Los filósofos y la libertad

Juan Arana

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Síntesis. Madrid (2005). 256 págs. 13,25 €.

Arana comienza su libro con una breve y clara sinopsis de teorías filosóficas y científicas que, desde el comienzo de la filosofía, buscan conciliar naturaleza y libertad. A partir de esa introducción histórica comienzan los nueve capítulos, cada uno consagrado a un filósofo.

Arana no intenta hacer historiografía, ni elaborar una historia de la filosofía desde el concepto de libertad, sino que pretende sentar una tesis histórica: la contraposición entre naturaleza y libertad no partió originariamente de la ciencia, sino de la propia filosofía.

El autor, catedrático de Filosofía en la Universidad de Sevilla, expone con rigor filosófico y argumentación sólida la concepción de libertad de los autores que elige. El lector puede comenzar por el capítulo dedicado a Dennett, adalid de la inteligencia artificial, y encontrará una fuerte crítica, jugosa y chispeante, casi tanto como la dedicada a Skinner. Arana hace gala de un humor agudo y argumenta fuerte.

Mientras expone lo que cada filósofo -Descartes, Wolff, Kant…- entiende por libertad, interpreta la filosofía de esos autores, en la medida en que es necesaria para situar en su contexto el tema de la libertad. La expone fielmente y la critica con lealtad. Así, por ejemplo, muestra que Descartes es el primer filósofo que contrapone la autonomía de la voluntad a la visión del cosmos derivada de la nueva racionalidad científica. Y le sigue Leibniz, el cual piensa que Dios es Dios porque decide libremente crear el mejor de los mundos posibles y el hombre es hombre porque quiere libremente su infalible destino.

Popper, como es sabido, distingue entre determinismo metafísico y determinismo científico, ataca con argumentos lógicos y epistemológicos el segundo y declara irrefutable el determinismo metafísico. Arana le critica, en su conclusión, que su admirable defensa a favor de los fundamentos teóricos de la libertad individual y política habría sido más eficaz si su actitud respecto a la mecánica cuántica hubiese sido menos recelosa.

La concepción de la libertad que sostiene el autor se puede espigar en cada artículo, al socaire de sus críticas. En un “momento determinado”, sin hablar en primera persona, Arana mantiene que la libertad sólo se puede entender desde sí misma y para explicarla no hay que derivarla de otras cosas más simples, sino deducir y comprender su carácter de principio.

En cada capítulo Arana interrelaciona a los filósofos: ellos mismos se interpelan, o contestan o rebaten a los anteriores. Hace unas síntesis muy personales y abarcantes, como la del capítulo “Desterrar la libertad: Wolff”, en el que señala que la armonía preestablecida tiene la virtud de sustentar simultáneamente el determinismo de Leibniz y su doctrina de la libertad, que no es trivial, como la de Hobbes; ni imposible, como la de Hume; ni indivisible, como la de Spinoza; ni separada, como la de Descartes.

Patricia Morodo

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares