Los pensadores

TÍTULO ORIGINALThe Seekers. The Story of Man’s Continuing Quest to Understand this World

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Crítica. Barcelona (1999). 319 págs. 3.500 ptas. Traducción: Santiago Jordán.

El libro Los pensadores pretende ser una síntesis de lo que se ha dicho en Occidente sobre el sentido de la vida humana. Para conseguir este ambicioso objetivo, el autor nos ofrece una colección de breves estudios sobre las personas e instituciones que, a su juicio, han formulado de modo eficaz las grandes preguntas que estructuran nuestra cultura.

Daniel J. Boorstin fue catedrático de historia en la Sorbona, en Cambridge y en Washington, y también director de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos desde 1975 hasta su jubilación (1987). Es un intelectual de peso. Los pensadores es la tercera entrega de una trilogía cuyas dos primeras partes son Los descubridores (descubridores de nuestro mundo material) y Los creadores (creadores de nuestro mundo artístico y simbólico).

Entre los buscadores de sentido, en primer lugar estarían los profetas de Israel, cuya pregunta por el origen del mal (Job) y su relación con una Bondad personal superior (Isaías) conduce a un interrogante que todavía desafía nuestra forma de ver el mundo. ¿Por qué un Dios bueno trata mal a sus amigos? El eco de la grandiosa pregunta profética es tan poderoso que llega a nosotros a través de milenios.

Los siguientes en poner el dedo en la llaga fueron los griegos, fundadores de nuestra tradición filosófica. Es curioso que Boorstin dedique más páginas a Aristóteles que a Platón, y que sin embargo considere-como Whitehead- que toda la filosofía occidental no es más que un comentario a pie de página a Platón. El fundador de la Academia, a diferencia de los primeros filósofos jonios, que sólo se preguntaron por las causas, se preguntó por los fines (teoría de las ideas) y obligó a los filósofos a hacerse esa pregunta, abriendo así las puertas a su brillante discípulo Aristóteles. ¿Qué fin tiene la vida del hombre?

Creaciones del cristianismo

En tercer lugar, Boorstin presenta el cristianismo como la conciliación armónica de las voces de los profetashebreoscon el corode los pensadores griegos. Los cristianos crearon, sucesivamente, tres grandes instituciones: las primeras Iglesias locales (ss. I-III), los monasterios (ss. IV-XII) y las universidades (a partir del s. XIII). Cada una de estas instituciones se enfrentó con lo que, en su época, era la concepción canónica e inamovible del hombre.

Las Iglesias primitivas fueron las primeras corporaciones en la historia que plantearon seriamente la batalla por la independencia del individuo respecto del poder estatal y consiguieron liberar a las clases populares de una existencia sometida y anónima. Los monasterios, con su pretensión -un tanto ingenua en la práctica, según Boorstin- de “huir del mundo”, lograron plantear una nueva pregunta antropológica: ¿es posible que un hombre viva aislado de todos y, al mismo tiempo, unido a todos? En el monacato está latente el individualismo moderno: la idea de que es posible vivir como individuo autónomo sin dejar de ser, al mismo tiempo, un ser social.

Las universidades surgieron también como corporaciones independientes. Sólo que, a diferencia de las Iglesias primitivas y de los monasterios, que plantearon la liberación del hombre por medio del servicio de la caridad o de la ascesis individual, las universidades intuyeron que el futuro del hombre estaba en el conocimiento intelectual. ¿Puede el hombre conocer la verdad sobre sí mismo?

Las primeras universidades, a decir de Boorstin, no estaban todavía capacitadas para una búsqueda libre de la verdad, porque en su época se consideraba que ésta ya había sido revelada en lo fundamental. Y sin embargo, aquellas comunidades de maestros y alumnos llevaban en su interior el germen de la búsqueda libre de toda imposición autoritaria. Por eso lucharon durante varios siglos contra el principio anselmiano (“creo para poder saber”), hasta que, a partir de la Ilustración (“sé para poder creer”), se convirtieron en esa institución de vanguardia que hoy conocemos.

Las ciencias sociales toman el relevo

La ciencia es actualmente la institución que ha asumido la tarea de preguntarse por lo esencial: ¿tiene límites la libertad del hombre? Según Boorstin, las ciencias de la vida, y especialmente las ciencias sociales, han tomado el relevo de la vieja filosofía en la tarea de formular las preguntas verdaderamente inquietantes. Entre esas preguntas ya no está la que inquiere por “la verdad”, porque la humanidad ha comprobado que la ilusión de la certeza científica sólo conduce a sustituir el dogmatismo religioso por el ideológico (véanse los estudios de Boorstin sobre Marx, Spengler, Toynbee).

Según Boorstin, las ciencias sociales entienden que su misión ya no es buscar una verdad que dé sentido a la vida sino encontrar el sentido de la vida en la propia labor de búsqueda. Es lo que, desde Lord Acton (católico liberal del siglo XIX), se ha llamado “filosofía del proceso”: el sentido de la existencia consiste en darse cuenta de que el hombre es una pregunta abierta al infinito, y dedicarse con pasión a esa búsqueda sin término.

El título inglés de la obra de Boorstin, The Seekers (Los buscadores), es más fiel a esta idea que la traducción castellana (Los pensadores). El profesor americano nos pone en guardia ante la tentación de pensar que ya tenemos la verdad sobre el hombre, pues esa actitud, dice, conduce a negar la libertad de quienes no la comparten. Los capítulos dedicados a Malraux, Bergson y Einstein tienen por fin apoyar esta idea.

Típica posición “liberal”

Como puede deducirse de lo escrito hasta ahora, y por lo que el mismo Boorstin confiesa, estamos ante una típica posición “liberal” (en el sentido americano: James, Emerson, etc.). Es decir, una posición que no se muestra contraria al cristianismo, sino que lo valora muy positivamente. Pero que, al mismo tiempo, lo interpreta de una forma que puede resultar excesivamente “horizontal” para algunos: el cristianismo sería un fenómeno espiritual cuya dinámica interior (la formación de comunidades cohesionadas por el amor mutuo) ha dado lugar a instituciones que, en cada época, han sabido plantearse de forma provocativa la pregunta por los límites del ser humano.

Los pensadores es una obra interesante en la medida en que reflexiona una vez más sobre las preguntas que todos nos hacemos: ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos aquí? (falta la pregunta que hoy día parece esencial: ¿a qué hora es el partido?). Pero, a mi juicio, tiene un defecto -y no pequeño-: es una obra con pretensiones filosóficas escrita por un historiador que ejerce de tal.

Boorstin es consciente de que, en trescientas páginas, no es posible hacer una síntesis del pensamiento occidental que sea completa y divulgativa al mismo tiempo. Así que opta por presentarnos una colección de amenas reseñas biográficas, pero que son más bien anecdóticas para lo que se pretende. Esto resta fuerza demostrativa a la obra.

La tesis del libro, si no original, es al menos digna de consideración. Y diría algo así como: el lugar donde se ha formulado la pregunta esencial por el sentido de la existencia humana ha cambiado de morada a lo largo de la historia; habitó en la religión hebrea, luego en la Academia griega, más tarde en el monacato medieval, en las universidades y ahora en las ciencias sociales. Sin embargo, los medios utilizados para demostrar esa tesis son insuficientes.

Gabriel Vilallonga

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