Tribalismo: una etiqueta poco afortunada Tribus y políticas pluripartidistas

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Duración lectura: 16m. 35s.

Hacia una visión ponderada de la realidad africana
Tribalismo: una etiqueta poco afortunadaNairobi. El término “tribalismo” puede hacer creer erróneamente que en África existe una especie de instinto primitivo que de vez en cuando desencadena guerras tremendas entre tribus enfrentadas. Ruanda sería un ejemplo reciente, y la vecina Burundi parece dispuesta a seguirlo, según los últimos acontecimientos. Esta impresión, alimentada por la tendencia de los medios de comunicación a resaltar los conflictos en perjuicio de la vida ordinaria, conduce a la mítica idea de una África desordenada y a expensas de extranjeros que vengan a resolver sus problemas, consecuencia de la inmadurez política del continente. La impresión continúa, irónicamente, incluso después de que los sucesivos fracasos de las “fuerzas de pacificación” hagan pensar en un posible interés del resto del mundo por mantener la violencia. Urge aclarar el verdadero alcance de la división tribal en África.

Contra la imagen tópica que pueden dar de África los medios de comunicación está la evidente estabilidad que no cuentan, precisamente porque es indestacable, vulgar e independiente. Rara vez se ven en las noticias imágenes de africanos que van tranquilamente a trabajar o regresan a su hogar, a pesar de que así son la inmensa mayoría. Considerar la “lealtad” a la tribu es un buen camino para comprender la totalidad de la situación; el “tribalismo” es una visión parcial, que mira únicamente las consecuencias negativas de esa lealtad.

¿Tribu o familia?

La conciencia de tribu, o grupo más amplio al que uno pertenece, está presente de distinta manera en cada uno, no sólo en África o en los lugares problemáticos del mundo. Algunas de estas agrupaciones son naturales, no opcionales, consecuencia de la cultura y lugar de nacimiento; uno ha nacido en una familia, un pueblo, una tribu. En el otro lado está la libertad de elección: uno elige libremente apoyar a un equipo de fútbol con la lealtad feroz que se exige.

La conciencia de tribu en la propia familia es más fuerte porque hay más compromiso, aunque en Occidente la seguridad encontrada en la familia se está haciendo cada vez más opcional a causa de la seguridad social, los seguros y otras manifestaciones del Estado “paternalista y pendiente de todo”. En efecto, unas familias riñen con otras con frecuencia, y las lealtades que se exhiben se pueden pronosticar sin esfuerzo. Pero sería perverso etiquetar esto como “familismo” o con un nombre similar. En África, la familia se prolonga; reclama lealtad total más allá del núcleo de la madre, el padre, los hijos y los pocos parientes cercanos; y estos reclamos son mucho más fuertes, y, con frecuencia, no hay apoyo alternativo para ellos.

La división entre familia y tribu no es clara. Donde hay pobreza, la familia se convierte en un apoyo más vital que las cómodas y arbitrarias medidas tan frecuentes en Occidente: las amenazas contra la propia familia pueden llevar a la destitución y a la muerte, y la pequeña parcela de tierra que se posee es la única garantía contra la ruina total. Pero una sola familia no es lo suficientemente poderosa en la lucha, por eso los responsables de las familias responden a las amenazas asociándose; ¿y qué mejores socios que aquellos que tienen más en común en cultura, proximidad y lengua?

De este modo, para la mayoría de los africanos, pertenecientes a grandes familias, tribu y tierra son difíciles de distinguir. Si se pregunta a un hutu si está matando por su tribu o por su familia, y si ha logrado desenmarañar la tímida propaganda de sus líderes de los sentimientos de su corazón, probablemente responda que sin familia y tierra no podría sobrevivir. Y de ahí que recurra a la violencia. En cambio, la idea de luchar por una nación estaría muy lejos de su imaginación; en relación con la historia, las fronteras internacionales son muy recientes en África, y tan insignificantes como arbitrarias para un gran número de personas, excepto para las más instruidas.

Ideología y lealtad

En África, la tierra es lo que se necesita para sobrevivir, para producir cultivos y tener pasto para el ganado. Es poco útil luchar en solitario por la tierra cuando está amenazada: hay que buscar ayuda de aquellos cuya lealtad está vinculada a la tierra: aquellos a los que ha unido la familia, la herencia y las negociaciones pacíficas: la lealtad hacia la tierra es más fuerte que hacia la familia o los parientes.

La ideología está muy en segundo plano. El desastre económico de Tanzania proviene de la presidencia de Julius Nyerere que, cautivado por el socialismo, convirtió a la fuerza las comunidades rurales en comunas, llamadas de modo expresivo “ujamaa”, “familia” en swahili. En el proceso, el Estado se apropió de las tierras que se trasmitían por herencia. El alto ideal teórico de trabajar por el bien de un Estado colectivista no motivó a la gente, cuyo natural modo de ver no iba más allá de la familia y la tierra donde sus antepasados estaban enterrados en consideración a su trabajo. El sentir común era que todos sin excepción habían de mirar la etiqueta de “ujamaa” como una trampa. Ni los programas de educación, ni los discursos radiofónicos, ni siquiera las fuerzas armadas de Nyerere pudieron hacerles cambiar de mentalidad. De modo que la gran reorganización nacional condujo a la ruina.

¿Quién reclama la tierra?

Fue el sistema legal llevado por los colonizadores británicos el que enseñó a los kikuyu que la tierra podía ser propiedad individual; y los kikuyu enseñados al modo occidental, a su vez, sensibilizaron a la gente menos instruida en favor de la apropiación por parte de los colonos blancos de las mejores tierras de cultivo de las White Highlands de Kenya. El kikuyu se ha batido con el maasai en conflictos territoriales de pequeña entidad, como lo han hecho las tribus vecinas en África durante siglos, sin que haya habido daños generalizados ni crisis sociales. Pero la magnitud de la rebelión de los “Mau Mau” era algo totalmente congruente con la magnitud de la influencia británica en Kenya. Aunque la rebelión estaba extendida, todavía se basaba en el miedo de individuos aislados y en circunstancias personales muy concretas: sus cosas más queridas fueron amenazadas. Esto solo, sin embargo, no bastaba para hacerles luchar: los organizadores de los “Mau Mau” tuvieron que imponer juramentos supersticiosos y amenazas contra su propia gente; el terrorismo sufrido por los agricultores blancos fue el reflejo del terror que usaron los propios líderes kikuyus para conducir a sus combatientes.

Los débiles vínculos nacionales

Cuando comenzaron los problemas en Ruanda, Yoweri Museveni, presidente de Uganda, empezó discretamente a pasar más tiempo en su residencia cercana a la frontera con Ruanda; era el instinto del luchador de estar dispuesto a la acción en cuanto empezara. Compañero de colegio de los líderes rebeldes tutsis, además de estar emparentado estrechamente con la etnia, consideraba a los tutsis de los suyos por varios motivos. Además, se sentía en deuda con ellos por su apoyo durante la larguísima guerrilla de los años 80; gracias a ellos consiguió el poder.

Mientras Museveni estuvo armando y adiestrando una fuerza de tutsis, Francia preparó al pueblo hutu para gobernar en Ruanda. Pero cuando se desencadenó el genocidio, éste no se hizo con armas modernas sino con una humilde herramienta de trabajo: la panga. No era necesario armar a los campesinos: ya tenían las herramientas comunes del pequeño labrador africano. Y sus víctimas no eran soldados sino ciudadanos normales, gentes de las parcelas vecinas, conocidas durante tantos años en que usaban sus pangas para propósitos pacíficos. Hutus y no tutsis convirtieron sus arados en espadas, pero esto no fue tan rápido como parece: la masacre se había preparado hacía tiempo, cínicamente, en el nivel psicológico, por personas que sabían utilizar los medios de comunicación.

Así, los problemas se agingantaron. Es más fácil matar a alguien que no conoces; pero sólo desearás matar si estás persuadido de que ese alguien tiene algo que te pertenece, algo con la importancia suficiente para luchar por ello. Las luchas por la tierra son pequeñas y restringidas, y cuando se llega a matar no se hace a través de un camino previsto; para una guerra grande se necesitan interferencias de fuera: que enfrenten a los individuos, que fabriquen una imagen clara de un enemigo que pueda ser odiado, que persuadan de una amenaza que se cierne sobre algo cercano y de gran valor: familia, tierra, hogar e identidad.

Otras veces, las más desagradables, no son sus bienes lo que creen que hay que proteger. En cualquier caso, el problema no es el “tribalismo”. Para hacer que la gente piense de esta manera hacen falta demagogos. Así como algunos líderes manipulan sentimientos religiosos preexistentes, como en Irlanda del Norte, o, como Hitler, se aprovechan de la lealtad nacional, la etnicidad se usa no tanto como sentimiento de solidaridad con un indeterminado número de sujetos a los que nunca se ha conocido, sino para despertar el miedo hacia otro grupo, identificado con un nombre y descrito genéricamente como una amenaza contra los propios intereses. A efectos de propaganda, carece de importancia ser exactos, es mucho más útil simplificar.

Es una pena que los medios de comunicación reproduzcan ciegamente las categorías de los demagogos cuando describen lo que ocurre en un mundo lejano a ellos. Pero sería hipócrita quejarse si estamos aceptando con la misma ceguera sus simplificaciones.

Yakobu Baraka ¿Dónde están los mundos diferentes?Tribus y políticas pluripartidistas

Cada país africano está compuesto de distintas tribus. Su número y población varía en función del tamaño de esos países, aunque hay también países pequeños con más tribus que otros grandes. La gente de una misma tribu habla una lengua común que le es más o menos propia. La proximidad de algunas lenguas muestra su origen común: por ejemplo, los kikuyus, embus y merus de los alrededores del monte Kenya se entienden entre sí sin mucha dificultad. Sus costumbres son muy parecidas, y en muchos casos idénticas para un extraño. Pero para los miembros de esas tribus su distinta identidad tiene una importancia más que académica: la noción de la tribu propia ayuda a unir familias y clanes en torno a un sentido de pertenencia.

Un poco de historia

La división en tribus se encuentra en África desde que la historia recuerda, mientras que los países como tales sólo entraron en escena después de la partición de África en tiempos de las colonias. Cuando se llevó a cabo la partición, no se respetaron las tradicionales fronteras tribales, y las tribus se vieron obligadas a convivir con grupos arbitrarios. Con las fronteras internacionales se dividieron muchas otras tribus. Para los maasai, divididos por la frontera entre Kenya y Tanzania, la vida se complicó aún más cuando sus tradicionales tierras de pastoreo fueron distribuidas entre los colonos blancos. A pesar de haber sido divididos arbitrariamente, el sentimiento de identidad tribal continúa a través de las fronteras.

Antes de la colonización, la mayoría de los africanos tenían sistemas de gobierno en los que un jefe de tribu ejercía su autoridad sobre sus súbditos a través de ministros nombrados por él. Cada tribu estaba confinada en sus fronteras y tenía poca relación con las tribus vecinas, excepto cuando se producían conflictos fronterizos. Tales luchas estaban muy localizadas, y las guerras de gran magnitud eran inusuales; se producían únicamente cuando se daba una combinación peculiar: por un lado, una organización de fuertes tribus y, por otro, un jefe muy ambicioso. El periodo colonial trajo una importante amenaza extranjera que afectaba a todas las tribus. Sólo unos pocos eran capaces de oponer una resistencia consistente, porque los demás no se organizaron suficientemente. Los baganda tenían ventaja sobre sus tribus vecinas a causa de una organización gubernativa más desarrollada, que les dio el poder suficiente para que los británicos les tuvieran en cuenta a la hora de constituir Uganda. En cambio, los kikuyu tenían una poderosa organización en clanes pero pequeña como tribu; sin la organización sofisticada de líderes educados en Occidente, como Kenyatta, su rebelión contra la dominación británica de sus tierras hubiera sido fragmentada sin dificultad.

Organización política importada

Los partidos políticos en África tienden a tener líderes vitalicios, y la tribu del líder suele dominar el partido, como si se tratara de un bien de la tribu. El ex presidente de Uganda, el Dr. Milton Obote, todavía tiene fieles seguidores suyos y de su partido, Uganda People’s Congress (UPC), entre la gente de su propia tribu (langi), distribuida en todo el mundo, aunque el UPC ya no opera en Uganda y se dirige desde el exilio en Zambia. Cuando los líderes son demasiado viejos para gobernar, preparan a gente de su elección para que les sucedan. En todos los casos, el cabeza intentará asegurarse de que le suceda el más fiel a su persona de toda la tribu. Si es así, la lucha entre partidos se convierte en una lucha entre tribus. Y en cada partido hay una lucha por conseguir la protección del líder.

Este ha sido el motivo de que algunos líderes, como el presidente de Kenya, Daniel Arap Moi, se hayan opuesto a los sistemas pluripartidistas. Ellos reclaman que el único camino para mantener el orden y la cohesión en los estados herederos de la organización colonial es el gobierno de partido único. Mientras tanto, cínicos observadores apuntan que estas gentes son, en efecto, líderes vitalicios de sus respectivos partidos, y que ellos mismos confeccionan las reglas para mantenerse en el poder. Solamente la presión internacional de los países donantes ha conseguido que el gobierno de Moi admita el pluripartidismo. La mejor manera de prevenir que el pluripartidismo no se convierta en un conflicto tribal sería dejar que la democracia siga su curso natural. Y sería muy diferente si los cargos políticos estuvieran ocupados en razón de los méritos. Por el momento, las políticas tradicionales de lealtad al grupo se aplican también en la escala de la actividad política donde no tienen mucha salida: la nación tiene dificultades internacionales en aumento.

