonés: deru kui wa utareru, “el clavo que sobresale es remachado”.

Antonio Mélich