Orwell. La conciencia de una generación

TÍTULO ORIGINALOrwell: Wintry Conscience of a Generation

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Vergara. Barcelona (2002). 443 págs. 22,76 €. Traducción: Mª Dulcinea Otero.

Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945) y 1984 (Nineteen Eighty-Four, 1949) son los últimos trabajos y los más conocidos de George Orwell, temprano pseudónimo de Eric Blair (1903-1950). Han quedado como testimonios alegóricos de una época y frutos maduros de una sensibilidad acrecentada. Orwell fue un personaje incómodo, antes que nada para sí mismo, con rasgos acusados de escrúpulos sociales, no muy eficaces, tendencias eremíticas, vocación literaria, y una salud débil que nunca cuidó (murió de tuberculosis). Siguió el consejo de Somerset Maugham -hacer literatura sobre lo vivido- y, juzgando su primer itinerario poco interesante, hizo lo que pudo por acumular experiencias más fuertes.

Nació en una familia de funcionarios coloniales, algo apretada de recursos pero suficientemente instalada; estudió con beca en Eton, y en lugar de entrar en la Universidad, prefirió ingresar en la policía de Birmania, país en que habían servido sus antepasados y se habían conocido sus padres. No le gustó la experiencia, que duró siete años. Y dedicó otros tres a vagabundear por los barrios bajos de Londres y París. Con esto y la revisión insatisfecha de su pasado, tuvo materia para escribir después sus primeros libros mientras daba clases particulares o en la enseñanza secundaria. Retrató con vigor personajes y ambientes degradados, y con desencanto, su familia, las instituciones educativas inglesas y, en general, el Imperio.

Otro par de años entre milicianos de la guerra civil española le trajeron nuevos desencantos, esta vez para su socialismo utópico (Homenaje a Cataluña). Esto complicó sus relaciones con la izquierda, que había acogido bien sus escritos anteriores. Sus colaboraciones en la BBC durante la Segunda Guerra Mundial, pequeños ensayos, artículos y recensiones, le permitieron malvivir de la literatura, hasta su éxito final, ya gravemente enfermo. Completan el cuadro un matrimonio prolongado, pero poco feliz, una tendencia a aislarse en casas viejas y pueblos perdidos, algunas torpezas sentimentales y un final que sería patético si no fuera tan descarnado.

La biografía de Meyers quizá se deja llevar demasiado, sobre todo al principio, por el punto de vista un tanto deprimente del personaje. Está bien documentada y sigue un orden cronológico con una estructura bastante clara. Explica y resume extensamente sus escritos. Y acumula testimonios más que atreverse a trazar los rasgos de un retrato, por otra parte, difícil. Esto le da un aire algo balbuciente. Los recuerdos de sus contemporáneos, expresados a distancia y en ocasiones diversas, no siempre coinciden, como suele suceder. El personaje queda un poco más allá: en parte aspiración, en parte realidad, en parte pose. Un punto siniestro y otro tanto cínico, de costumbres egocéntricas y reacciones puritanas, de elevaciones idealistas y rutinas desastradas. Pero a su sensibilidad agudizada y oscura se le hicieron patentes algunas grandes amenazas de la época y las supo expresar mejor que nadie.

Juan Luis Lorda

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