Deuda con los muertos

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Duración lectura: 2m. 32s.

Con motivo de la celebración del día de Todos los Santos, el filósofo André Comte-Sponville reflexiona en L’Express (París, 2-XI-95) sobre la deuda de los vivos para con los muertos.

¿Qué les debemos? A algunos, todo, porque sin ellos no seríamos nada. Y ¿cómo podríamos pagar nuestra deuda, si ya no están? Me encuentro como deudor de por vida, definitivamente insolvente, y así es el llamado ser humano. ¿Sujeto de derecho? Para el Estado y para los demás, sí. Pero, para mí mismo, sujeto en primer lugar de lo que debo: sujeto moral más que jurídico. Pues lo que se debe es deuda, y después está el deber. ¿Quién no ve que aquélla precede a éste y lo engendra? Debemos porque hemos recibido: por eso toda moral viene del pasado, como Freud había visto, y es lo que irrita a los necios.

Una moral de futuro sería mucho más cómoda, tanto más moderna y progresista… El futuro nos obedece, porque no existe. ¿Pero cómo hacer una moral de él? La moral no obedece; la moral manda y recomienda. Estoy completamente de acuerdo en que tenemos también deberes hacia las generaciones futuras; pero incluso eso nos llega del pasado, que nos ha hecho lo que somos, que nos ha legado el presente, que nos ha confiado la guarda, si se puede decir, del porvenir. Se trata de conseguir que los muertos, en la medida que depende de nosotros, no hayan vivido en vano. Se trata de continuar una historia que nos precede, que nos supera, que nos traspasa. Se trata de transmitir lo que hemos recibido, y un poco más si podemos. Esto no sólo vale para las riquezas. Vale también y más para la naturaleza (es lo que significa la ecología), para la cultura (es lo que significa la escuela), y en fin, para la humanidad, que es la misma humanidad. Es el verdadero progresismo, o más bien, el único. Del pasado, no hagamos tabla rasa.

Recordar a los muertos, es recordar lo que les debemos y -gracias a ellos- lo que debemos a los vivos. La moral de la fiesta de todos los santos es la moral de la fidelidad. Es cuestión de no ser indigno de lo que la humanidad ha hecho de sí, y de nosotros. Se dirá que hay muertos a los que no debemos nada, otros con los que estamos resentidos, o a los que preferiríamos olvidar, que todos los muertos, en fin, no son santos…

(…) Un amigo muerto sigue siendo amigo, un enemigo muerto ya no es en absoluto enemigo. Son demasiado débiles para ser atacados, incluso para ser odiados.

Por eso “se nos ha encomendado el cuidado de los muertos”, como dijo Montaigne: “Ellos ya no se ayudan, por lo que necesitan más la mía”. Fidelidad para los muertos amados, por tanto, y misericordia para los demás.

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