Es la primera vez que se publican en castellano estas memorias que la autora, novelista, traductora y profesora Zabel Yesayan (1878-1943) publicó en 1935 en Ereván, la capital de Armenia, en ese momento perteneciente a la URSS. Yesayan nació en Estambul, en el seno de una familia armenia, y años después se trasladó a estudiar a París, de donde regresó en 1908 a Estambul para denunciar las incipientes, pero ya dramáticas, persecuciones de los turcos contra la numerosa población armenia que vivía en toda Turquía, ataques que en 1915 dieron inicio a un genocidio. Perseguida por las autoridades turcas, la autora huyó a Bulgaria y después se instaló en Ereván, donde apoyó al régimen comunista hasta que fue detenida en las purgas de 1937 y trasladada a Siberia, donde se supone que murió en 1943.
Este libro cuenta su infancia y su primera adolescencia, y finaliza antes de su traslado a París. La autora recuerda con nostalgia sus raíces familiares y describe desde la perspectiva amable de la protagonista cómo era la vida en Estambul en el último tercio del siglo XIX. “Algunos años después hubiera sido imposible para una familia armenia ir a vivir sin correr peligro a una zona sólo habitada por turcos. Pero en esos tiempos aún no había indicios de odio étnico y ambos pueblos se relacionaban con pacíficos sentimientos humanos”.
Estamos ante un libro de memorias muy bien escrito, que muestra un mundo desconocido, donde la comunidad armenia contaba con una reconocida autonomía para vivir su religión y bastante independencia para seguir practicando sus costumbres.
La autora describe su abigarrado mundo familiar: sus tíos y tías, su abuela Dudu –un magnífico personaje– y otros familiares y vecinos. En diferentes momentos, habla con cariño y admiración de su padre, una persona juiciosa e inteligente, libre de prejuicios. Aunque vive en un contexto religioso, estos sentimientos “no habían echado raíces en mí” y desde muy joven “están desterrados de una vez y para siempre de mi pensamiento”.
Lo más característico de estas memorias es su tono profundamente humano, sentimental, sencillo, intenso, que permite adentrarse en un mundo exótico que, años después, sufrirá una radical transformación. La autora recuerda con agradecimiento aquellos años y algunos lugares significativos, como los jardines de Silihdar, en su barrio de Üsküdur, jardines “que he llevado conmigo a todas partes (…) y me he refugiado en ellos cuando nubes negras y amenazantes se acumulaban en el horizonte de mi vida”.