Fuerzas en conflicto

Educar a todos los miembros de los partidos para que comprendan lo que lleva consigo la democracia sería el primer paso para aniquilar los conceptos erróneos. Pero mucho más urgente es desmantelar las agrupaciones de poder existentes compuestas por personas que no quieren perder la influencia que tienen. Se han hecho muchos intentos para dirigir a la gente desde las lealtades tradicionales hacia un sentimiento de solidaridad nacional. Pero ni la educación básica, ni las ambiciosas campañas publicitarias, ni los medios de comunicación han sido suficientes para vencer el sentimiento de fidelidad tribal que se refuerza día a día de manos de familiares y vecinos. Además, la gente de los pueblos se siente impotente para influir en el comportamiento de las sofisticadas y ricas personas que actualmente gobiernan; para ellos, el poder de las elecciones no es proporcional, y piensan que en algún momento de su desarrollo se corrompe. A menudo, todas las aspiraciones políticas se convierten en desilusión o cinismo, o se les da un interés marginal en el desarrollo diario de la vida.

Por otro lado, hay casos de partidos políticos que llevan mucho camino recorrido hacia la integración de personas de distintas tribus. En los primeros momentos de la independencia de Kenya, Tom Mboya, de la tribu de los luo, trabajó con Jomo Kenyatta, de la tribu kikuyu, para formar la Unión Nacional Africana de Kenya. En la República de Sudáfrica, Nelson Mandela, un xhosa, ha tratado de reunir en el Congreso Nacional Africano incluso a oponentes como los zulús, a pesar de la fuerte identidad tribal y de la tendencia al militarismo de los zulús. La gente parece entender que, lo quieran o no, el Estado es más poderoso que la tribu. Esto puede ayudar a fomentar la necesidad de la unión entre tribus, como en Sudáfrica, pero puede igualmente conducir al deseo de que la tribu a la que uno pertenece sea la que domine el Estado por medio de los mecanismos de la democracia.

La presión internacional es una influencia poderosa en los países africanos a causa de la ayuda que pueden ofrecer y de la que esos estados dependen. Parece como si el presidente Yoweri Museveni hubiera admitido que Uganda se convirtiera en una democracia pluripartidista, justo al terminar la Asamblea Constitucional, a causa de las amenazas de los países donantes. Él se inclinaba por un sistema sin partidos en el que los candidatos fueran elegidos por sus méritos personales. De esta manera, Museveni esperaba evitar lo que a él le parecía una inevitable tribalización en el desarrollo de los partidos. Los ugandeses que no querían compartir con él el poder estaban a favor de los partidos, por eso procedieron así los donantes internacionales, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. El hecho de que el último debate haya finalizado con una resolución que prolonga el sistema de no partidos señala que estamos ante un líder de un valor inusual. Este valor puede ser suficiente para ganar el apoyo de muchos habitantes de Uganda que no pertenecen a su tribu o que no comulgan con su política, pero que buscan a un poderoso “padre” de la patria. Nyerere lo fue -a pesar de sus errores- para Tanzania, y Kenyatta, para Kenya. Es posible que Museveni tenga la personalidad suficiente para vencer las diferencias que operan en Uganda.

La elección de líderes

No es suficiente implantar un sistema que ha funcionado en Europa o en Estados Unidos. Aunque la democracia ha tenido algunos problemas en los lugares donde el tribalismo abierto es más antiguo, no significa que no pueda funcionar en otros lugares donde la tradición es diferente. Incluso en las versiones de la democracia de Washington o Westminster la personalidad del líder es importante en la vida de un partido y de una nación. La lealtad está unida a la familia, el clan, la tribu, el partido y el país en grados diferentes; en algunos de estos niveles el sistema natural de gobierno evidentemente no es la democracia, y en África los límites entre niveles son menos nítidos. La lealtad a la tribu puede convertirse en violencia contra otras tribus de la misma manera que el patriotismo puede degenerar en nacionalismo. Pero tales movimientos no son espontáneos, siempre están dirigidos. De la calidad de los líderes depende que esto no ocurra en África.

Joseph Okello Ocwet

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