Una mujer en Berlín

TÍTULO ORIGINALEine Frau in Berlin

GÉNERO

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Anagrama. Barcelona (2005). 323 págs. 18 €. Traducción: Jorge Seca.

Hace poco menos de un año veía la luz “No hay cielo sobre Berlín” (ver Aceprensa 40/05), una autobiografía novelada de la infancia de la escritora de origen austriaco Helga Schneider, que transcurrió durante los últimos años de la II Guerra Mundial. Con cincuenta años de retraso, se publica en castellano “Una mujer en Berlín”, otro testimonio sobre la entrada de las tropas rusas en la capital del Tercer Reich. Cuando se publicó este diario en Alemania por primera vez, en la década de los cincuenta, no mereció ningún reconocimiento, quizás porque en aquellos años nadie quería recordar el terror que hacía relativamente poco tiempo habían tenido que padecer.

El libro es un diario, un testimonio como tantos otros que reconstruyen la realidad de lo que sucedió. Sin embargo, la novedad de este estremecedor testimonio reside en el punto de vista desde el que se describe aquellos dramáticos sucesos: el de una joven periodista que trabajó como corresponsal en Londres, París y Moscú y que, escondida en un sótano de una vivienda vecina a su hogar, toma notas de los mínimos sucesos que depara la tensa espera de la llegada de las tropas rusas. Cuando comienzan las violaciones y los atropellos sobre la población berlinesa, la escritora no detiene su relato; al contrario, sigue con más ahínco, como si la escritura fuese su salvación.

La autora quiso permanecer en el anonimato. Quizá sea éste uno de los motivos por lo que el diario resulta tremendamente áspero en sus observaciones. Los tres cuadernos manuscritos de la autora plasman de forma fría y objetiva el hambre, las violaciones, la soledad, la cobardía, los asesinatos, el desaliento… No hay victimismos, ni compasión; sólo certeras y precisas descripciones de las atrocidades cometidas, sin aditivos ni bálsamos. Un lugar importante lo ocupan las numerosas violaciones, que aparecen en la narración de forma cruda, aunque sin recurrir a detalles. A diferencia del relato de Schneider, no hay personajes entrañables que en medio de unas circunstancias tan dramáticas se ofrezcan a llevar el peso de otros, quizás porque en la experiencia de la autora no los hubo. Sí hay, en cambio, un simbólico y pequeño espacio, permanente en el relato, para la esperanza de un futuro mejor.

Escrito con frases cortas, el diario refleja no sólo la destrucción de la ciudad y de sus habitantes, sino también el desmoronamiento del mundo interior de la autora. La visión del hombre -fuerte y protector del sexo femenino- se convierte en la de un ser derrotado y cobarde por no defender a las mujeres de los abusos de los soldados rusos. La mujer, como contrapartida, se hace fuerte, esperanzada y a veces recurre al humor para superar las humillaciones. Como todo diario, el texto aborda de manera secundaria otros muchos aspectos de la vida de la autora -el trabajo, la política, la familia, el dinero, etc.-, siempre de manera breve pero sugerente.

Aun con toda la dureza que acumula el testimonio y a pesar de que puede parecer que se han publicado ya muchos libros sobre este tema, su lectura resulta enriquecedora, pues la autora transmite con hondura la intimidad de un ser humano sometido a humillaciones tan dramáticas.

José María Fernández Fuentes