Cuidar las formas para ganar en inclusividad

Oxford_Matriculation_2003

CC: Toby Ord

 

Antone Martinho Trunswell es decano y presidente del college St. Paul, de la universidad de Sydney. En concreto, del edificio para estudiantes de posgrado, creado hace solo un año. En un artículo para AEON, Martinho explica por qué ha decidido conservar las normas de formalidad y etiqueta en la institución, en contra del estilo que marcan los tiempos y de los consejos de algunos colegas.

En un college viven estudiantes y profesores universitarios de distintas áreas, y también se desarrolla una intensa actividad cultural aparte de las clases. Al más puro estilo británico, en general los colleges han conservado una cierta formalidad y etiqueta. Así había ocurrido también en el de St. Paul, el más antiguo de Australia. Sin embargo, cuando hace un año se decidió abrir el edificio para estudiantes de posgrado, y encomendarle la dirección a Martinho, algunos compañeros le sugirieron que no era necesario conservar todas esas “antiguas tradiciones”, pues se trataba de dar una imagen de “modernidad”. Él se negó.

No es que Martinho sea un esnob, o que lo guíe un espíritu elitista. Todo lo contrario: En su opinión, la formalidad “es un bastión contra algunos de los impulsos más desagradables del hombre, y actúa como una vacuna contra nuestra tendencia más peligrosa: crear grupos excluyentes”. Así pues, nada más democrático e inclusivo que la formalidad.

Según Martinho, la grosería es uno de los defectos dominantes de nuestra sociedad, y parte de la culpa se debe a la desaparición de la formalidad en nuestra vida diaria. “El pasado siglo fue bueno para las libertades individuales. La liberalización ha hecho que cada uno pueda vestir, comportarse en la mesa o hablar como quiera. El problema es que ese como quiera, en la práctica, casi siempre ha resultado en lo mismo: vulgaridad”. En cambio, opina Martinho, mantener una etiqueta contribuye a tratar los asuntos y a las personas de forma menos frívola y más respetuosa.

Lejos de ser un corsé que nos impida manifestarnos genuinamente, la formalidad genera un ambiente en el que poder tratarse de igual a igual, independientemente de la condición personal de cada uno (edad, sexo, cultura) y de las afinidades ideológicas. Según Martinho, si la grosería es marca de nuestra época, más aún lo es la polarización, la división en grupos de nosotros contra vosotros. En su opinión, estos enfrentamientos nacen de nuestra tendencia natural al tribalismo, que nos lleva a exagerar lo que diferencia a los nuestros de los demás, viendo las características propias como excluyentes. En cambio, “la formalidad nos proporciona algo inocuo en torno a lo que formar un grupo inclusivo: basta con guardar unas normas y ya nos sentimos iguales”. Estas reglas son accesibles a todos; todos pueden aprenderlas.

La formalidad no es cosa de ricos. De hecho, según observa Martinho, actualmente los clubs sociales de gente adinerada tienden a desechar la etiqueta y muchas veces degeneran en reuniones frívolas. En cambio, algunas organizaciones formadas por personas de clase trabajadora la conservan y defienden, porque para ellos representa una oportunidad de diluir las diferencias que los separan de “los de arriba”.

Las antiguas universidades también lo sabían, y de ahí que en los colleges se guardara el protocolo y las formas. Martinho, hace un año, optó por conservar esta tradición en el suyo: “Costó convencer a los alumnos, y más aún a los profesores residentes, pero fue la decisión correcta, y sé que St. Paul es mejor por ello. En esta universidad moderna, mis estudiantes y profesores proceden de contextos económicos, políticos, culturales y religiosos muy diversos. Ninguna de esas características actúa como factor de inclusión. Pero la vida del college, la cortesía con el resto de los que allí viven, sí les da un sentido de pertenencia”.

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